PENTECOSTÉS

 

PENTECOSTÉS – 29/05/2026

Es excelente conmemorar la fiesta de Pentecostés, que es la venida del divino Espíritu Santo, bajando sobre toda la Iglesia católica que en aquel tiempo era pequeña: la Virgen María, los Apóstoles y algunos fieles que habían perseverado en la fe del Señor, a pesar de todo lo que pasó en su pasión y muerte.

Sabemos que fue gracias a Pentecostés que el número de los fieles se multiplicó de golpe, más allá de todo lo imaginable. Cuando vino el Espíritu Santo se produjo un gran estruendo, presumiblemente muy bonito, porque aquello que viene de Dios normalmente viene acompañado de belleza, de grandeza. Podríamos imaginar aquel estampido como una explosión de artillería armónica y angélica. Sería natural que fuesen sonidos angélicamente bellos concatenados entre sí. Como la entrada sonora de ciertas músicas.

Podemos imaginar también perfumes deliciosos esparciéndose por el aire, pero muy poco parecidos con el concepto común de las perfumerías. Serían olores más espirituales que materiales, y que se esparcirían por todo el universo palpable desde los alrededores del Cenáculo. Y que, con sonidos, con olores, con hechos bellos de la naturaleza como pájaros reuniéndose para cantar, la venida del Espíritu Santo fuese conmemorada por toda la creación, llegando a través de la Señora de todos los Pueblos.

Él bajó en la Señora y por medio de Ella se difundió en forma de lenguas de fuego que bajaron sobre los Apóstoles. Después esas lenguas de fuego que habrían de transformarlos se esparcirían por toda la Tierra, porque ellos llevaban ese fuego y lo difundían. Ahí es el fuego de la gracia, el fuego de la Iglesia católica, que nada tiene que ver con la secta de los prevostianos que ahora ocupa ilícitamente el Vaticano. Esa gracia se difunde hasta hoy entre nosotros, fruto de la venida del Espíritu Santo.

El Cenáculo fue el primer ambiente de la Tierra enteramente bendecido y sacrosanto, donde esta impresión no solo bajó, sino que duró mientras en él fueron realizadas ceremonias sagradas, esa presencia del imponderable maravilloso que todas las cosas católicas llevan, y que es una manifestación del Espíritu Santo que bajó por primera vez en Pentecostés.

¿Qué pasaría si Pentecostés fuese en nuestra época? Hay un dato fundamental que distingue nuestros días con los de otrora. Existía el mal en aquel tiempo, hasta tal punto que hubo la pasión y muerte de Nuestro Señor Jesucristo. La prueba de que existía el mal eran los saduceos, los fariseos, los escribas, los doctores de la ley, todos los que aplaudieron su condena a muerte, los que pidieron que Barrabás fuese liberado en su lugar.

Existía el mal, pero no existía la Revolución. Es decir, la Revolución es una forma organizada del mal, es una articulación del mal, se estructura como si fuese un país invisible, existe por todas partes, conspira e intenta atacar.

En nuestros días, existiendo la Revolución, si tuviésemos que imaginar un fenómeno parecido con Pentecostés, tendríamos que imaginar a los ángeles por todas partes aplastando la Revolución.