ALEGRÍA – 18/05/2026
Escena captada en la italiana isla de Ischia, después de
una tormenta. La naturaleza recobró sus aspectos risueños y una campesina ya anciana
asciende una ladera acompañada de sus nietos. El camino no es asfaltado, en
ambos lados no hay cines, bares, escaparates, ni anuncios llamativos. En el
grupo nadie sueña con tener un Cadillac
ni siquiera una Lambretta. Están
todos descalzos, y vestidos como gente pobre.
Sin embargo, como están sanos, como su alma desborda de
esas alegrías simples y fundamentales de la vida del campo, que la tradición
milenaria de la austeridad cristiana hace sentirse bien, están alegres. Están
alegres porque tienen salud, porque el aire es puro, porque el campo es bello,
porque están incardinados en un ambiente familiar lleno de amor sin sentimentalismo,
rico en sacrificio y dedicación mutua. En la simplicidad de sus formas, se
agrupan alrededor de la figura central en una actitud de verdadera veneración.
Y, en esta veneración, ¡Cuánto afecto, cuánta confianza!
Estamos lejos de menospreciar los bienes que la
civilización y la cultura proporcionan. Sin embargo, vivimos en una época en la
que, por un monstruoso desvío debido al neopaganismo, la civilización y la
cultura despiertan en el hombre apetitos y ambiciones insaciables, y los
placeres artificiales destruyen el sentido cristiano de la austeridad y del
sacrificio. Las pasiones desencadenadas eliminan una cierta frescura de alma,
por la cual se pueden degustar las satisfacciones temperantes de una vida
cotidiana consagrada a la oración, al deber y a la familia. Y para las víctimas
de ese proceso, la existencia se transforma en una carrera trágica en busca del
oro, o en una farandola frenética alrededor de los placeres de la carne.
La vida no nos fue dada para ser felices, sino para
rendir gloria a Dios. Sin embargo, es importante notar que hasta desde el punto
de vista de la felicidad terrena el neopaganismo es pésimo negocio. Porque hay
más alegría en una sociedad austera y cristiana, incluso siendo muy simple, que,
en las pompas falaces de una supercivilización, o quizás mejor dicho una
pseudocivilización, que puso toda su felicidad en los deleites de la
sensualidad o en las ilusiones del dinero.