VANDEANOS – 12/08/2026
Los vandeanos,
entrañablemente adheridos a la monarquía católica, se distinguieron
particularmente en ese rechazo a las autoridades revolucionarias.
El
levantamiento popular, en ocasiones sin más armas que los aperos de labranza,
fue tan entusiasta que infligió a los azules derrotas memorables, de
forma que los caudillos católicos se convirtieron en mitos, comenzando por el
primero de ellos, Jacques Cathelineau, muerto en combate como representa el
vitral, y siguiendo por nombres de leyenda como Charette o el conde de La
Rochejaquelein.
Hasta 40.000
soldados lograron presentar en orden de batalla los contrarrevolucionarios, que
estuvieron a punto de conquistar Nantes. Llegaron a sumar más de 100.000
hombres.
La Convención
comprendió que la mecha vandeana podía prender en todo el país por motivos
similares, y fue entonces cuando se tomó la decisión del genocidio. El decreto
de 1 de agosto de 1793 incluía el envío a la región de cantidades ingentes de
materiales combustibles de toda clase. El pueblo no combatiente abandonó
masivamente la zona, en número de 80.000 personas, mientras los revolucionarios
saqueaban y quemaban sus casas.
Un despacho del
general Marceau, comandante en jefe interino del ejército revolucionario,
describe así su paso por la Vendée: “Por agotadas que estuvieran nuestras
tropas hicieron todavía ocho leguas, masacrando sin cesar y haciendo un botín
inmenso. Nos hicimos con siete cañones, nueve cajas de munición y una
inmensidad de mujeres”, tres mil fueron ahogadas en Pont Baux. Los ahogamientos
masivos en los ríos fueron uno de los métodos más usados para las matanzas a
las que llamaban eufemísticamente “deportaciones verticales”.
“Fusilamos a
todo el que cae en nuestras manos, prisioneros, heridos, enfermos en los
hospitales”, confiesa el general Rouyer.
La intensidad
de las matanzas era de tal calibre, que algunos de los ejecutores quisieron
ponerse a cubierto de cualquier responsabilidad. El 17 de enero de 1794, el
general Turreau exige a la Convención que le confirme la orden de “quemar todas
las villas, pueblos y aldeas de la Vendée que no estén en el sentido de la
Revolución”. Y no por escrúpulos morales, sino por mera seguridad jurídica,
pide certidumbres: “Debéis igualmente pronunciaros de antemano sobre la suerte
de las mujeres y los niños. Si hay que pasarlos a todos por el filo de la
espada, yo no puedo ejecutar semejante medida sin una orden que ponga mi
responsabilidad a cubierto”. La respuesta del Comité de Salud Pública llegó el
8 de febrero, y es la prueba evidente de que en la Vendée todo lo que se hizo
estaba amparado por las autoridades de la Revolución Francesa. “Te quejas,
ciudadano general”, le dicen, “de no haber recibido del Comité una aprobación
formal a tus medidas. Éstas le parecen buenas y puras, pero alejado del teatro
de operaciones, espera los resultados para pronunciarse: extermina a los
bandidos hasta el último, ése es tu deber”. Los bandidos eran,
obviamente, los católicos vandeanos.