PRESENCIAS

 

PRESENCIAS – 16/03/2026

En 1893 el misionero francés Victor Jouet hizo construir en Roma una iglesia gótica dedicada al Sagrado Corazón del Sufragio junto al Palacio de Justicia y en 1900 fundó una hermandad dedicada a rezar por las almas de purgatorio. Él mismo reunió una numerosa colección de testimonios del más allá que colocó en el templo. Entre ellos se encuentra el de Joseph Schitz que una noche de diciembre de 1838 estaba en su casa de Stralbe leyendo un libro de oraciones cuando de repente se estampó en una de las páginas la huella de la mano que se ve en la foto. Su corazón se sobresaltó de miedo pues además sintió una presencia extraña con una ráfaga de aire frío. Después le pareció escuchar la voz de su hermano Jorge, muerto hacía poco tiempo, diciéndole que a pesar de la vida desordenada que había llevado en gran parte por culpa del propio José, consiguió salvarse pero que estaba sufriendo terriblemente en el purgatorio. Suplicaba que hiciera rezar unas misas por su alma para poder salir cuanto antes de allí.

También María Simma, campesina austríaca conocida por recibir visitas de las almas del purgatorio, cuenta que todo comenzó una madrugada de 1940 cuando oyó que alguien se movía por su habitación. Vio a un extraño ir y venir lentamente. Le preguntó en tono severo como había entrado, pero él continuaba caminando como si nada. Volvió a preguntar y como seguía sin responder dio un salto para agarrarlo, pero no tocó más que el aire y el hombre había desaparecido. Regresó a la cama y de nuevo comenzó a sentir el movimiento. Otra vez intentó atraparlo sin conseguirlo, lo que le dejó perpleja. Se acostó y ya no volvió esa presencia, pero no consiguió conciliar el sueño. Al día siguiente le contó al párroco lo sucedido y él pensó que podría tratarse de un alma del purgatorio, aconsejándole preguntarle qué es lo que deseaba. La noche siguiente el hombre regresó y al preguntárselo le respondió que por favor hiciese celebrar tres misas por él para poder ser liberado. Entonces comprendió que efectivamente era un alma del purgatorio. A lo largo de su vida continuó teniendo ese tipo de visitas pidiendo misas, rosarios y viacrucis, especialmente en el mes de noviembre.

Otro que volvió para contarlo no pedía oraciones. El Conde Orloff no creía que hubiese nada después de la muerte y en 1812 cenando en Moscú con un general, volteriano como él, le propuso que si más allá de la tumba hubiese algo el primero en morir regresase para decírselo al otro. Y así quedaron. Poco después el general recibió orden de incorporarse al frente. Ese mismo mes, mientras Orloff descansaba tranquilamente en la cama vio a su amigo pálido, de pie, a poca distancia y con su mano derecha sobre el corazón le dijo: ¡Hay un infierno y yo estoy en él! La semana siguiente un informe de guerra le notificaba la muerte del general en el mismo día y hora en que lo había visto y oído.