ÁNGELES
– 02/10/2026
La Iglesia
enseña que Dios creó a los ángeles muy superiores a nosotros. Puros espíritus,
de inteligencia lucidísima y gran poder, exceden por su naturaleza incluso a
los hombres más dotados.
Con su
rebelión, los ángeles malos perdieron la virtud, sin embargo, no perdieron la
inteligencia ni el poder. Dios frena su acción en mayor o menor medida, según
los designios de su Providencia. Pero, por su naturaleza, continúan siendo muy
superiores al hombre.
Es por lo que
la Iglesia siempre aprobó que los artistas representasen al demonio bajo la
forma de un ser inteligente, sagaz, astuto, poderoso, aunque lleno de malicia
en todos sus designios. Aprobó que se presentase al demonio como un ente de
encantos fascinantes, para manifestar así las apariencias de calidad de que el
espíritu de las tinieblas se puede revestir para seducir a los hombres.
En el primer
cuadro tenemos un ejemplo de esta representación del demonio. Mefistófeles, con
un semblante fino, astuto, de psicólogo penetrante y lleno de labia, instila
pensamientos de perdición, suaves y profundos, a Fausto, que duerme y se
encuentra en pleno sueño.
Este tipo de
imagen se ha hecho tan frecuente que casi no se representa al demonio bajo otro
aspecto. Todo esto es perfectamente ortodoxo, pero tiene un gran inconveniente.
Representando habitualmente al demonio como inteligente, vivo y capaz, crea la
impresión en el alma popular de que el vicio forma hombres inteligentes y
varoniles.
¿Cómo son las
representaciones de los ángeles buenos que cierta iconografía hace muy
frecuentemente? Los muestra como seres
manifiestamente bien intencionados, felices, cándidos, lo cual está de acuerdo
con la santidad, la bienaventuranza, la pureza que poseen en grado eminente,
pero estas representaciones son exageradas y, queriendo acentuar la bondad y la
pureza de los ángeles fieles, sin saber cómo expresar al mismo tiempo su
inteligencia, fortaleza, y admirable majestad, los representan como seres
insípidos y sin valor. El ángel de la guarda no es menos inteligente, fuerte y
majestuoso que el demonio, en cambio es representado como un ser bueno, pero
sin brío.
El segundo
cuadro muestra a una niña cruzando un riachuelo mientras que su ángel custodio
le protege. El cuadro, siendo popular y sin pretensiones, no deja de despertar
simpatías legítimas, pues evoca de modo agradable un panorama campestre,
teniendo al fondo el campanario de la aldea que impregna la vida en el campo de
inocencia, donde ésta más fácilmente se puede conservar. También es conmovedora
la idea de un niño que anda despreocupado por el camino amparado cariñosamente
por un príncipe celestial. Pero si observamos la cara de este príncipe parece
totalmente carente de aquella fuerza, inteligencia, penetración y sutileza
propia de la naturaleza angélica, con la cual se representa siempre a Satanás.
El cuerpo que se atribuye al ángel fiel tiene una actitud mole, despreocupada,
sin inteligencia. Representando así la iconografía azucarada a los ángeles
buenos como seres moles, inexpresivos, casi tontos, se crea la impresión de que
la virtud produce seres bobos sin coraje.
Este es un
aspecto de la acción edulcorante que el romanticismo ejerció profundamente, y
que todavía continúa ejerciendo.