PROLETARIZACIÓN – 30/06/2026
Lady Diana Cooper descansa junto a una estatua en el
parque del palacio de Chantilly, histórica mansión de los príncipes de Condé.
Esta fotografía fue sacada en 1945, cuando Lord Cooper, su esposo, ejercía las
funciones de embajador británico en París. Lady Cooper, generalmente admirada
en la capital francesa por su inteligencia y finura, mantenía en los salones de
la embajada británica un ambiente de buen gusto y distinción, siendo una de las
figuras centrales de la vida social parisina de entonces. Ella encarna pues,
una aristócrata, según el gusto y el estilo del siglo XX, o sea, lo que en
lenguaje corriente se llamaba una granfina.
La estatua representa, por el contrario, un aristócrata
según el estilo y gusto del siglo XVIII. El contraste es flagrante y expresa
mucho más que una simple diferencia de concepciones estéticas. Manifiesta dos
modos de ser enteramente diferentes, y bien representativos de las concepciones
y del género de vida de las élites sociales europeas en dos épocas diversas.
En el gentilhombre del siglo XVIII la expresión de la
fisonomía, el porte, el gesto, el traje expresan la idea de que la existencia
de élites sociales no sólo es justa, sino deseable, y que la superioridad de
cultura, de maneras y de gusto de sus miembros, deben naturalmente manifestarse
con una máxima precisión, realce y refinamiento.
Por el contrario, la aristócrata del siglo XX está
camuflada. Su traje es verdaderamente el de una trabajadora manual. La posición
es elegante, y expresa como que involuntariamente una distinción que, por
decirlo de alguna manera, pide al transeúnte común disculpas por existir. Disculpas
tan humildes que, para no chocar demasiado, la distinción se vela en los trajes
de una campesina.
Este es el sentido de la creciente proletarización de
estilos, del ambiente de la vida y de los trajes de las élites “granfinas” en
todo Occidente.