PADRE – 23/05/2026
Antes, el
padre, dentro de su casa, siempre se mantenía un poco distante, enigmático y
majestuoso con relación a sus hijos. Y no por eso los hijos dejaban de amarle.
Padre indigno de amor es el que se guía por lemas como “soy el mejor amigo de
mi hijo, no tenemos relaciones de padre e hijo, sino de amigos”. Un padre así
profana su propia autoridad, porque el padre es mucho más que un amigo. Se
comprende porqué Dios manifiesta de vez en cuando su severidad, y la manifiesta
de manera terrible.
Un antiguo
obispo escribió en una carta pastoral: “la misericordia de Dios ha hecho que se
condene al infierno más gente que su justicia”. La frase es un poco
desconcertante, pero significa que más almas van al infierno por abusar de la
misericordia de Dios que por temer demasiado su justicia. Los abusos de la
misericordia son más frecuentes que los defectos morales del miedo excesivo de
la justicia.
Se podría
objetar, pero entonces, ¿Dónde está la bondad? La respuesta la encontramos en
la figura de Santa Teresa del Niño Jesús, que tenía un profundo amor por la
bondad de Dios, pero también una profunda noción de su justicia. Hasta el punto
de que se estremeció al oír hablar de ella, incluso sabiendo que es adorable.
Tenía tal sentido de la justicia de Dios que, por así decirlo, apartó sus ojos
de la justicia, cuya tremenda grandeza, sin embargo, le llenaba de admiración.
Esta no es la
actitud del relajado que tiene el hábito de pecar, desprecia la justicia de
Dios, se burla de ella y no la teme. Para los relajados, la meditación sobre la
justicia tiene un efecto muy diferente del que produjo en el alma
insondablemente sensible y delicada de Santa Teresita. Si tenemos razones para
creer que no somos tan sensibles ni tan inocentes como Teresa de Lisieux
respecto a la justicia de Dios, haremos bien en meditar sobre el infierno.
Una objeción
que alguien podría hacer es que le beneficia más meditar sobre la bondad de
Dios que sobre el infierno. Esta es una vía espiritual legítima y completamente
respetable, pero frecuentemente las personas se ponen así mismas ese sofisma
para evitar mirar la justicia de Dios, de tal forma que es aconsejable
examinarse a sí mismo con mucho cuidado antes de admitir esta conclusión.