DECADENCIA
– 22/09/2026
En
el siglo XIV comienza a observarse, en la Europa cristiana, una transformación
de mentalidad que a lo largo del siglo XV crece cada vez más en nitidez. El
apetito de los placeres terrenos se va transformando en ansia. Las diversiones
se van volviendo más frecuentes y más suntuosas. Los hombres se preocupan cada
vez más con ellas. En los trajes, en las maneras, en el lenguaje, en la
literatura y en el arte el anhelo creciente por una vida llena de deleites de
la fantasía y de los sentidos va produciendo progresivas manifestaciones de
sensualidad y molicie. Hay una paulatina mengua de la seriedad y de la
austeridad de los antiguos tiempos. Todo tiende a lo risueño, a lo gracioso, a
lo festivo. Los corazones se desprenden gradualmente del amor al sacrificio, de
la verdadera devoción a la Cruz y de las aspiraciones de santidad y vida
eterna. La Caballería, otrora una de las más altas expresiones de la austeridad
cristiana, se vuelve amorosa y sentimental, la literatura de amor invade todos
los países, los excesos de lujo y la consecuente avidez de lucros se extienden
por todas las clases sociales.
Tal
clima moral, al penetrar en las esferas intelectuales, produjo claras
manifestaciones de orgullo, como el gusto por las disputas aparatosas y vacías,
por las argucias inconsistentes, por las exhibiciones fatuas de erudición, y
lisonjeó viejas tendencias filosóficas, de las cuales había triunfado la
Escolástica, y que ahora, ya relajado el antiguo celo por la integridad de la
fe, renacían con nuevos aspectos.
Este
nuevo estado de alma contenía un deseo poderoso, aunque más o menos
inconfesado, de un orden de cosas fundamentalmente diverso del que había
llegado a su apogeo en los siglos XII y XIII.
La
admiración exagerada, y no pocas veces delirante, por el mundo antiguo, sirvió
como medio de expresión a ese deseo. Procurando muchas veces no chocar de
frente con la vieja tradición medieval, el Humanismo y el Renacimiento
tendieron a relegar la Iglesia, lo sobrenatural, los valores morales de la
Religión, a un segundo plano. El tipo humano, inspirado en los moralistas
paganos, que aquellos movimientos introdujeron como ideal en Europa, así como
la cultura y la civilización coherentes con este tipo humano, ya eran los
legítimos precursores del hombre ávido de ganancias, sensual, laico y
pragmático de nuestros días, de la cultura y de la civilización materialistas
en que cada vez más nos vamos hundiendo. Los esfuerzos por un Renacimiento
cristiano no lograron aplastar en su germen los factores de los cuales resultó
el triunfo paulatino del neopaganismo.
En
algunas partes de Europa, éste se desarrolló sin llevar a la apostasía formal,
pero en otros países embistió abiertamente contra la Iglesia. El orgullo y la
sensualidad, en cuya satisfacción está el placer de la vida pagana, suscitaron
el protestantismo, que dio origen el espíritu de duda, al libre examen, a la
interpretación naturalista de la Escritura. Produjo la insurrección contra la
autoridad eclesiástica, expresada en todas las sectas por la negación del
carácter monárquico de la Iglesia universal, es decir por la rebelión contra el
Papado. En el plano moral, el triunfo de la sensualidad en el protestantismo se
afirmó por la supresión del celibato eclesiástico y por la introducción del
divorcio.