NEGOCIOS – 27/02/2026
En las plácidas aguas de los canales de la ciudad belga
de Gante se reflejan hace siglos las fachadas típicas de algunos edificios de
la Edad Media y del Renacimiento. Edificios que dan una singular impresión de
equilibrio arquitectónico, por el contraste armónico entre su masa imponente, grave
y sólida, y la decoración rica, variada, como caprichosa de sus fachadas.
¿Para qué sirvieron primitivamente esos edificios tan
recogidos y casi diríamos tan pensativos? ¿Residencias patricias? ¿Centros de
estudios? No. Estaban ocupados por entidades de cuño corporativo como la sede
de la Corporación de los Barqueros Libres, la casa de los Medidores de Granos, el
pequeño edificio de la Aduana donde los mercaderes medievales venían a declarar
sus mercancías, el Granero o la Corporación de los Albañiles.
Por lo tanto, casas de trabajo y de negocios. En esas
casas la historia nos dice que se desarrolló una actividad de las más intensas
y productivas.
Pero la producción económica todavía no estaba rodeada
por las influencias materialistas de hoy, y por eso se hacía en un ambiente de
calma, de pensamiento y de fino gusto, y no en la atmósfera febril, agitada,
irreflexiva y proletarizante que tantas veces la marca en nuestros días. ¿Quién
imaginaría para edificios burgueses tanta nobleza, y para corporaciones de
trabajo manual tan buen gusto?
Más que un problema de arte, éste es un problema de
mentalidad. Según la concepción espiritualista, el mejor modo de actuar humano
se hace con la mente, y por esto la producción económica da lo mejor de sí
misma, como calidad e incluso como cantidad, cuando es hecha en la calma sin
ocio y en el recogimiento meditativo.
Según la concepción materialista, vale más la cantidad
que la calidad, la actuación del cuerpo que la del alma, la agitación que la
reflexión, y la super excitación nerviosa que el pensamiento auténtico. Y de
ahí procede la atmósfera agitada de algunas bolsas financieras o de ciertas arterias
comerciales modernas.
La gran excitación de los ambientes corresponde a la de
los hombres, como el efecto a su causa. Todos conocemos ese tipo de hombre de
negocios que masca chicle, mordisquea la punta de sus puros, quizá se muerde
las uñas, golpea con los pies en el suelo, es hipertenso, cardíaco,
neurótico...
Cómo es diferente ese tipo humano, de los burgueses
plácidos, estables, dignos, prósperos, y de mirada inteligente, que el pincel
de Rembrandt nos presenta en el admirable cuadro llamado “Los síndicos del
gremio de los pañeros”.
Fueron hombres como éstos que, con medios de comunicación
todavía inciertos y lentos, extendieron en todas las direcciones la red de sus
actividades y lanzaron las bases del comercio moderno. Su obra, sin embargo,
fue realizada en la tranquilidad y casi diríamos en el recogimiento. Ellos
todavía reflejan la atmósfera peculiar de los antiguos edificios que comentábamos.
Lección fecunda para nuestro pobre mundo, cada vez más
devastado por las neurosis...