COLONIA


COLONIA – 13/08/2026

Las torres de la catedral de Colonia, como vemos en el grabado de Karl Hasenpflug, se elevan en el aire con una vigorosa, ardiente y robusta embestida, como sin tener en cuenta para nada la tierra. Toda la arquitectura de la catedral es hermosa, pero las torres nos hacen olvidar el cuerpo del edificio que está bien concebido, lo que es una manera de buscar lo sublime. Metafísica, en sus máximas expresiones abstractas y simbólicas. Pero también de lo sobrenatural, en lo que el aspecto místico puede tener de más extraordinario, sin preocuparse por la vida terrenal y otras cosas menos elevadas. Para satisfacer la necesidad de un alma que no depende de cosas terrenales, las torres suben volando. En el conjunto de la construcción las torres simbolizan las almas y las mentalidades con esta perspectiva más alta y más contemplativa. Sin embargo, hay otros tipos de mentalidades que podrían simbolizarse mejor al estilo de la catedral de Notre Dame de París. También se vuelven hacia lo más alto, pero forman un conjunto único con el cuerpo de la catedral. Tienen una tendencia a tomar estas altas verdades y aplicarlas a ordenar la vida terrenal, en la vida diaria, en los aspectos temporales. Charbel Maklouf podría estar bien representado en el estilo de las torres de la catedral de Colonia. Y San Luis IX, rey de Francia, estaría mejor representado en las de Notre Dame. El sonido de las campanas de estos dos edificios religiosos indicaría a nuestros espíritus algo excelente para comprender ambas mentalidades. Estas serían una síntesis del Reino de María. Siempre que se ve la fachada de esta catedral alemana se perciben en lo más hondo del alma el encuentro de dos impresiones aparentemente contradictorias. Por una parte, es una realidad tan bella que, si no se conociera, no se sería capaz de imaginarla. Pero, por otra parte, algo dice en el interior de uno: ¡Esta catedral realmente tendría que existir! Y esta fachada inimaginable es, al mismo tiempo, paradójicamente, una vieja conocida. Es como si toda la vida se hubiera soñado con ella. Lo inimaginable y lo soñado se encuentran en esta contradicción. Aparente contradicción, porque algo en lo más profundo de nosotros desea cosas que no podemos imaginar, algo delinea, sin darse cuenta, una figura maravillosa. Y cuando encontramos la maravilla esbozada, nacida del apetito del alma, ese algo parece decirnos: ¡Ah! ¡Aquí está la esperada catedral! ¡No se podría morir sin haber visto esta fachada! ¡La vida no estaría completa, y no sería completamente uno mismo si no la hubiese visto! ¡Oh bendita catedral! ¡Oh bendito estilo!

Le hace a uno salir de sí mismo y, por decirlo de alguna manera, conocerse a sí mismo, conocer algo para lo que uno fue creado, algo que se expresa en este monumento gótico. ¡Algo misterioso, que pide toda la dedicación, pide todo el entusiasmo, pide al alma que sea completamente armónica con las maravillas de la Iglesia Católica! Es una escuela de pensamiento, de voluntad y de sensibilidad. Es una forma de ser que de allí se evoca, y para la cual uno siente que nació. Es algo mucho más grande que uno mismo, muy anterior a uno. Algo que viene de siglos en los que uno no era nada. Viene de la mentalidad católica de los hombres que nos precedieron y que también tenían, en el fondo de sus almas, ese mismo deseo por lo inimaginable. Y ellos hasta concibieron lo que nosotros no concebimos e hicieron lo que nosotros no hicimos. Pero es un deseo tan alto, tan universal, tan de acuerdo con los anhelos profundos de tantos y tantos hombres, que el monumento permaneció para siempre: ¡La catedral de Colonia!