POSICIONES

 

POSICIONES – 26/02/2026

Es corriente el uso de los vocablos “derecha” e “izquierda” para describir posiciones adoptadas en varios temas, básicamente en cuestiones políticas, sociales o económicas, aunque también en modos de sentir o de ser, así como en la literatura, en las artes, etcétera.

Un examen de los diversos significados de estos términos permite ver, a primera vista, un tal caos, que según muchos observadores esas palabras han perdido todo valor como calificadores de actitudes ideológicas, culturales o morales.

Sin embargo, sobre el talento, la cultura y la proyección publicitaria de muchos de los que piensan así desde hace tiempo, “derecha” e “izquierda” son todavía palabras de uso corriente y se diría que son indispensables para quienes realicen análisis ideológicos.

El derechismo afirma, pues, que en sí misma, la desigualdad no es injusta. Que, en un universo en el cual Dios creó desiguales todos los seres, inclusive y principalmente a los hombres, la desigualdad es la imposición de un orden de cosas que Dios, por altísimas razones, hizo desigual. Por tanto, la justicia está en la desigualdad.

En efecto, Dios creó las desigualdades, no aterradoras y monstruosas, sino proporcionadas a la naturaleza, al bienestar y al progreso de cada ser, y adecuadas al orden general del universo. Tal es la desigualdad cristiana.

Consideraciones análogas se podrían hacer acerca de la libertad en el universo y en la sociedad.

Cuanto más una doctrina sea contraria a la trilogía de 1789 y se aproxime de ese patrón de desigualdades armónicas y proporcionadas, tanto más será derechista.

Hubo derechistas que hicieron concesiones al espíritu igualitario, porque ellos mismos estaban infiltrados de los principios revolucionarios que combatían. Véase el cuño socialista del fascismo y especialmente del nazismo.

Por esto, el vocablo “derecha” no alcanzó en el lenguaje corriente un sentido tan claro como “izquierda” y ha servido para designar no sólo al verdadero derechismo de inspiración cristiana, sacral, jerárquico y armónico sino también derechismos modelados en parte por tradiciones cristianas y en parte por principios ideológicos. La religión tiene un papel central en esta concepción derechista auténtica pues el derechismo laico o ateo es absurdo, porque el universo y el hombre son impensables sin Dios.

Frente a la trilogía de la Revolución Francesa, todavía hoy el consenso general no duda en calificar de izquierdista perfecto a quien se afirme favorable a una libertad, igualdad y fraternidad absolutas. De alguien que es, en definitiva, un anarquista, en el sentido etimológico y radical de la palabra, del griego an arche, sin gobierno, con o sin connotación de violencia o terrorismo. Los izquierdistas moderados califican como utópico, “lamentablemente utópico” dicen, el sueño de su correligionario radical. Nadie negará, sin embargo, la plena autenticidad izquierdista de esa utopía.

En función de este marco de izquierdismo absoluto, es fácil discernir qué, dentro de la escala izquierdista, un programa o un método, puede ser calificado como más o menos izquierdista. Es decir, será tanto más izquierdista, o menos, cuanto más se aproxime o se distancie del anarquismo total. Así, por ejemplo, un socialista es tanto más izquierdista cuanto más efectiva y general sea la igualdad que reivindica. Y será íntegramente izquierdista el que reivindique la igualdad total.

Una afirmación análoga debe hacerse con relación a otro “valor” de la trilogía de 1789, el liberalismo político. Este será tanto más izquierdista cuanto más reclame la libertad total. Está en la esencia del anarquismo total la afirmación de que toda y cualquier desigualdad es injusta. Es cierto que, de acuerdo con el consenso general, el izquierdismo tiene su punto omega y su escala de “valores” bien definidos. El totalitarismo económico destruye fácilmente la libertad política. Y recíprocamente. Pero esta contradicción existe sólo en las etapas intermediarias que todavía no son el anarquismo total, aunque predispongan a él. Pues, tanto se puede llegar a este último por una libertad absoluta, como, y principalmente, por una igualdad absoluta.

La libertad absoluta propicia una ofensiva general de los que son o tienen menos, contra los que son o tienen más. Y a su vez, la igualdad completa implica en la negación de toda autoridad y, por lo tanto, de toda ley. Esas dos vías tan diferentes no son paralelas y se encontrarán en el infinito. Por más contradictorias que sean en la práctica del moderado de hoy, convergen en el punto final an árquico, en el cual se encuentran y se completan.

En la foto Stalin, déspota temido e incontestable de todas las Rusias. Cabello desgreñado, bigote vulgar, rostro grosero y brutal, gesto impetuoso y violento, traje carente de cualquier elevación o distinción. Poderoso dictador, rebajado, en su presentación y persona, al nivel del último servidor, constituyendo el símbolo de un orden de cosas satánico, que por adoración de la igualdad tiene por instinto rebajar y degradar todo.