DECADENCIA – 02/06/2026
Cuatro ingleses que evidentemente ya pasaron los
sesenta años. La ancianidad se presenta en ellos, al menos bajo cierto punto de
vista, como un apogeo. Son hombres en cuyo espíritu están profundamente
arraigados determinados modos de pensar, de sentir y de ser. Al mismo tiempo,
están en posesión de una experiencia de la vida, llena de lúcida y modesta
seguridad. Poseen aquella forma especial de madurez y sentido común, que sólo
se adquiere cuando se llevó una larga existencia, honrada y temperante. En sus
cuerpos, ya cansados, pero que conservan mucho de la equilibrada robustez de
otrora, brilla una llama de vida que da sus más altas claridades antes de
extinguirse en esta Tierra.
¿Quiénes son estos hombres? ¿Pequeños burgueses
sólidamente establecidos? ¿Dignos abogados, médicos o ingenieros de provincia?
No. Simples operarios jubilados. Tal es el nivel de consciencia de su propio
valor, de lucidez de espíritu, de fuerza de personalidad, a la que la tradición
cristiana de Occidente elevó a la parte del operariado que continuó aceptando su
benéfica influencia.
Pues se ve claramente que tales operarios no se
formaron bajo la influencia de sindicatos ebrios de anarquía y revolución, sino
en una tradición doméstica y civil remotamente heredada de los días fecundos y
gloriosos en que Inglaterra aún no había apostatado…
Al lado de los herederos conscientes o inconscientes de
la tradición, el hijo del espíritu de la Revolución. Es un joven inglés elegido
por los “Teddy Boys” londinenses de los años 50 como modelo de elegancia.
Viéndolo, se piensa instintivamente en el sabio discurso de Navidad de 1957 en
que el Santo Padre describía los trazos psicológicos de los admiradores
exclusivistas de las perfecciones materiales de la técnica: fragilidad de alma,
insensibilidad, superficialidad, tiranía de los caprichos. En el porte, en la
expresión de la fisonomía, hay algo de desafío, de amargura, de impulsividad
irritadiza y casi diríamos infernizada. Al mismo tiempo, una preocupación mucho
mayor de parecer, que de ser. Una sujeción completa a los preconceptos
apasionados de un pequeño clan. Si se van a buscar ahí los valores que honraron
al hombre, como la capacidad de refexionar maduramente pensado el pro y el
contra, de dominar con el freno de una voluntad fuerte los impulsos y las
pasiones, de desconfiar de las primeras impresiones y de analizarlas con
cautela, de hacer esfuerzos constantes para alcanzar objetivos arduos, nada se
percibe.
De esta forma, el burgués requintado, formado por el
espíritu de la Revolución, es más pobre en bienes del alma que el simple
operario, hijo de la tradición.
Así decayó Roma, decayó Bizancio, y está decayendo
nuestra civilización. Depauperamiento de los valores morales, en una crisis
cuya esencia es estrictamente religiosa. Y nada será suficiente para salvar al
Occidente cristiano, porción de la humanidad dilecta entre todas por Dios, si
no se comprende que antes de nada hay que salvar los valores morales por una
vuelta auténtica al espíritu y a la vida de la Iglesia, la cual nada tiene que
ver con la antiglesia que ocupa actualmente el Vaticano.