FORMACIÓN
– 02/09/2026
Por
medio de lo maravilloso en la literatura infantil la inteligencia transpone los
límites del ambiente doméstico y aprende las nociones iniciales sobre la
sociedad humana, con las innumerables diferenciaciones que comporta, las
atracciones que ofrece, los deberes que impone, las decepciones que trae, y el
juego complicado de las pasiones en los altos y bajos de esta gran lucha que es
la existencia. Militia est vita hominis super Terram, la vida del hombre
sobre la Tierra es lucha, dice la Sagrada Escritura en el primer versículo del
capítulo 7 del Libro de Job. Militia sí, en que unos luchan por los
intereses personales, legítimos o ilegítimos, y otros luchan contra el mundo,
contra el demonio y contra la carne, para mayor gloria de Dios.
Las
primeras nociones sobre esta lucha, las impresiones más profundas que el hombre
recibe relativas a los aspectos esenciales de la vida y de su posición ante
ella, las recibe en sus primeros años de existencia a través de los cuentos, de
los juguetes.
De
ahí la importancia capital, para una civilización católica, del hecho de
proporcionar a los niños una literatura profunda y sanamente religiosa. No nos
referimos únicamente al catecismo y a la historia sagrada que, por supuesto
debe ser el centro de todo, sino a otras que serían como el comentario o la
aplicación de lo que la religión enseña. En la ilustración la Cenicienta va con
su príncipe hacia el castillo encantado. Es lo maravilloso en la literatura
infantil.
Esto
que en términos de buena doctrina es lo normal, ¡cómo difiere del caudal de la
literatura infantil moderna! En este caudal completamente laico, y ya por eso
lamentable, hay aún distinciones que hacer. Pues hace mucho que el laicismo no
es el único mal de la literatura infantil de nuestros días. Cuando hablamos de
la literatura infantil, incluimos evidentemente en esta calificación genérica
las ilustraciones que ella incluye legítimamente, y de la cual se hace un uso
muchas veces exagerado.
En
principio, lo que se ofrece a los niños debe tender a hacerlos madurar, bajo
pena de no ser enteramente sano. Ahora bien, en esta composición hay ciertas
simplicidades, deliciosas para los ojos de adultos como interpretación delicada
de la fantasía infantil, pero que no ayudan a esa maduración. Alguna cosa en el
cochero, en el lacayo, en la estructura del cerro y en los edificios da la idea
de una cosa hecha no solamente para niños, sino por niños. Y eso se nota,
aunque menos claramente, en los otros elementos de la escena. Pero, hecha esta
reserva, ¿Cómo no elogiar el gusto, la delicadeza, la variedad de esta
composición? Lo maravilloso, indispensable en los horizontes infantiles como
medio para perfeccionar el sentido artístico, elevar el espíritu, abrir el
horizonte, estimular sanamente a la imaginación, está aquí expresado con un
tacto y un gusto notables.