MIGUEL –
29/09/2026
La Iglesia considera al arcángel San
Miguel, como el ángel que se interpone entre la humanidad y la divinidad, como
el mediador de su oración litúrgica. Dios, que creó las jerarquías visibles e
invisibles con un orden admirable, hace uso del ministerio de los espíritus
celestiales para su gloria. Los coros angélicos, que contemplan sin cesar el
rostro del Padre, saben, mejor que los hombres, la forma de adorar y contemplar
la belleza de sus perfecciones infinitas.
La Iglesia en la Tierra también invita a
los espíritus celestiales a alabar y glorificar al Señor, a rendirle culto y
adorarlo sin cesar. Esta misión contemplativa de los ángeles es un modelo para
nosotros.
San Miguel es el jefe de los ángeles que
lucharon contra el diablo y los ángeles malos y los arrojaron al infierno. Es
el jefe de los ángeles de la guarda de las personas, y también de las
instituciones. También es el ángel de la guarda de la institución de las
instituciones, que es la Santa Iglesia Católica y Apostólica. Él tiene, por lo
tanto, una misión de tutela. Podemos preguntarnos la relación que existe entre
la primera misión de San Miguel de derrotar a los ángeles que se rebelaron y la
protección que da a los hombres en este valle de lágrimas.
Las dos misiones están vinculadas. Dios
quiso que fuese su escudo contra el diablo en la primera batalla celestial.
También quiere sea el escudo de los hombres contra el diablo, y el escudo de la
Santa Iglesia Católica, pero no se limita a ser un escudo de protección, es
también un arma para derrotar y lanzar al enemigo al infierno. Es una doble
misión que se correlaciona.
Por esta razón, en la Edad Media era
considerado el primer caballero, el caballero celestial, fiel, fuerte y puro
como un caballero debe ser. Salió victorioso porque puso toda su confianza en
Dios, y después del nacimiento de Nuestra Señora, puso también toda su
confianza en Ella.
A esta admirable figura de San Miguel
debemos considerar nuestro natural aliado en las luchas legales y doctrinales
en las que estamos llamados a participar en la defensa de la honra de Dios, de
la Virgen, de la Santa Iglesia y de la Civilización Cristiana. Teniéndolo como
nuestro modelo, debemos defenderlas como un escudo, y atacar a sus enemigos
como una espada con el fin de destruir el imperio del diablo y establecer el
Reino de María en esta Tierra. Él debe ser nuestro patrón especial.
Cabe destacar un aspecto particular de
la devoción a los ángeles al ser los habitantes de la corte celestial que continuamente
ven a Dios cara a cara. El ápice de la felicidad angélica y humana es
contemplar a Dios, y esta es la esencia de la vida en el Cielo, es lo que hace
que el Cielo sea la patria de nuestras almas. Dios manifiesta continuamente
nuevos aspectos de sí mismo que inundan de felicidad a los ángeles.
En épocas de verdadera fe, algo de esta
felicidad celestial se filtra a la Tierra y se comunica a algunas almas
piadosas, que, a su vez, la expresan a toda la Iglesia y la incorporan en su
tesoro espiritual para que la podamos compartir. Hoy carecemos en este sentido
de felicidad celestial y, por lo tanto, tenemos menos apetito por el Cielo.
Muchas personas sólo tienen apetito por las cosas terrenales. Si pudieran
entender el consuelo que viene de la consideración de las cosas celestiales,
comprenderían cuán pasajeros son los bienes terrenales, cuán carentes de valor
son, como son otros valores que los trascienden. Si entendieran estas cosas,
serían capaces de apartarse de su apego a los bienes terrenales.
Pero, en nuestros días, la gente está
entusiasmada por el dinero, por las cosas del mundo, por la vida trivial y las
noticias de poca importancia. Ya no son almas elevadas que se entusiasman con
los grandes problemas doctrinales y las cosas celestiales.
De lo que ahora estamos en gran medida
carentes es precisamente lo que los santos ángeles nos pueden obtener. Ellos
están inundados por una felicidad celestial, que pueden comunicarnos. Por
tanto, pidámosles que nos den el deseo de las cosas celestiales en la fiesta de
San Miguel Arcángel.