CREACIÓN –
04/02/2026
El fin último
que Dios tenía al crear era, y sólo podía ser, su propia gloria. Se trata aquí
de la gloria extrínseca. O sea, la gloria que las criaturas deben dar al ser
perfectísimo que es Dios, que consiste en la semejanza de las criaturas con Él,
en adorarle y servirle. La creación, en su conjunto, debe dar un reflejo total
de Dios, sobre todo deben ser espejos de Él los ángeles y los hombres. Así
pues, las miríadas de ángeles que existen son un poderosísimo y maravilloso
espejo de todos sus atributos. Cada ángel es un espejo específico y bellísimo
de alguna perfección divina. Pero con el pecado de muchos ángeles esta imagen
está carente de algunos elementos necesarios para su completa formación. Dios
entonces llamó a los hombres a ocupar estos tronos angélicos vacíos, de modo
que habrá, por fin, la imagen completa de Dios, formada por los ángeles y por
los hombres. El término de esa maravillosa obra divina marcará el fin de la
historia en la Tierra.
El pecado de
los ángeles fue un pecado de orgullo. Mirando su propia perfección, no
quisieron reconocer que, aunque eran de una perfección admirable, nada eran a
no ser en relación con Dios, ser infinito.
El hombre fue
creado por Dios con dones excelentísimos y puesto en el lugar más magnífico de
la Tierra, que era el Paraíso terrenal. Allí deberían vivir todos los hombres,
naciendo ya con aquellos dones y destinados a, después de una existencia llena
de santidad y felicidad, ser llevados al Cielo sin pasar por la muerte. Este
plan suponía que cada hombre progresase en la virtud y desarrollase
admirablemente sus propias perfecciones. El servicio a Dios y progreso en la
virtud lo deberían hacer juntos, colaborando unos con los otros e
influenciándose unos a otros. Formarían así una sociedad y un Estado perfecto,
con una civilización y cultura admirables, que podrían ser poderosísimos auxiliares en la santificación. Si imaginamos un mundo habitado por millones de
hombres, todos con perfecciones admirables como vemos en los santos, realizando
obras de arte con la perfección y belleza de las de un Fray Angélico, creando
las instituciones admirables de la civilización cristiana y sin las
limitaciones producidas por el pecado original, podemos tener una cierta idea
de lo que sería el Paraíso terrenal. La humanidad era llamada a embellecer
prodigiosamente el Paraíso y edificar allí una cultura y civilización de una
perfección absolutamente maravillosa.
El pecado
original, consecuencia de la tentación del demonio y de la caída de Adán,
degradó al hombre, que perdió los dones sobrenaturales y preternaturales, quedó
en desorden dentro de sí, sujeto a la muerte, a las enfermedades, lanzado en
medio de una naturaleza hostil. Hizo desmoronarse por tanto aquel plan
maravilloso, pero el plan de Dios respecto al fin del hombre continúa
sustancialmente el mismo.
La historia es
el desenvolverse de la admirable acción de la Providencia, unas veces en medio
de la fidelidad, otras del rechazo y hasta de la rebelión de los hombres, para
la realización de aquel grandioso plan. Cuando los hombres aceptan el plan
divino ocurren las grandes maravillas. Frecuentemente resisten y siguen al
demonio, trayendo pecados, tragedias y degradaciones, ora mayores ora
menores.
Dios, ante la
resistencia de los hombres, en su insondable sabiduría, a veces interviene y
produce las grandes conversiones, otras su intervención es castigando las
apostasías y reiniciando la realización de su obra, y otras permite que el mal
se extienda y se prolongue enormemente, pero nunca derrotado, saca bien del
mal, a pesar de todo el odio de Satanás y de todas las maldades de los impíos,
conduce la historia, a través de maravillas, hacia la realización de sus
designios.