ANSELMO – 20/04/2026
En el cuadro
San Anselmo de Canterbury aceptando a regañadientes el báculo que le ofrece el
rey desde su lecho de enfermedad.
Anselmo, hombre
ya anciano con innumerables servicios prestados a la Iglesia, era deseado
ardientemente por el rey y por los obispos para ser arzobispo de Canterbury.
Él recusa
temiendo no estar a la altura del cargo, que probablemente requeriría
establecer una lucha contra el poder temporal. Pero tal era la fuerza de su
virtud, tal la confianza que todos tenía en el auxilio que la gracia le daría,
que le forzaron a aceptar el arzobispado. Hecho chocante y magnífico al mismo
tiempo, pero no del todo explicable. No habría sido coaccionado sino persuadido
para aceptar la diócesis más antigua de Inglaterra.
A veces, la
gracia divina utiliza medios sorprendentes y desconcertantes para lograr un
fin, nunca medios inmorales o ilegítimos.
Quién sabe si
la gracia quiso que la insistencia llegase a ese punto para mostrar su desapego
y tener después más libertad para luchar contra el rey.
En cualquier
caso, nos recuerda las palabras de Nuestro Señor de que es necesario hacer una
santa violencia para entrar en el reino de los Cielos.
Es algo
parecido a las vías superiores de Dios, insondables, no siempre enteramente
explicables y que forman una de las bellezas de la historia de la Iglesia.
Si en la
historia de la Iglesia todo fuese explicadito, clarito, limpito, ambiente
perfumería, la historia de la Iglesia no sería la historia de la Iglesia de
Dios. Le faltaría una de las características de aquello que es verdaderamente
divino, o sea, un santo misterio. Cuanto es más claro que algo es divino, tanto
más conviene que en él haya misterios, porque su presencia es una señal de
superioridad divina que impone respeto a los hombres.
Son los
misterios de la vida de la Iglesia. Los hechos misteriosos por los cuales Dios
muestra su divina grandeza. Después las cosas se explican.
Ciertamente
para algunos contemporáneos de Nuestro Señor, la Pasión les debió parecer un
misterio inexplicable y fue necesaria la Resurrección para que se comprendiese
tal misterio.
Ahora nos
encontramos en un eclipse de la Iglesia que dura desde 1958. Estamos en
presencia del mayor misterio en los veinte siglos de vida de la Iglesia.
¡Creamos en la divinidad de la verdadera Iglesia católica, que nada tiene que
ver con la antiglesia que actualmente ocupa ilícitamente el Vaticano, y
amémosla más que nunca!
Sólo una
Iglesia santa y divina puede tener tal fortaleza, una grandeza tal que en Ella
quepa misterio tan profundo, misterio tan tenebroso, misterio tan lleno de
tinieblas. Es necesario ser una Iglesia divina para no morir en ese misterio,
para atravesar la era del misterio y salir del otro lado gloriosa y
resplandeciente como si hubiese resucitado.
En este pequeño
hecho misterioso de la vida del santo debemos volar para regiones mucho más
altas de los grandes misterios de la Iglesia. Hagamos un acto de amor por el
misterio enorme ante el que estamos, ante el que vivimos, seguros de que los
grandes misterios tienen después sus grandes explicaciones.
Nunca un hombre
se enfrentó con un misterio tan terrible como el de San José, pero después,
¡qué explicación, qué esclarecimiento! ¡Es la explicación de las explicaciones!