HERENCIA – 26/09/2026
Desde los
comienzos de la historia, la familia y la propiedad privada existen. No se
trata sólo de una coexistencia fría y fortuita entre ambas instituciones, sino
de una simbiosis íntima. La herencia es una institución en la cual la familia y
la propiedad se apoyan mutuamente.
Ser
propietario, tener familia, son situaciones que dan al individuo una justa
sensación de plenitud de personalidad. Vivir como un átomo aislado, sin familia
ni bienes, en medio de una multitud de extraños, le da una sensación de vacío,
de anonimato y de aislamiento que es profundamente antinatural. Es fácil
comprender la conexión íntima que existe, en las profundidades del alma humana,
entre el derecho que el hombre tiene de apropiarse de los bienes y el derecho
de constituir familia.
En virtud del
orden natural de las cosas, la familia origina un derecho de la esposa y de los
hijos a los frutos del trabajo del marido o del padre. Y esto es tan cierto con
relación a los frutos morales, honra, consideración, influencia, como a los
frutos materiales, esto es, a las cosas útiles al cuerpo. Quien nace, pues, de
un matrimonio particularmente dotado por la Providencia con bienes espirituales
o materiales queda muy legítimamente favorecido desde la cuna, más que otros
nacidos de padres dotados de prendas más comunes. Esta desigualdad inicial es
justa, porque Dios, supremo Señor de todos los bienes, da a cada uno como le
place. “La naturaleza benigna y la bendición de Dios a la humanidad iluminan y protegen
las cunas, las besan, pero no las nivelan”, escribió Pío XII.
Los documentos
pontificios están llenos de textos a favor de la herencia como “ley
completamente inviolable de la naturaleza es que todo padre de familia
defienda, por la alimentación y todos los medios, a los hijos que engendre. Y
de igual manera la naturaleza misma le exige que quiera adquirir y preparar
para sus hijos, pues son imagen del padre y como continuación de su
personalidad, los medios con que puedan defenderse honradamente de todas las
miserias en el difícil curso de la vida. Pero esto no lo puede hacer de ningún
otro modo más que transmitiendo en herencia a los hijos la posesión de los
bienes fructíferos”.
Santo Tomás de
Aquino dice que “es de ley natural que los padres acumulen bienes para sus
hijos, y que éstos sean herederos de sus padres”.
Además, si
quitásemos a los hombres el derecho de dejar sus bienes a la esposa y a los
hijos, eliminaríamos uno de los estímulos más vivos al trabajo. Y esto sería
muy contrario al bien común.