ELISABETH – 09/05/2026
La revolución
francesa es presentada por la generalidad de los historiadores como siendo un
acontecimiento de los más trascendentales de la historia de la humanidad, en
cuanto que representó un paso más en la liberalización del hombre.
Los partidarios
de esa revolución creen que fue una explosión de las cualidades del espíritu
humano en lo que tiene de mejor, que no se conforma con la desigualdad y que
movido por una noble sed de igualdad, libertad y fraternidad habría promovido
la revolución. Y para justificar la tesis de que el espíritu de la revolución
era muy noble, hacen el endiosamiento de los grandes hombres de la revolución,
sustentando que fueron hombres de excepcionales cualidades humanas.
La verdad
histórica es exactamente lo contrario. La revolución francesa, como muestra
claramente la historia, fue la consecuencia necesaria del protestantismo. O
sea, la explosión en el campo político, en la temática de las estructuras
políticas, del mismo espíritu de rebelión, de orgullo y de sensualidad que
anteriormente generó el protestantismo. Y, en consecuencia, hay una polémica
también no sólo de las ideas de la revolución, sino de los hombres de la
revolución. Los adversarios de la revolución francesa nos esforzamos en mostrar
su verdadero aspecto, no sólo refutando las doctrinas, sino mostrando que los
hombres que fueron exponentes de esa revolución fueron criminales, hombres sin
ninguna moralidad, fueron lo contrario de la fraternidad que ellos pregonaban,
fueron sanguinarios, crueles y tiránicos.
Y uno de los
crímenes de la revolución donde ese espíritu transparece de un modo más
evidente, es el crimen efectuado contra una de las personas de la familia real
de Francia, la princesa Isabel, llamada habitualmente por los historiadores
Madame Elisabeth. Era la hermana del rey Luis XVI, soltera y persona no solo de
una gran pureza de costumbres, sino de una ardiente piedad. Frecuentaba la
Corte, donde cumplía con las tareas que le correspondían como hermana del rey,
pero pasaba su tiempo libre en un pequeño castillo que tenía lejos de
Versalles. Dedicaba su tiempo libre a la piedad y a las obras de caridad:
distribuía víveres y ayuda a los campesinos que vivían por allí cerca. Era una
persona conocida por su insigne caridad. Vivía completamente apartada de la
política. Muy dedicada a su hermano, habría tenido toda facilidad en casarse,
pero no quiso hacerlo para poder vivir cerca de la familia real, prestando la
ayuda que las circunstancias le pudiesen pedir.
Cuando explotó
la revolución francesa, todos los hermanos del rey salieron de Francia, menos
ella que quiso heroicamente enfrentar los riesgos para poder ayudar a su
hermano, a su cuñada la reina María Antonieta y a sus sobrinos. Y, de hecho,
ella siguió paso a paso el drama de la familia real. Acabó siendo encarcelada
por los revolucionarios junto con la familia real y después de que Luis XVI y
María Antonieta fuesen guillotinados, le procesaron a ella también condenándole
a muerte. No fue posible acusarle de ningún crimen. Fue ejecutada
exclusivamente por odio, por ser la hermana del rey. Ahí se ve el carácter
bestialmente rencoroso de los líderes y también de los secuaces de una
revolución hecha en nombre de la “fraternidad”.
Cada
guillotinado que moría tocaba un redoble de tambor y el pueblo aullaba. Pero su
muerte produjo una impresión tal que no osaron tocar el tambor. Quedaron todos
parados, no se oyó ni el grito “viva la república”. Un silencio impresionante
planeaba sobre la multitud estupefacta, y fluctuó, como sucede a veces en la
muerte de los santos, un penetrante perfume de rosa sobre toda la plaza de la
Revolución.