CORREDENTORA
– 27/03/2026
En
cierto sentido, se puede decir que la virtud es la nobleza del alma. Es decir,
ser noble en el orden espiritual es ser virtuoso, es vivir en estado de gracia.
De tal manera que, en un alma en esas condiciones, el propio Jesucristo Nuestro
Señor hace su morada.
Así
como la nobleza terrena tiene grados, que van en orden ascendente desde el
barón hasta el duque o el príncipe, así también vivir en la gracia de Dios
tiene grados. Y, entre todas las criaturas, Aquella que alcanzó el ápice de esa
escala ascensional de virtudes y de gracias fue María Santísima. No tratamos,
pues, en este artículo de la nobleza terrena de Nuestra Señora, también
verdadera e importante, puesto que pertenecía a la Casa real de David, sino
tan sólo de su nobleza espiritual.
Un
elemento para que valoremos la nobleza de alma de Nuestra Señora es considerar
que en todo matrimonio bien constituido debe haber una cierta proporción entre
esposo y esposa. En caso contrario se está en presencia de un casamiento
desigual.
Ahora
bien, la Señora de todos los Pueblos es la Esposa del Divino Espíritu Santo. Hija, Madre y
Esposa del propio Dios, Ella concibió a la Segunda Persona de la Santísima
Trinidad en su claustro virginal, que permaneció virginal antes, durante y
después del parto, por obra del Espíritu Santo. Es, por lo tanto, aquella
criatura por excelencia, única e incomparable, que por la gracia tuvo cierta
proporción para ese desposorio con la perfección infinita.
La
auténtica nobleza de alma comporta dos importantes trazos, que se manifiestan
en el valor y en el desprendimiento. En el alma santísima de la Señora
ambas características resplandecieron de modo incomparable.
Nuestro
Señor Jesucristo vivió treinta años con su Madre amantísima y algo menos con el
castísimo San José. Éste le servía admirablemente de padre. Nuestro Divino
Redentor consagró tres años a su actuación pública, al cabo de los cuales
Nuestra Señora, que tenía un perfecto conocimiento de las Escrituras, sabía que
Él habría de morir crucificado.
También
a lo largo de esos tres años, Nuestra Señora acompañó paso a paso, personalmente o en espíritu, a su Divino Hijo.
Después
del fallecimiento de San José, Ella vio que la gloria de su Hijo maravillaba y
encantaba a las multitudes, en el primer año de su apostolado con los judíos.
Esto, muy naturalmente, le causaba gran alegría, aún más por ser Dios que por
el hecho de ser su Hijo.
En
el segundo año, Ella comenzó a notar los odios y las intrigas articuladas
contra Nuestro Señor por los sacerdotes del Templo, escribas y fariseos. Y
comprendió bien que, en medio de toda aquella conspiración, se preparaba el
momento en que una tempestad habría de desatarse sobre su Divino Hijo,
llevándolo a la muerte.
María
Santísima, con total desprendimiento, consideraba la aproximación de la hora en
que Ella debería, una vez más, renunciar al mayor tesoro que jamás fue dado a
una criatura poseer: el propio Hombre Dios.
Ella
concordó plenamente con que su Hijo cumpliese hasta el fin su misión siendo
muerto como víctima expiatoria por los pecados de los hombres. Y adorándolo
como nadie, lo entregó en las manos de la justicia divina con valor y
desprendimiento.
El
Padre Eterno quiso el consentimiento de Ella para que su Hijo muriese. Tuvo
conocimiento de todos los hombres que habrían de salvarse por los méritos de la
Sangre infinitamente preciosa de Nuestro Señor Jesucristo, hasta el fin del
mundo, y de la gloria que así era dada a Dios. Por eso Ella consintió.
Y
es precisamente en esa entrega del tesoro más precioso al Padre Eterno que se
venera uno de los trazos más sobresalientes de la nobleza por excelencia de
Nuestra Señora.
Con ese acto de generosidad, se dispuso Ella a aceptar un diluvio de dolores, sufridos en unión con los de su Divino Hijo. Y por eso Nuestra Señora es realmente la Corredentora del género humano. He ahí la nobleza perfecta: el valor, el desprendimiento completo, seguidos de la gloria perfecta, de Aquella que es la “honra, gloria y alegría” del mundo entero.
En la foto la imagen de la Dolorosa durante la lacrimación milagrosa en la iglesia de San Juan Bautista de la venezolana ciudad de Carache el 1 de abril de 2009.