CAMPESINA – 04/06/2026
Una joven
campesina de Castilla considera, solícita y enternecida, el hijo que tiene en
los brazos. Se nota en ella una cierta rusticidad, propia de los campesinos.
Pero una rusticidad en la cual es como que imperceptible la tal o cual aspereza
que el concepto de “rústico” contiene.
Al contrario,
la vida del campo concentró en esa joven sus mejores efectos. Su semblante, su
porte, expresan una vigorosa plenitud de salud de cuerpo y de alma. Pero una
plenitud a la cual siglos enteros de tradición cristiana imprimieron su cuño
propio.
En esa
campesina, que no piso la universidad, hay una intensidad de vida de espíritu,
una lógica, una templanza, una armoniosa sujeción de la materia al espíritu, y
al mismo tiempo un frescor y una delicadeza que sólo pueden resultar de mucha
fe y mucha pureza. Los trazos fisonómicos muy nítidos, son enérgicos. Las cejas
fuertes, y de trazado muy definido, sirven de moldura a una mirada penetrante y
precisa. Pero hay en el rostro una serenidad, una inocencia, que el tocado
blanquísimo parece acentuar con una nota de lozanía especial.
Se trata de una
simple hija del pueblo. Pero de un gran pueblo, profundamente católico. Hay en
él tesoros de todo orden, étnicos, históricos, morales, sociales, religiosos,
que hacen de esta humilde y altiva hija de Castilla un modelo digno de
despertar el talento de un gran pintor. Todos estos tesoros están vueltos hacia
la maternidad.
Es evidente el
cariño delicadísimo con que contempla a su hijo, la conciencia que tiene de su
función protectora, la dedicación con que está volcada en todas sus aptitudes,
en toda su capacidad de afecto, afecto profundo, serio, sin molicie, dígase de
paso, en pro del hijo que Dios le dio.
Feliz criatura
en cuyo favor la Providencia dispuso maravillas de la naturaleza y de la
gracia, en el desvelo de una madre pura y llena de fe.
Piedad, virtud,
delicadeza temperante y fuerte, en suma, civilización católica donde la
sociedad es concebida como familia de familias.