TRADICIÓN – 30/07/2026
La tradición
tiene un papel de tal manera importante que sólo una palabra podría precederla.
Es la palabra religión. La tradición es un valor muy alto del espíritu y merece
preceder a los conceptos de familia y de propiedad. De hecho, la tradición hoy
defiende los propios presupuestos de la civilización y particularmente de la
civilización perfecta que es la cristiana. Basta considerar las décadas
posteriores a la Segunda Guerra Mundial. Innumerables cambios han tenido lugar
en este período en el pensar, sentir, vivir y actuar de los hombres.
Considerados estos cambios en su conjunto, sin tener en cuenta las excepciones,
es innegable que se dirigen a una situación de violenta oposición con todas las
tradiciones espirituales y culturales que recibimos. Estas tradiciones siguen
aún vivas, pero continuamente alguna modificación las debilita. Por supuesto
que, si nadie se levantase en su defensa, a la larga perecerían.
La extinción de
estas tradiciones supone el mayor naufragio de la historia. Las mejores
tradiciones están siendo erosionadas por distorsiones sofísticas de algunos
conceptos, por otra parte, de gran valor.
Por ejemplo, la
simplicidad. Simples serían aquellos que prefieren las cosas que no requieren
mucho gusto, ni mucho esfuerzo. Sin pretensiones sería la persona que siente
bienestar en ser vulgar. La “simplicidad” va invadiendo cada vez más las
costumbres de los jóvenes y adultos. Las reglas de cortesía y de trato, el modo
de organizar una casa, de recibir, de vestirse, de hablar, van siendo cada vez
más “simples”. Decoro, brillo, calidad, clase, prestigio, son valores de
espíritu cada día menos aceptados. Ahora, ellos contienen muchos elementos de
lo que la tradición nos ha legado de más precioso. Con esto, la vida se va
volviendo descolorida, los estímulos nobles se marchitan, los horizontes se
acortan y la vulgaridad invade todo.
Otro ejemplo es
la “espontaneidad”, que llevaría a evitar todo tipo de esfuerzo, el de pensar,
de querer, de refrenarse. Inducirían a dar rienda suelta a la sensación, a la
fantasía, a la extravagancia, de todas las maneras posibles. La televisión, que
excita, va matando así al libro, que invita a la reflexión, las ideas se van
empobreciendo y con ello el vocabulario también. Hablar se reduce en ciertas
ruedas a narrar con vocablos básicos algunos hechos elementales. Divertirse es
saltar y dar gritos sin sentido. Y reír. Reír mucho, pero sin mucha razón para
reír. Está claro que, en materia sexual, incluso más que en otras, cualquier contención
es rechazada. La moral sexual de algunas personas consiste en legitimar todos
los excesos para evitar complejos. La historia de todos los “progresos”
últimamente ha sido la siguiente: una minoría lanza una extravagancia loca, la
mayoría siente escalofríos y protesta, la minoría insiste, la mayoría se va
acostumbrando, mientras tanto la minoría prepara un nuevo escándalo, y este
escándalo tendrá el mismo éxito. Así la mayoría va entrando en este nuevo
mundo, fascinada, con piel de gallina, hipnotizada, como el pajarito entra en
la boca de la serpiente. De tanto reducir la cortesía, ella morirá. De tanto
acortar los trajes, desaparecerán. De tanto callar sobre los valores
fundamentales de la cultura y del espíritu ellos desertarán la Tierra.