TALLEYRAND –
09/09/2026
Monsieur de
Talleyrand, el célebre diplomático francés, decía que quien no vivió antes de
1789, o sea, antes de la Revolución Francesa, no conoció la dulzura de vivir.
En efecto, numerosos testimonios históricos muestran que a fines del siglo
XVIII en Francia reinaban la gentileza, la cortesía y la dulzura de vivir.
Para el hombre
contemporáneo, sumergido en el hedonismo y casi incapaz de experimentar las
auténticas alegrías espirituales, la expresión douceur de vivre tiene un
significado puramente material y no se reduce más que a esta satisfacción
amarga nacida del consumo y del disfrute de los bienes meramente sensuales.
Douceur de
vivre, en la expresión
de Talleyrand, tiene, por el contrario, un sentido más profundo y sutil. Puede
ser comprendida como una brisa ligera que fluctuaba, desde los lejanos tiempos
de la Edad Media, sobre todo el cuerpo social. Los orígenes de esta dulzura de
vivir se remontan a la civilización cristiana medieval y está relacionada con
la concepción cristiana de la existencia, que une inseparablemente la felicidad
del hombre a la gloria de Dios.
La doctrina
católica y la experiencia de cada día nos enseñan cuán dramática es la vida
humana. Sin embargo, el esfuerzo, el sufrimiento, el sacrificio, la lucha
pueden dar una alegría interior que lleva a esparcir dulzura en este valle de
lágrimas que es nuestra existencia. Fuera de la cruz, no hay felicidad ni
dulzura posibles, sino solamente la búsqueda de un placer ciego que, por
desordenado, lleva a la amargura y a la desesperación.
Se puede decir
de la alegría lo que San Bernardo decía de la gloria, que es como la sombra: si
la perseguimos, huye, si huimos de ella, nos persigue. No existe verdadera
gloria sino en Nuestro Señor Jesucristo, es decir, a la sombra de su Cruz.
Cuanto más mortificado es el hombre, más alegre es. Cuanto más busca los
placeres, más triste es. Por esta razón a lo largo de los siglos de apogeo de
la civilización cristiana, el hombre era feliz. Basta pensar en la Edad Media.
Hoy, cuanto más se descatoliza, más triste se vuelve.
En cada
generación estos cambios se acentúan. El hombre del siglo XIX, por ejemplo, ya
no tenía la alegría de vivir del hombre del siglo XVIII. Sin embargo, ¡Cuánto
más rico en paz y bienestar interior era que el hombre de hoy! Este estado de
espíritu se conservó en diversas medidas en los pueblos europeos, hasta la
Primera Guerra Mundial.