NOBLEZA

 

NOBLEZA – 11/05/2926

La función más importante de la nobleza era participar en el poder del rey. Los nobles ejercían en menor medida, en el lugar donde poseían sus tierras, una misión parecida con la del rey en su reino. Los grandes nobles eran consejeros del monarca. Cuando éste lo juzgase necesario, tenía el derecho de exigir su comparecencia en la capital del reino para la reunión del Consejo. Allí ellos estaban obligados en conciencia a dar honestamente su opinión sobre los asuntos que el rey les consultaba. También debía atender los llamamientos del soberano a la guerra. El monarca convocaba los grandes nobles, éstos movilizaban a los medianos, los cuales, a su vez, llamaban a los menores. En la guerra el gran noble tenía la obligación de arriesgarse más y esforzarse más que un noble mediano o pequeño. Dentro de la nobleza las funciones variaban según el caso concreto de cada uno. Los grandes participaban en amplia medida del poder real representando al rey no sólo ante el pueblo de su feudo sino también junto a los nobles intermedios, así sucesivamente hasta el más bajo escalón de la nobleza. El noble que era señor de un pequeño feudo, naturalmente participaba en grado menor del poder real. En Francia los grandes nobles eran los duques y los pares del reino. El soberano solía considerarlos como los florones de su corona y los trataba como “primos”, aunque no fuesen sus parientes. Esto indicaba una relación íntima y bondadosa del rey con la cúpula de la nobleza de su país. Este modo bondadoso de concebir el poder y la realeza se daba en todas las naciones europeas. Con símbolos y maneras diversas, expresaban el mismo estado de espíritu, eminentemente católico. Lo que distinguía más a la nobleza no era el hecho de tener posesiones, poder, un bello nombre o una historia. Lo propio del noble era representar un cierto tipo humano, tener un cierto modo excelente de hacer las cosas. Ante todo, era un cierto género de valentía. La nobleza, siendo por excelencia la clase militar, debía vivir para el combate, para el riesgo, para la aventura. La verdadera aventura no es el lance inoportuno, estúpido, irreflexivo, sino el riesgo calculado, grave, que tiene más posibilidades de ser infructuoso, pero al cual el noble acudía porque estaba en peligro el bien para el cual vivía. Este bien era una vida de inmolación por algo de inmensamente mayor que él mismo, algo que admiraba y de cuya grandeza participaba por admiración, porque la nobleza vivía para la fe, y viviendo para la fe vivía para la Iglesia, para el bien común de la sociedad. Lo que hace comprender el perfil moral del noble es lanzarse e ir hasta el fin, hasta lo inimaginable. Era un género de gente para la cual el riesgo extremo, el sufrimiento desgarrador, aquello de lo que todos huyen, era algo que se podía y debía enfrentar, con tal de que hubiera una razón de virtud, de honra y sobre todo de fe. Esa tendencia continua para lo más alto caracterizaba, en la sociedad espiritual, a los religiosos y a los sacerdotes, por eso ellos eran la sal de la tierra y la luz del mundo. En el orden temporal católico esa tendencia caracteriza al noble, que en ella tiene la misma posición del sacerdote y del religioso en el orden espiritual. En épocas pasadas, los nobles no primogénitos, hidalgos generalmente sin títulos, tenían buenos modales, eran elegantes, sabían conversar, se presentaban con una compostura digna, pero sobre todo consideraban que el sentido de su vida era correr riesgos, incluso el de la propia vida, por la causa de la Iglesia, de la cristiandad y del rey, y de hacerse independientes de su mayorazgo, para formar una nueva rama de la familia, con patrimonio y título propios, concedidos por el rey como premio. Era una nueva rama que florecía, que se abría en el viejo tronco familiar. En cualquier país donde exista, la nobleza debe crear una atmósfera para el florecimiento de tipos humanos así. En el cuadro, Don Juan de Austria retratado por Alonso Sánchez Coello.