LENOTRE

 

LENOTRE – 27/05/2026

El historiador Gosselin, que escribía bajo el seudónimo de Lenotre, fue el que escribió con más sabor sobre la Revolución Francesa. Iba buscando hechos en los archivos montando narraciones históricas con tanto talento literario, ya fuese en la exposición oral o escrita, que entró en el círculo literario más importante del mundo, que era la Academia Francesa de Letras, como literato, a pesar de ser un historiador, lo cual es una gloria especial recibir la más alta condecoración por lo que uno es de secundario.

Era un hombre de fortuna media, de familia burguesa un tanto antigua. Una situación social potable, pero que no le daba acceso a los círculos de la alta nobleza y de las altas finanzas, que llevaban una vida mucho más brillante que la suya. No obstante, era invitado por todas partes y los asistentes quedaban a la expectativa de cuando se decidía a contar un episodio, todos estaban pendientes de sus labios. Como era un poco refunfuñón, regordete, dotado de excelente apetito, una prueba más de su inteligencia, a veces se ponían de acuerdo para que una anciana marquesa o una graciosa joven le pidiese contar algo y entonces era lo mejor. Mejor que el champagne o el caviar era el momento en que él narraba un cuento. 

En el encantador libro titulado Gente de la antigua Francia, publicado en 1918, hace respirar los perfumes de la vida de antaño. Contaba que hay pocas casas burguesas donde no se conserve algún retrato de la tatarabuela, medio urbana, medio rural, mostrando un bello rostro desvanecido, un poco rojizo, pero llena de salud, calma y satisfacción.

La buena señora ha hecho su “toilette” para posar delante del retratista que está de paso por el lugar, preocupada de presentarse en sus más bellas galas a las miradas respetuosas de su posteridad: tres rizos de los cabellos cuelgan sobre cada una de sus mejillas, el más magnifico sombrero de su ajuar corona su cabeza de una aureola de bello encaje, un chal bordado está suspendido sobre sus hombros, y sus dos manos cruzadas sobre el pecho exhiben en sus dedos los anillos de la familia.

Se levantaba por las mañanas al alba, atenta a todo, iba de la huerta al establo, y de la cocina al gallinero, sobresalía en sus mermeladas y presidía la colada, reinaba sobre el huerto perfumado del persistente aroma de las manzanas y sobre el armario de la ropa olía a frescas lavandas y vetiveres.

En el campo, se encargaba de las gavillas almacenadas en el granero, se ocupaba de la siembra y recibía los alquileres, conocía admirables recetas y si algún visitante la sorprendía en su cocina, con los brazos enharinados, batiendo la masa para una tarta, ella no tenía ningún desagrado, conversaba sin dejar su tarea. Se comía bien en su casa, lo que no tenía lugar más que en los aniversarios solemnes, los bautizos y las primeras comuniones.

Jamás se le encontraba ociosa, estando persuadida de que todas las horas del día son apenas suficientes para el buen gobierno del hogar. Y si hubiera visto lo que es una jornada de sus nietas de hoy, carreras por las tiendas, tés, visitas, eventos, prisa, inquietud, chismes, deseo insensato de estar en todos los lugares donde van las otras, de ver las mismas cosas, de quedarse en su casa lo menos posible, o de leer con alegría suprema su nombre en las gacetas mundanas, se desmayaría de incomprensión, espanto y fatiga.