JERARQUÍA – 12/05/2026
Todos los
hombres son en un sentido iguales y en otro desiguales. Gran parte de la
revolución cultural en curso gira en torno a la división jerarquía e igualdad.
Dada la profundidad de esta división, es crucial que entendamos claramente por
qué la jerarquía y la desigualdad son buenas.
Todos los
hombres son iguales porque son criaturas de Dios, dotados de cuerpo y alma,
redimidos por Jesucristo. Por lo tanto, por la dignidad común de todos, tienen
el mismo derecho a todo lo que es propio de la condición humana: la vida,
salud, trabajo, religión, familia, desarrollo intelectual y así sucesivamente.
Una
organización cristiana justa económica y socialmente se basa por lo tanto en
una característica fundamental de la verdadera igualdad. Pero, además de esa
igualdad fundamental, hay desigualdades accidentales entre los hombres puestas
por Dios: de virtud, de inteligencia, de salud, de capacidad de trabajo y
muchas otras.
Cualquier
estructura económica y social orgánica y viva tiene que estar en armonía con el
orden natural de las cosas. No a la igualdad, sí a la complementariedad. Esta
desigualdad natural, por lo tanto, debe reflejarse en que siempre que tengan lo
que es justo y merecido, los bien dotados por la naturaleza puedan, por su
trabajo honesto y su economía, adquirir más. La desigualdad de la madre y el
hijo es accidental. La igualdad y la desigualdad así se compensan y
complementan mutuamente, en el desempeño de diversas y armónicas funciones en
el ordenamiento de una sociedad justa y cristiana. Esta norma constituye, por
otra parte, una de las características más admirables del orden universal.
Todas las criaturas de Dios tienen lo que les corresponde de acuerdo con su
propia naturaleza y en esto son tratados de acuerdo con la misma norma. Pero,
más allá de esto, el Señor da muchísimo a algunos, mucho a otros, y a otros
sólo lo que es adecuado. Estas desigualdades forman una inmensa jerarquía, en
la que cada grado es como una nota musical que forma parte de una inmensa
sinfonía que canta la gloria divina. Una sociedad y una economía totalmente
igualitarias, por lo tanto, son antinaturales. Desde esta perspectiva, las
desigualdades representan una condición de buen orden general, por lo que
redundará en beneficio de todo el cuerpo social, es decir, de los grandes, así
como de los pequeños. Esta escala jerárquica está en los planes de la
Providencia como un medio para promover el progreso espiritual y material de la
humanidad por el incentivo dado a los mejores y más capaces.
El
igualitarismo trae consigo la masificación, la inercia, el estancamiento y, por
tanto, la decadencia, porque todo cuanto está vivo, si no prospera, se
deteriora y muere.