GREGORIO VII

 

GREGORIO VII – 26/05/2026

Dictatus Papae, Dictado del Papa, es un documento en el que se enumeran las tesis que sustentaba San Gregorio VII. Es la afirmación de la monarquía pontificia y universal en materia espiritual, de una monarquía suprema, sin perjuicio de las monarquías subordinadas, que se deberían extender por toda la cristiandad.

El Papa no pretendía gobernar el Imperio, pero reivindicaba el derecho de ejercer una influencia decisiva. Ese documento ve en el Sacro Imperio la “espada” del Sumo Pontífice, dispuesto a proteger la santa Iglesia católica, defender la fe y a combatir a sus enemigos.

Por una parte, el poder temporal debe gobernar de modo independiente según el derecho natural. Por otra, el Papado debe vigilar que esto sea así efectivamente. En ese sentido los dos poderes son diversos e independientes.

También afirma que si se nos preguntase cuál es el poder más elevado y eminente en la Tierra la respuesta es clara y está representada en el arte de la época: en lo más alto el Papa, a su derecha y en un plano inferior, el emperador y bajo éste todos los reyes y potentados de la Tierra. Bajo el Papa, representando el orden espiritual, el clero católico. Y todo dependiendo de un solo monarca supremo que era el Pontífice.

El episodio más bello de la historia del papado fue durante la Edad Media, con Enrique IV, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, que era un hereje, estaba a favor de los errores de los mahometanos, en secreto. ¡Era un monstruo! Y defendía que los emperadores del Sacro Imperio tenían derecho a gobernar sobre los Papas. ¡Era una locura!

San Gregorio VII emitió una encíclica diciendo que ¡No! Al contrario, el Papa tiene derecho a mandar al Emperador en muchos asuntos. ¡Cuando se trata de religión, es el Papa quien ordena al Emperador! El Emperador está obligado a obedecerle.

Enrique IV se rebeló, declaró que no lo aceptaba, etcétera. El Papa, a pesar de que el Emperador era el más alto potentado de la Tierra, le lanzó la excomunión. Él dijo: Eso no me afecta, voy a seguir así. Pero acabo viendo que un emperador excomulgado pierde su imperio. Y todos los que le debían obediencia empezaron a no obedecerle. No se rebelaron, no lo echaron de su palacio, no lo agredieron, no lo atacaron. Simplemente, todo se vació a su alrededor. Al final, incluso los sirvientes del palacio imperial huyeron, porque no querían entrar en contacto con este verdadero leproso de alma, que estaba excomulgado.

¡Se dio cuenta de que había perdido el imperio con una sola excomunión! Así que, en pleno invierno, atravesó los Alpes en trineo con un séquito y fue a reunirse con el Papa, que estaba en el castillo de Canossa al norte de Italia. Ese castillo todavía existe y darían ganas de traerse un trocito de piedra de él.

Cuando llegó a Canossa avisó al Papa que el Emperador estaba allí. El Papa mandó decirle que no podía entrar. Así que se quedó tres días y tres noches arrodillado en medio de la nieve ante la puerta del castillo para pedir perdón.

El Papa no quería perdonarle porque no creía en su arrepentimiento, pero por culpa del séquito pontificio, al final le dejó entrar. Así que pidió perdón, el Papa levantó la excomunión, y el valor del papado sobre el Sacro Imperio quedó plenamente demostrado.

En el dibujo de Rouargue, Enrique IV pidiendo perdón al Papa.