AUXILIADORA – 25/05/2026
Napoleón, que
sólo respetaba leyes y tradiciones cuando le convenía, detestaba al Papa Pío
VII por haberse negado a declarar inválido el matrimonio de su hermano menor,
Jerónimo Bonaparte, legítimamente casado con una protestante, hija de unos
comerciantes norteamericanos.
Sin molestarse
en buscar un pretexto plausible, mandó a un general ocupar Roma en su nombre,
declarando que, siendo emperador de Roma, exigía la restitución del Estado
eclesiástico, donación de Carlomagno, y declaraba finalizado el Imperio de los
Papas. Pío VII protestó contra esta arbitrariedad inaudita, y en la noche del
10 de junio de 1809, aparecía fijada en la puerta de la basílica de San Pedro
la bula de excomunión contra el usurpador del trono de Francia.
En esa misma
noche, a las 2 de la madrugada, el general Radet forzó el palacio del Quirinal,
donde encontró al Sumo Pontífice, revestido con todos sus ornamentos, sentado
en uno de los inmensos salones del palacio abandonado.
El anciano
representante de Cristo fue conducido en carruaje camino de Francia. A medida
que la noticia del paso del Santo Padre se difundía las poblaciones acudían a
lanzarse a sus pies y el Papa por la ventanilla les bendecía.
Varios años
llevaba en prisión el Vicario de Cristo y no se veían esperanzas de obtener la
libertad ya que el emperador era el más poderoso gobernante de la época. Pío
VII hizo entonces una promesa a la Madre de Dios consistente en que si le
libraba de esa indigna prisión le honraría decretando una nueva fiesta en su
honor. Muy pronto vino lo inesperado. Napoleón que había dicho “las
excomuniones del Papa no son capaces de quitar el fusil de las manos de mis
soldados” vio con perplejidad como, en los friísimos campos de Rusia que había
ido a conquistar, el frío helaba las manos de sus soldados, y el fusil se les
iba cayendo de las manos. Él que había ido orgulloso con su famoso ejército,
volvió humillado con pocos y maltrechos hombres. Al volver encontró a sus
adversarios esperándole con un poderoso ejército, el cual le atacó derrotándole
completamente. Poco tiempo después tuvo que firmar su abdicación en el mismo
castillo en que mantuvo prisionero al Papa.
El 24 de mayo
de 1814 Pío VII regresó triunfante a la ciudad de Roma, como muestra el
grabado, atribuyendo la victoria de la Iglesia sobre las fuerzas de la
Revolución a la poderosa intercesión de María Auxiliadora y decretó ese día su
fiesta en acción de gracias por su liberación.
La idea de
auxilio evoca la idea de necesidad, pues sólo pide auxilio aquel que está en
situación de necesidad. Sólo es auxiliadora aquella que tiene como trazo
característico de su personalidad el hecho de ser auxiliadora. Ella es por
excelencia auxiliadora, que auxilia a todos, de todos los modos, en todas las
circunstancias y en todos los lugares. Para eso, está dotada de una riqueza que
es fabulosa, y de una bondad aún más extraordinaria. De manera que jamás se
cansa de dar, de perdonar y después de haber perdonado mucho, aún tiene para
aquel que le ofendió una sonrisa de piedad, cuando él le invoca y pide
misericordia. Es una
especie de polea que conduce hasta el Cielo, mediante la cual la Señora va
subiéndole al paraíso celestial. Es necesario, simplemente, que la persona
quiera agarrarse a la cuerda que fue lanzada por la Auxiliadora de los
Cristianos.