ASCENSIÓN – 14/05/2026
Si una persona
asistiese a la Crucifixión de Nuestro Señor Jesucristo y viese todo lo que
pasó, si tuviese fe y supiese que después vendría la Resurrección y la
Ascensión al Cielo, podría preguntarse: ¿Después de la Ascensión, Nuestro Señor
no volverá nunca más a convivir con los hombres? ¿Hasta el fin del mundo estará
ausente de la Tierra? ¿Eso sería arquitectónico? ¿Es razonable esa ausencia,
una vez que hizo por la humanidad todo lo que realizó?
Cabe pensar que
una vez que Nuestro Señor inmoló su vida de esa forma tan terrible, una vez que
rescató al género humano, una vez que, por la Redención, condescendió en
contraer con los hombres una relación tan especial, una vez que estableció a la
Iglesia como cabeza del Cuerpo Místico, estaría continuamente presente en la
Tierra hasta el fin del mundo. De manera que pasó a ser alma de nuestra propia
alma, el principio motor de toda nuestra vida, en lo que ella tiene de más
noble y elevado, que es la vida sobrenatural, la vida espiritual. Entonces
deberíamos aceptar que subiese a los Cielos, pero que su presencia real en la
Tierra sería sentida.
A la cuestión
de que, por una parte, tanta unión, pero por otra tan completa, prolongada e
irremediable separación, se puede responder que todo clamaba, todo gritaba,
todo suplicaba a Nuestro Señor Jesucristo que no se separase de los hombres.
Y una persona
con sentido arquitectónico debería entrever que Nuestro Señor crearía un medio
de estar siempre en la Tierra, siempre presente junto a cada uno de los hombres
redimidos. De tal modo que se produjese la Ascensión, pero que al mismo tiempo
que estuviese siempre en el Cielo en el trono de gloria que le es debido,
acompañase paso a paso la vida dolorosa de cada hombre aquí en la Tierra.
Siendo así, estaría entre nosotros durante todos los dolores de la vida y hasta
el momento extremo en que el hombre dijese a su vez: Consummatum est.
¿Cómo es que
esa maravilla se realizaría? No podía adivinarse. Pero los hombres deberían
quedar sumamente esperanzados de que semejante maravilla se realizase. De tal
manera está en las más altas conveniencias de la cualidad redentora de Nuestro
Salvador hacer por nosotros esa maravilla, que se debería esperar algo así.
Si uno
asistiese a la Crucifixión y tuviese conocimiento de la Ascensión al Cielo,
aunque no supiese de la existencia de la Eucaristía, comenzaría a buscar a
Jesucristo por la Tierra, porque no conseguiría convencerse de que hubiese
dejado de convivir con los hombres.
Ese convivio
verdaderamente maravilloso se realiza exactamente por medio de la Eucaristía,
aunque en la actualidad con la apostasía general del clero es muy difícil
recibirla. En cualquier lugar de la Tierra, y a cualquier momento, estaría
presente. Estaba presente tanto en las opulentas catedrales como en las
capillas pobres, con toda la gloria del Tabor, con toda la sublimidad del
Gólgota, presente con todo el esplendor de la divinidad adorable.