ANTICONSUMISMO


ANTICONSUMISMO – 04/05/2026

¿Qué viene a ser consumir? La primera idea que viene a la mente es la de comer, lo cual realmente está incluido en el concepto de consumo. Sin embargo, consumir significa también tener en la vida otros placeres. Abarca por lo tanto el conjunto de aquello que apetece a las justas temperancias de la naturaleza humana. En el ámbito del consumo de una ciudad pueden existir bienes que de ninguna manera son necesarios para matar el hambre y que a rigor no son indispensables para vivir, como por ejemplo algunos teatros o galerías de arte. Consumir no es sólo comer. El concepto de consumo incluye, pues, todo aquello que es indispensable para que el hombre pueda vivir, pero incluye también lo conveniente y hasta lo superfluo, que hace la vida agradable. Una madre de familia entra en una tienda y ve una figura de porcelana representando una joven sentada sobre un baúl, juzga que sería agradable tenerla en su casa y la compra: ella consumió. No se comerá esa porcelana, la adquirió sólo para que todos la miren. Sin embargo, es un verdadero consumo.

Según los anticonsumistas aquello que no es indispensable para vivir, nadie lo puede tener. Así, nadie tiene derecho a gastar en helicópteros, en viajes, ni en figuras de porcelana. Quien sea trabajador, aquel a quien Dios dotó con mayor capacidad de trabajo, si da el fruto de su trabajo a los otros, procede bien. Pero si acumula para consumir en beneficio propio o de los suyos, es un gran egoísta. El resultado es que en una sociedad en la cual nadie tiene ventaja en trabajar más que los otros… nadie trabaja más que los otros. Es una sociedad organizada en beneficio de los perezosos, con perjuicio de los trabajadores auténticos en los diversos niveles sociales. En esa sociedad, prácticamente desaparece la abundancia. Voltaire, hombre pérfido, pero que tenía cierto talento, lanzó una frase espirituosa: “Lo superfluo, esa cosa tan indispensable”. Es lo contrario de lo que inculca el anticonsumismo. A fin de que haya estímulo para trabajar, es necesario dar a quien lo hace la debida compensación. Para aprovechar en beneficio de la sociedad a los más productivos, es decir, a los mejores, es necesario que ganen más. Si esto no ocurre, la sociedad se desalienta y resbala hacia un estado de pobreza crónica, perezosa, emoliente, que tiende en último análisis a la barbarie.

Así va naciendo una tesis que si la analizamos con atención se nota enseguida su cuño característicamente socialista. Dado que unos tienen mucho y otros tienen poco, es necesario que los que tienen mucho se queden sólo con lo indispensable para vivir y den todo lo superfluo a los demás.

Según una concepción muy difundida el mundo se divide en dos partes: las naciones ricas y las naciones pobres. Es una dicotomía ilusoria. Frente al anticonsumismo retrógrado, debemos propugnar un consumismo sensato, proporcionado, en que las naciones más ricas, lejos de imponer a las más pobres condiciones de vida casi insustentables, busquen, por el contrario, estimular la producción de esos hermanos pobres, proporcionándoles salarios y niveles de existencia alentadores, que les den el gusto de un consumo sustancioso y agradable, que les estimule a trabajar más.

Hacer de la convivencia mundial una liga en que los pueblos más capaces trabajen inútilmente, sin ventaja propia, en beneficio de los incapaces, perezosos, vagos… es inaceptable. La glorificación de la vagancia es propia del socialismo y del comunismo, no de la civilización cristiana ni de la doctrina católica. Es, sin embargo, hacia donde conduce este anticonsumismo, ocioso, bebedor, enemigo de la civilización, del bienestar y del buen vivir de todos los hombres. El anticonsumismo es la glorificación del ocio y de la indigencia.