DISTINCIÓN – 25/02/2026
El Antiguo
Régimen fue un periodo complejo, en el que ya comenzaba a mostrarse el
neopaganismo, que culminó en el siglo XXI con la crisis actual. Pero aún
conservaban gran vigor muchas tradiciones cristianas de distinción, elevación
de espíritu, armonía de alma. Valores preciosos, que hacían humana la
convivencia social, y que resultaban del hecho de que la civilización se
centraba alrededor de los bienes del alma, más que del cuerpo.
El padre de
familia aún conservaba aquel viejo aire patriarcal, a cuya sombra todos vivían.
Veamos una sabrosa descripción del final del día en una familia rural: “Al
anochecer, durante la cena, toda la familia está reunida. El padre se coloca
como un patriarca al frente de un grupo numeroso. Normalmente eran veintidós
personas las que se sentaban en la mesa, incluido el encargado del arado, los
trabajadores de la viña, el labrador con su auxiliar, además de dos asistentas
de la casa. Toda esta gente se sentaba en una sola mesa: el jefe de familia en
la cabecera junto a la chimenea, la esposa a su lado se encargaba de servir los
platos, las empleadas después del día de trabajo se quedaban sentadas en el
otro extremo de la mesa esperando que les sirviesen, después de los esposos
venían los hijos, en orden de edad, seguidos por los empleados de la finca,
cada cual en un lugar determinado.
Así la cena era
una reunión de toda la familia, incluidos en esta expresión, según las buenas
costumbres, los trabajadores de la casa y el personal de servicio. Durante el
día, la diversidad de ocupaciones no permitía un momento de reunión de todos.
Después de la
cena, el padre hacía leer alguna página de la Sagrada Escritura, dando
explicaciones o haciendo comentarios. A continuación, se hacía una oración en
común y a los pequeños se les tomaba la lección del catecismo. Terminado el
día, todos iban a acostarse en silencio, ya que las risas y las conversaciones
en voz alta estaban prohibidas a esa hora.
En las tardes
lluviosas, siempre más largas, el padre de familia contaba algunas historias,
viejas leyendas de la región o comenta las novedades. Cada cual podía hacer
comentarios en un ambiente habitualmente alegre. Durante el adviento cantaban
conocidas melodías navideñas”.
Otro ejemplo es
el famoso cuadro de Velázquez de la redición de Breda, que muestra como hasta
en la guerra predominaba la cortesía y el trato elevado. El marqués de Spínola,
comandante de las tropas españolas, recibe de las manos de Justino de Nassau
las llaves de la ciudad holandesa, que capitula después de intrépida
resistencia.
A pesar de que
la escena se desarrolla en un ambiente estrictamente bélico el encuentro tiene
una nota de distinción y afabilidad que recuerda una escena de salón. El
vencido se presenta con el sombrero en la mano y entrega las llaves, curvándose
ligeramente. El vencedor, por respeto con el valeroso vencido, está también con
la cabeza descubierta. Detrás de él, los hidalgos de su séquito le imitan. A la
vez que se inclina levemente, contiene el brazo y la reverencia del gentil
hombre flamenco, con su semblante impregnado de simpatía y consideración.
Felicita al adversario por el brillo de la resistencia, amenizando así
caballerescamente lo que la rendición tiene de amargo para el vencido.