RESURRECCIÓN – 06/04/2026
La Resurrección
representa el triunfo externo y definitivo de Nuestro Señor Jesucristo, la
derrota completa de sus adversarios y el argumento máximo de nuestra fe. San
Pablo afirma que, si Cristo no hubiese resucitado, nuestra fe sería vana. Es en
el hecho sobrenatural de la Resurrección que se funda todo el edificio de
nuestras creencias. Cristo, Nuestro Señor, no fue resucitado, resucitó. Lázaro,
fue resucitado. Él estaba muerto. Jesucristo lo llamó de la muerte a la vida.
Al divino Redentor, nadie lo resucitó. Él se resucitó a sí mismo. No tuvo
necesidad de nadie que lo llamase a la vida. Volvió a ella cuando quiso.
Se ha hablado
mucho y se ha sonreído sobre la resistencia de Santo Tomás a admitir la
Resurrección. Quizá haya en esto alguna exageración. Lo cierto es que tenemos
ante nuestros ojos ejemplos de una incredulidad incomparablemente más obstinada
que la del Apóstol. En efecto, Santo Tomás había dicho que necesitaría tocar
con sus manos a Nuestro Señor para creer. Pero, viéndolo, creyó inmediatamente,
sin necesidad de tocarlo. San Agustín ve en esa dificultad inicial del Apóstol
una disposición providencial. El santo doctor de Hipona dice que el mundo
entero quedó suspendido del dedo de Santo Tomás, y que su gran meticulosidad
para aceptar los motivos de creer sirve de garantía a todas las almas timoratas
de todos los siglos sobre la objetividad de la Resurrección, de que no se trató
del fruto de imaginaciones en ebullición.
Todo lo que se
refiere a Nuestro Señor tiene una aplicación por analogía a la Santa Iglesia
Católica. En la historia de la Iglesia vemos con frecuencia que, cuando parecía
irremediablemente perdida y todos los síntomas de una próxima catástrofe
parecían minar su organismo, ocurrieron siempre acontecimientos que la han
mantenido viva contra todas las expectativas de sus adversarios. Es curioso que
a veces son sus propios enemigos quienes la socorren como ocurrió en el
cónclave para elegir a Pío VII realizado bajo la protección de las tropas
rusas, siendo ellas cismáticas, dirigidas por un soberano cismático. En Rusia,
la práctica de la religión católica era impedida, sin embargo, las tropas de
ese país aseguraron en Italia la libre elección de un soberano Pontífice,
precisamente en el momento en que la vacancia de la Sede de Pedro por la
intervención de Napoleón habría acarreado para la Santa Iglesia perjuicios,
humanamente hablando, tal vez irreversibles. Estos son medios maravillosos que
la Providencia utiliza para demostrar que tiene el supremo gobierno de todas
las cosas. Pero no pensemos que la Iglesia debió su salvación a Constantino, a
Carlomagno, a don Juan de Austria o a las tropas rusas. Aún, cuando parece
extinguida, podemos estar seguros de que la Santa Iglesia no morirá.
Y cuanto más
humanamente inexplicable sea la aparente resurrección de la Iglesia, aparente,
acentuamos, porque la muerte de la Iglesia nunca será real, tanto más gloriosa
será la victoria en estos turbios y tristes años que vivimos. Pero confiemos no
en esta o aquella potencia, no en este o aquel hombre, no en esta o aquella
corriente ideológica, para operar la restauración de todas las cosas en el
Reino de Cristo, sino en la Providencia divina que obligará nuevamente a los
mares a abrirse de par en par, moverá montañas y hará estremecer toda la Tierra
si fuese necesario para el cumplimiento de la divina promesa de que las puertas
del infierno no prevalecerán contra Ella.