CIRCUNCISIÓN –
03/01/2026
En medio de las
fiestas del año nuevo, hay un aspecto que va cayendo insensiblemente en el
olvido: es la celebración de la festividad de la Circuncisión del Señor,
representada en el cuadro por Giovanni Bellini. El Niño Dios quiere ya derramar
en su primera infancia, gotas de su sangre en favor de los hombres.
La ceremonia de
la circuncisión fue impuesta por la Ley Antigua a todos los hombres nacidos de
la raza de Israel. Nuestro Señor Jesucristo no estaba sujeto a la ley, ya que,
siendo Dios verdadero, no tenía que someterse a la ley que Él mismo había
hecho. Pero quiso someterse a esta ceremonia porque tenía razones tan
importantes como dar prueba de su amor a la ley, a todo el orden que estableció
en el universo, a toda autoridad por Él constituida. Por esta razón quiso
humillarse y cumplir la ley como un hombre cualquiera para que comprendamos que
debemos amar la ley hecha por Él. También amar todas las leyes justas y
razonables que están de acuerdo con el orden establecido, señalándonos el
camino que debe formar nuestras almas.
Los Diez
Mandamientos, fueron leyes promulgadas por Dios en el Antiguo Testamento,
revelados y dados a Moisés. Son leyes que resultan del orden natural de las
cosas. La naturaleza misma de las cosas ordena al hombre que las obedezca. Dios
ha codificado estos principios, de los cuales es el autor, porque lo es del
propio orden natural. Y lo hizo para enseñar a los hombres a obedecer y a
proceder bien.
El hombre debe
amar y seguir los Mandamientos porque son la manifestación de la voluntad de
Dios, un reflejo del orden del universo y un reflejo de su santidad infinita.
Teniendo en
cuenta que después del pecado original, la inteligencia humana no sería lo
suficientemente clara como para conocer estos principios, que la mente humana
oprimida por las pasiones equivocadas se volvió insegura y no puede conocer ni
practicar adecuadamente estos principios, Dios reveló a Moisés los Diez
Mandamientos.
Debemos amar
los Diez Mandamientos porque fueron revelados por Dios, son órdenes de Dios y,
así como nosotros debemos amar a Dios, adorar a Dios sobre todas las cosas, así
también debemos querer sobre todo hacer su voluntad. El amor a la voluntad suya
es una prolongación, una consecuencia del amor que nosotros debemos tenerle.
Pero ésta no es la única razón. También porque son la expresión del orden
natural y que, por esto, son buenos. Son intrínsecamente sanos. Porque son un
reflejo del propio Dios, un reflejo de su santidad. Si queremos tener una idea
de la santidad increada de Dios, debemos analizar los Diez Mandamientos. Así
podremos comprender cómo es Dios y adorarlo.
