CONSEJO –
01/05/2026
Un día de
fiesta en 1467 estaban muchas personas congregadas en la plaza del pueblo
italiano de Genazano cuando se vio sobre el cielo azul una nube que bajaba
lentamente. Ante el asombro de todos, la nube se detuvo en la pared de una
capilla sin terminar donde apareció una bella pintura de Nuestra Señora con el
Niño Jesús.
Fue entonces
que dos albaneses llegaron buscando la milagrosa pintura, pues cuando la
población albanesa de Escútari estaba a punto de caer en manos de los turcos,
ambos pidieron consejo a la Virgen sobre qué hacer en aquellas circunstancias.
Por la noche vieron, sorprendidos, como la imagen se desprendía de la pared y
elevándose por los cielos se trasladaba lentamente hacia el oeste. Le
siguieron, cruzaron el mar Adriático y llegaron a Genazano. Allí decidieron
quedarse a vivir cerca de donde la Señora se había refugiado.
El Santo Padre
envió a dos obispos para examinar los extraordinarios acontecimientos y como
resultado de las investigaciones quedó convencido de que la pintura era
verdaderamente la de Nuestra Señora del Buen Consejo, venerada durante siglos
en ese pueblo de Albania.
En la imagen
destaca la intimidad con su Hijo. Lo que más conmueve no es tanto la santidad
de Ella, sino la compasión con que esa santidad virginal y regia mira a quien
no es santo, atendiendo con pena, con deseo de ayudar, con una misericordia
cuyo tamaño es el de las otras cualidades, o sea inagotable, pacientísima,
clementísima. Dispuesta a sustentar en cualquier momento de un modo
inimaginable, sin tener nunca un suspiro de cansancio, de extenuación, de
impaciencia. Siempre dispuesta, no sólo a repetirse a sí misma, sino a superase
a sí misma. De manera que hecha tal misericordia y no correspondida, viene una
misericordia aún mayor. Nuestros abismos nos van llevando a las peores
profundidades y cuanto más huimos de Ella, más sus gracias se iluminan y se
prolongan hacia nosotros. Mirándola se puede tener un conocimiento como que
personal de esa misericordia insondable, de esa bondad que envuelve totalmente,
de modo que, incluso si uno quisiese renegar, Ella nos cogería de todos modos y
diría: hijo mío vuelve de nuevo. Cuando se entiende la profundidad de esa
misericordia uno puede quedarse tranquilo para toda la vida, porque sea como
sea y lo que sea, una vez que estamos envueltos por esa misericordia podemos
descansar, porque en el fondo, cualquiera que recurra a Ella, Ella acaba
ayudando, arreglando la situación. Es la misericordia insaciable, multiplicada,
solícita, bondadosa, que toma nuestra dimensión, que se hace hasta menor que
nosotros para auxiliarnos, por pena de nosotros.
En nuestra
época, tan afligida y conturbada, incontables son las almas que precisan de un
buen consejo. Si ampliamos nuestros horizontes más allá de la esfera
individual, y consideramos en una perspectiva histórica el eclipse por el que
pasa la Iglesia, no podremos dejar de ponderar que la humanidad necesita más
nunca un buen consejo de la Señora de todos los Pueblos.
Asistimos al
desfile de todos los errores, farisaicamente disfrazados con piel de oveja,
para solicitar la adhesión de católicos incautos o superficiales. Y, ante esas
maniobras, ¡cuántas concesiones, cuántas falsas prudencias, cuánto criminal
noviazgo con la herejía!
Al pensar con
afecto y aprensión en las muchas almas sin mayores estudios religiosos se
comprende lo necesario que es el buen consejo de la Señora, para vencer la
confusión y permanecer fieles al Camino, la Verdad y la Vida, entre tanto
extravío, tanta mentira y tanta muerte.