MAJESTUOSO
– 04/04/2026
El
cuerpo es de alguna manera el símbolo del alma y las propiedades del alma se
irradian a través del cuerpo. Cuando una persona posee cierto género de
atributos en grado muy alto es posible ver su alma en su físico, o sea, una
realidad que está por encima de la física. Este es el primer paso para utilizar
la cuarta vía de Santo Tomás de Aquino: a través de las apariencias sensibles
percibir algo que de sí no es sensible sino espiritual. No es una cosa física,
por tanto, los ojos no ven, los sentidos no alcanzan, pero transparece a través
de las cosas físicas. El ejemplo más perfecto, adorable en todos los sentidos
de la palabra, es la Santa Faz, estampada milagrosamente en el sudario que se
encuentra en Turín. Se percibe su alma y santidad. Algo de su propia alma está
allí simbolizado. Las buenas imágenes de Nuestro Señor Jesucristo dan la impresión
de una gran sabiduría junto a una gran bondad.
La
frente no es exagerada, sino puesta de manera que revela el mar de su
pensamiento. Aunque no se vea su mirada, por la frente podemos percibir lo que
existe de pensamiento.
La
nariz es la más extraordinaria que se pueda imaginar. Ningún artista osaría
pintar una nariz como la de la Santa Faz. Por ejemplo, la nariz del Apolo de
Belvedere, reputada como la nariz de las narices, es un narigón en comparación
con la suya. La nariz quebrada en la caída rumbo al Calvario no tiene
comparación con nada. ¡Revela una resolución de quien va hasta las últimas
consecuencias!
No
es fácil describir sus labios. Porque quien fuese a pintar labios bonitos,
dibujaría labios al modo clásico. En sus labios se diría que hay un trazo
especialmente expresivo que recuerda el comentario de los discípulos: qualis
est hic, quod venti et mare oboediunt ei?, cuando dio orden de aplacar la
furia de la tempestad, los vientos y los mares le obedecieron.
El
mentón es, a su modo, la parte que más expresa la combatividad. Se podría hacer
un tratado sobre los mentones. La barbilla fuerte da la impresión de un maxilar
poderoso que, a su vez, transmite la idea de una mente articulada. Aquí ese
aspecto es ligeramente disfrazado por la barba, diluido en filamentos de
delicadeza y de bondad.
A
pesar de estar muerto, resulta curioso que, teniendo solo 33 años, comparado
con los hombres de hoy, parece mucho más maduro, aparentando unos 45. Tenía la
edad perfecta, la plena madurez del hombre. Se nota una gran decisión y una
madurez absoluta. Una persona que es plenamente consciente de todo lo que
piensa, que tiene un juicio extremadamente maduro, por un lado, y una voluntad
absolutamente fuerte y decidida por otro. Sabe todo lo que quiere, quiere todo
lo que desea querer. Una idea de un orden absoluto, de la virilidad, de un
dominio absoluto de sí mismo. Una fisonomía que bien observada deja sin saber qué decir.
Es la perfección del orden por excelencia.
Se
ve fácilmente la responsabilidad suprema de su figura y la seguridad en sí
mismo. Recuerda ese episodio del Evangelio cuando los verdugos que iban a
detenerlo le preguntaron si era Jesús Nazareno, a lo que respondió: ¡Yo soy!, y
todos cayeron de bruces. Tal era su majestad y seguridad. Esta respuesta es
como la definición que le dio de sí mismo a Moisés, cuando apareció en una
zarza ardiendo. Moisés preguntó quién era y Él dijo: ¡Yo soy el que es! Si se
dijera que la imagen de la Sábana Santa se define de esa manera estaría
perfectamente definida, porque es una posesión del todo absoluto, una seguridad
del ser a través de la cual uno puede ver que Él es el estándar y la medida de
todas las cosas, que juzga como Rey y como Dios todas las cosas, según Él mismo,
lo cual es fantástico.
Al
mismo tiempo, vemos lo que podría ser divinamente suave y afable en sus ojos,
en el lenguaje y el timbre de voz. Es la coexistencia de todas las virtudes, de
todas las perfecciones, en todos los grados que pueden encajar en la
naturaleza, como un reflejo de la naturaleza divina vinculada a Él por la unión
hipostática.
También
es interesante notar la gravedad de la expresión. Murió víctima de un crimen
atroz, del peor delito de todos, el deicidio producido por el mayor tormento de
la historia. Sorprende
el rechazo y el asco que tiene de lo que le rodea. Se mira a sí mismo, mira al
Padre Eterno y sabe que a sus pies está María Santísima, cor unum et anima
una, corazón y alma unidos. No se ve en esos párpados cerrados el menor
signo de compasión. Da la impresión de que estaban cerrados por el rechazo a
ver el horror del pecado que cometieron los hombres. Se perciben las marcas de
los golpes que recibió, su cabello fino y despeinado, su protesta frente a todo
esto, pero también su dignidad.
Es
como un juez ante sus verdugos, hay una censura, un desacuerdo y una condena a
quienes le mataron, que es algo verdaderamente divino. Como si dijera: “¡Soy la
Ley, soy el Juez y soy la Víctima! Y juzgo a estos tres títulos el crimen que
se cometió contra mí”. Es realmente majestuoso.