CRISIS –
08/01/2026
Las muchas
crisis que conmueven el mundo de hoy, del Estado, de la familia, de la
economía, de la cultura, etcétera, no constituyen sino múltiples aspectos de
una sola crisis fundamental, que tiene como campo de acción al propio hombre.
En otros términos, esas crisis tienen su raíz en los problemas más profundos del
alma, de donde se extienden a todos los aspectos de la personalidad del hombre
contemporáneo y a todas sus actividades.
Esa crisis es
principalmente la del hombre occidental y cristiano, es decir, del europeo y de
sus descendientes, el americano y el australiano. Ella también afecta a los
otros pueblos, en la medida en que a éstos se extiende y en ellos echó raíces
el mundo occidental. En esos pueblos tal crisis se complica con los problemas
propios de las respectivas culturas y civilizaciones y con el choque entre
éstas y los elementos positivos o negativos de la cultura y de la civilización
occidentales.
En el siglo XIV
comienza a observarse, en la Europa cristiana, una transformación de mentalidad
que a lo largo del siglo XV crece cada vez más en nitidez. El apetito de los
placeres terrenos se va transformando en ansia. Las diversiones se van
volviendo más frecuentes y más suntuosas. Los hombres se preocupan cada vez más
con ellas. En los trajes, en las maneras, en el lenguaje, en la literatura y en
el arte el anhelo creciente por una vida llena de deleites de la fantasía y de
los sentidos va produciendo progresivas manifestaciones de sensualidad y
molicie. Hay un paulatino perecimiento de la seriedad y de la austeridad de los
antiguos tiempos. Todo tiende a lo risueño, a lo gracioso, a lo festivo. Los
corazones se desprenden gradualmente del amor al sacrificio, de la verdadera
devoción a la Cruz, y de las aspiraciones de santidad y vida eterna. La
Caballería, otrora una de las más altas expresiones de la austeridad cristiana,
se vuelve amorosa y sentimental, la literatura de amor invade todos los países,
los excesos del lujo y la consecuente avidez de lucros se extienden por todas
las clases sociales.
Tal clima
moral, al penetrar en las esferas intelectuales, produjo claras manifestaciones
de orgullo, como el gusto por las disputas aparatosas y vacías, por las
argucias inconsistentes, por las exhibiciones fatuas de erudición, y lisonjeó
viejas tendencias filosóficas, de las cuales triunfara la Escolástica, y que,
una vez relajado el antiguo celo por la integridad de la Fe, renacían con
nuevos aspectos. El absolutismo de los legistas, que se engalanaban con un
conocimiento vanidoso del Derecho Romano, encontró en príncipes ambiciosos un
eco favorable. E igualmente se fue extinguiendo en grandes y pequeños la fibra
de otrora para contener al poder real en los legítimos límites vigentes en los
días de San Luis de Francia y de San Fernando de Castilla.
