PROLE – 31/08/2026
Cuando la prole
es numerosa, los hijos ven al padre y a la madre como dirigentes de una
colectividad humana importante, tanto por el número de los que la componen como
por los apreciables valores religiosos inherentes a la célula familiar.
Esto cerca a la
autoridad paterna y materna con una aureola de prestigio y al ser los padres un
bien común de todos los hijos, es normal que ninguno de ellos pretenda absorber
todas sus atenciones y afecto instrumentalizándolos para su mero bien individual.
En las familias
numerosas, los celos entre hermanos encuentran un terreno poco propicio,
mientras que, por el contrario, pueden nacer fácilmente en las familias con
pocos hijos. En estas últimas se establece también, en no raras ocasiones, una
tensión entre padres e hijos como consecuencia de lo cual uno de los lados
tiende a vencer al otro y a tiranizarlo.
Los padres, por
ejemplo, pueden abusar de su autoridad evitando la convivencia hogareña para
emplear todo su tiempo disponible en las distracciones de la vida mundana,
dejando a sus hijos relegados a los cuidados mercenarios de niñeras o dispersos
en el caos de tantas guarderías turbulentas y vacías de legítima sensibilidad
afectiva.
También pueden
tiranizarlos, es imposible no mencionarlo, mediante las diversas formas de
violencia familiar, tan crueles y tan frecuentes en nuestra sociedad
descristianizada.
A medida que la
familia es más numerosa se va haciendo más difícil que cualquiera de esas
tiranías domésticas se establezca. Los hijos perciben mejor cuánto pesan a los
padres, tienden a estarles agradecidos, y a ayudarles con reverencia, en su
momento, en el gobierno de los asuntos familiares.
A su vez, el
considerable número de hijos da al ambiente doméstico una animación, una
jovialidad efervescente, una originalidad incesantemente creativa en lo tocante
a los modos de ser, de actuar, de sentir y de analizar la realidad cotidiana de
dentro y de fuera de casa, que hacen de la convivencia familiar una escuela de
sabiduría y experiencia, hecha de la tradición comunicada solícitamente por los
padres, y de la prudente, gradual y respetuosa renovación añadida por los
hijos.
La familia se
constituye así en un pequeño mundo, al mismo tiempo abierto y cerrado a la
influencia del mundo exterior, cuya cohesión proviene de todos los factores
arriba mencionados y reposa principalmente en la formación religiosa y moral
dada por los padres, así como en la convergencia armónica entre las varias
herencias físicas y morales que han contribuido a modelar las personalidades de
los hijos a través de sus progenitores.
Ese pequeño
mundo se diferencia de otros pequeños mundos análogos, es decir, de las demás
familias, por notas características que recuerdan a escala menor las
diferencias entre las regiones de un mismo país o entre los diversos países de
una misma área de civilización.
La familia así
constituida tiene habitualmente un común temperamento, apetencias, tendencias,
aversiones, modos de convivir, de reposar, de trabajar y de resolver problemas.
Las familias numerosas cuentan con máximas de pensamiento y modo de proceder
corroboradas por el ejemplo de lo que hicieron antepasados no raras veces
mitificados por la nostalgia y por el paso del tiempo.