
MISTICISMO – 06/11/2026
Basta que concibamos un orden de realidad más alto del
que estamos, para encender en nosotros un apetito por ese mismo orden. Así es
que en el hombre existe una especie de sed insaciable de algo aún más perfecto,
más alto, más trascendente. Él es capaz de vislumbrar por la inteligencia otros
mundos, otras realidades, otras perfecciones, otros firmamentos, que
normalmente no tiene ante sí.
Esto que la inteligencia o el estudio revelan, lo
sentimos muchas veces cuando nos concentramos delante de ciertos panoramas de
la naturaleza y los contemplamos.
Usando aquí un lenguaje especial, que es defectuoso,
pero que sirve para expresar lo que queremos, podríamos tomar la palabra
misticismo, no en el sentido preciso en que la Iglesia verdadera lo emplea,
sino en el sentido del lenguaje corriente. Llamaríamos entonces misticismo, o
tendencia mística del espíritu, la existencia en el hombre de ese apetito de
algo que está más allá del orden visible y más allá del orden natural.
Este misticismo se manifiesta en las almas de tres
modos principales: el misticismo católico, que es el misticismo por excelencia,
el panteísmo y el satanismo.
En el satanista, el hombre decepcionado y degradado por
los vicios, pero intentando de cualquier manera el contacto con realidades más
vivas e interesantes que las de esta Tierra, entra en contacto con el mundo de
las sombras, del pecado, de la mentira y a veces del fraude.
El misticismo panteísta aparece muy claramente en
Wagner. La foto es de 1871. En sus músicas hay un fondo de orquestación,
combinado con una especie de chorros sonoros que construyen todo un orden de
grandeza y de fuerza, que pasa repentinamente del extremo vigor para la
delicadeza más tierna, más extrema. Inmediatamente viene la alegría, y a
continuación una melancolía pesada. En la base de su música no explora
sentimientos puramente naturales, sino fuerzas existentes, aunque no muy
visibles en la naturaleza.
El misticismo católico, que es el único verdadero, sacia completamente nuestra alma, porque nos proporciona, respecto de la otra vida, por medio de la Revelación, enseñanzas que satisfacen completamente a nuestro espíritu. Nos presenta además de eso un cuadro de nuestro destino, de nuestra finalidad última, que también es enteramente hecho para la naturaleza humana. Nos sugiere una idea de la santidad, de la perfección, una idea de todas las realidades totalmente satisfactorias para nosotros.
Pero, hay algo
más importante. Todas esas realidades trascendentes, que en otros sistemas
amenazan quedar un poco en el terreno de lo vago, de lo impalpable, en la
doctrina católica se personifican. Todo lo que el hombre puede imaginar de un
orden trascendente más bello, superior, más extraordinario, más perfecto, en la
doctrina católica, diríamos que trasluce en la persona adorable de Nuestro
Señor Jesucristo, verdadero Dios y verdadero Hombre, en quien todas las
perfecciones imaginables residen por excelencia y en cuya figura humana tenemos
como que una especie de conducto sensible para percibir las perfecciones y
maravillas que de ningún otro modo el hombre podría percibir.
Además de Jesucristo, tenemos la Iglesia Católica, su
Esposa Mística, hoy eclipsada por la antiglesia. Cualquiera de nosotros habrá
sentido esto cuando, por ejemplo, en un iglesia, construida en estilo
genuinamente católico, se oye en el recinto sagrado el sonido de un bello
órgano: el culto católico, ordenado y sobrio, ahí se desenvuelve en toda su
pompa y esplendor. Sentimos, a nuestro alrededor, el calor de la piedad de
todos los fieles reunidos, que sube a los Cielos. Ese conjunto de cosas
transporta a nuestro espíritu mucho más allá de las realidades terrestres.
Y entonces, como no se trata de mentiras abominables
como el misticismo satánico o errores condenados como el panteísmo, sino la
verdad plena, el hombre que tiene la felicidad de tener fe, se entrega a eso
sin límites. Como una persona sedienta que finalmente llega a la abundancia
plena de todas las aguas, así el fiel católico al contemplar las bellezas
insondables de la Esposa Mística de Cristo: es sólo saciarse, porque aquella es
el agua verdadera que Nuestro Señor habló en el Evangelio.
La Edad Media fue una época eminentemente mística.
Sobre todo, del verdadero misticismo, pero también del misticismo diabólico.
Las explosiones de satanismo, en la época medieval, son mucho más frecuentes y
palpables. Toda la concepción del hombre de aquel tiempo era como que bañada
por la idea de otra vida y de un orden superior al orden natural, que más o
menos dominaba toda su vida y la ordenaba.