MAR – 29/04/2026
Según la
concepción católica del universo, Dios es la causa ejemplar, el Ser
infinitamente bello cuyo reflejo podemos apreciar de mil maneras en los seres
creados y sobre todo en el conjunto jerárquico y armónico de todos ellos. En
cierto sentido, el mejor modo de conocer la belleza infinita e increada de Dios
es analizar la belleza finita y creada del universo.
Consideremos,
por ejemplo, el mar. Uno de los primeros elementos de la grandeza del mar es la
unidad. Los mares de la Tierra se comunican entre sí y constituyen una inmensa
masa de agua que ciñe todo el globo terrestre. En la orilla del mar, en
cualquier punto del mundo, una de las consideraciones más agradables que nos
vienen al espíritu es abarcar con los ojos la masa líquida que se extiende ante
nosotros hasta la línea del horizonte y pensar que esa masa líquida no termina
allí, sino que se adentra más allá, de forma inmensa, constituyendo una gran y
única inmensidad que se mueve, se dilata y se contrae, que se lanza y se mueve
por toda la superficie de la Tierra. Al mismo tiempo que el mar posee esa
unidad espléndida, ¡cuánta variedad nos ofrece! Unas veces el mar se presenta
manso y sereno, pareciendo satisfacer todos los deseos de paz, tranquilidad y
quietud de nuestra alma. Otras veces se mueve discreta y suavemente, formando
pequeñas olas que parecen jugar en su superficie, haciendo sonreír y distender
nuestro espíritu en la consideración de las realidades amenas y apacibles de la
vida. En ocasiones se muestra majestuoso y bravío, irguiéndose en movimientos
sublimes, arremetiendo furiosamente contra las rocas altaneras y dislocando de
sus abismos masas de agua insondables. También llega a la tierra acelerado y
jadeante. Y poco después, camina hacia ella tardío y perezoso, con olas que
mueren lánguidamente en la playa. O entonces, se manifiesta tan completamente
parado, que parece contentarse con ver la tierra sin tocarla. Se presenta tan
limpio que se aprecia la profundidad de sus aguas a través de una gran masa
líquida. Sin embargo, otras, se muestra oscuro, impenetrable, profundo y
misterioso. De repente, su murmullo se asemeja a una envolvente caricia, que
adormece. O bien, no pasa de un ruido de fondo, semejante a la prosa de un
viejo amigo al que ya se le escuchó muchas veces. Pero, tal vez al día
siguiente, nos hablará con el rugido dominador de un rey, que parece imponer su
voluntad a los elementos. Todas estas diversidades del mar no tendrían
concatenación ni encanto si no se presentasen bajo el gran fondo de una
inmensidad fija, invariable y grandiosa. Así, la unidad y la variedad se
manifiestan en una criatura que está al alcance de nuestros ojos y que
constituye una espléndida imagen de la belleza increada y espiritual de Dios,
Nuestro Señor.
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