EGOISMO – 19/06/2026
El hombre
contemporáneo padece de un mal moral que es el cáncer que corroe los frutos más
bellos de nuestra civilización.
La sociedad
actual afirma que funda su organización sobre dos instituciones que son adversarias
irreconciliables del egoísmo: la familia y la propiedad. Ahora bien, el hombre
contemporáneo es profundamente egoísta y, con ello, falsea tanto la familia
como la propiedad. De ahí viene una perturbación profunda en todo el cuerpo
social. Y con esto las puertas quedan abiertas a todos los gérmenes socialistas
y comunistas.
La vida de
familia, en la gran mayoría de los casos, se va volviendo cada vez más
artificial. Para los hijos, sedientos de placer, el yugo de la autoridad
paterna es intolerable. Los padres no son, a sus ojos, más que administradores
de la fortuna familiar, a quienes se debe no sólo pedir, sino exigir el dinero
necesario para los placeres. Por otra parte, la sed de placer minó
profundamente el sentimiento del amor paterno. Los padres evitan el nacimiento
de los hijos, con todo el cuidado con que se evitaría la llegada de un enemigo.
Finalmente, el sentimiento de la fidelidad conyugal, que es un cimiento
indispensable de la familia, combatido por todos los medios que facilita la
tecnología contemporánea presenta una debilidad aterradora. Se proclama que la familia
es la base de la sociedad. Y, precisamente porque esta verdad fundamental es
tan generalmente aceptada, llama la atención la inconsciencia tranquila con que
se ataca esa base y la sorpresa que muchos sienten al comprobar después que el
edificio social empieza a vacilar.
La otra base de
la sociedad es la propiedad. Pero la propiedad debe ser usada sin egoísmo, so
pena de convertirse en fuente de perturbaciones sociales graves. Por otra
parte, hay que subrayar que la supresión de la propiedad no remediaría, sino
sólo agravaría de forma desesperada tales perturbaciones. Sin embargo, vemos
por todas partes que el egoísmo, produciendo un deseo inmoderado de bienes
materiales, perturba profundamente la vida económica. La famosa lucha de clases
no es más que el choque de dos egoísmos ilícitos, el egoísmo de los que son
ricos y quieren conquistar caudales aún mayores, y el egoísmo, tan
absolutamente criminal y más estúpido que el primero, de los que son pobres y
que se quieren enriquecer a costa de saquear la fortuna ajena.
Además, no es
sólo la vida doméstica y la vida económica, sino también la política interna y
la política exterior de la mayor parte de los pueblos, que se resiente de las
perturbaciones causadas por el egoísmo.