ESPLENDOR – 03/08/2026
El Emperador Francisco José recibe al Kaiser Guillermo II
con una comisión de príncipes alemanes en la Sala María Antonieta del Palacio vienés
de Schönbrunn en 1908 con motivo del 60 aniversario de su reinado, retratados
por Franz von Matsch.
A pesar de ser de las dinastías más antiguas de Europa y
ciertamente la más ilustre y sacral, que es la Casa de Austria, resultó
expulsado del mundo alemán, presidiendo apenas la monarquía austrohúngara. Por
tanto, él estaba resentido con el mundo alemán.
Considerando su fisonomía se ve que es sumamente
consciente de que no necesita de adornos ni nada para ser él mismo. Tiene tras
de sí siglos de historia, siglos de gloria, posee un derecho que fue
pisoteado y por esa causa recibe a sus visitantes de un modo serio, afable,
pero no risueño.
La atención se centra en la idea de un gran esplendor. Todo
es luminoso. Es luz natural, una luz como plateada, que se refleja en las
paredes, en el suelo y cuyo reflejo incide en el blanco de la mesa, así como en
el blanco de los penachos de los cascos, refulge en los muebles, en los espejos,
brilla en las condecoraciones,
en los galones, por todas partes lo que vemos es luz y esplendor. La idea es
sublimar todo lo posible el poder público, el Estado, por respeto a la dignidad
de la criatura humana a la cual está llamado a gobernar.
Hay una antítesis entre dos mundos. Del lado del Kaiser y
los príncipes alemanes el esplendor de la fuerza, del poder, de la riqueza. Por
encima de ese esplendor tenemos, brillando aquí solo, el esplendor también de
la fuerza, también del poder, también de la riqueza, pero que considera la
fuerza, el poder y la riqueza valores secundarios, y que da importancia a la
historia, a la tradición y a la sacralidad.
Hoy en día no se ven ya ceremonias públicas que tengan,
ni de lejos, ese esplendor, e incluso los hombres de esta categoría se van haciendo
cada vez más escasos. Hay una decadencia en todo porque nada se hace para
recordar algo más elevado y menos aún para elevar a Dios. Hay un achatamiento,
la invasión de la vulgaridad, por no decir de la indecencia, a fin
de substituir lo maravilloso de otros tiempos.