PALAU – 20/03/2026
En 1835 el carmelita Francisco Palau consiguió salvar la
vida huyendo de su convento en llamas incendiado por los revolucionarios de la
época.
Las misiones populares y los servicios prestados al ejército
carlista le procuraron el título de Misionero Apostólico, no obstante, las
leyes de exclaustración religiosa le hicieron exiliarse en Francia durante 10
años.
A su regreso a Barcelona le encargaron la formación en el
seminario, y en la parroquia de San Agustín fundó la Escuela de la Virtud
para la educación de niños, jóvenes, adultos y con especial atención a
las mujeres. Estas catequesis molestaron a las autoridades anticatólicas que
las consideraron subversivas obligándole a cerrarla y fue desterrado a la isla
de Ibiza. Allí, en el majestuoso islote del Vedrá, vivió un tiempo como
ermitaño el ideal de la soledad y oración, pero la situación de la Iglesia y del
mundo le decidieron a salir de su retiro para combatir
a la Revolución.
Dirigió el semanario El Ermitaño pregonando que el mundo
sufría una gran Revolución de origen diabólico que desembocaría en un imperio
universal, el cual sería derrocado por un nuevo Moisés de la era de la gracia,
instaurando una civilización verdaderamente cristiana. Advirtió sobre la
iniciación en los secretos de la Masonería de muchos soberanos de la Tierra,
del espiritismo como el sacerdocio de dicha secta secreta y de que las
discordias del siglo XIX no eran cuestiones espontáneas, sino que tenían su
raíz en la conspiración de las fuerzas del mal.
Al igual que Daniel, que profetizó la supresión del
sacrificio perenne en el lugar santo en el tiempo de la abominación, anunció la
desaparición pública de la santa misa, que continuaría celebrándose en lugares
escondidos y aislados, tal como sucede en la actualidad ya que con la ruptura
de la sucesión apostólica en el cónclave de 1958 se convocó el conciliábulo de
1962 para transformar la estructura eclesiástica en la antiglesia. Así es que
la abolición de la santa misa y la creación de un nuevo rito próximo a la cena
protestante fue uno de los primeros objetivos.
En el Concilio de 1869 insistió en la
necesidad de que la Iglesia formase una legión de exorcistas para reprimir la
acción del demonio en el mundo, denunció las teorías erróneas y funestísimas de
que ya no hay demonios sobre la Tierra porque Cristo los encerró en el
infierno, que no pueden entrar en los cuerpos humanos ni poseerlos, y que no
hay maleficio, esto es, que un hombre pueda dañar a otro sirviéndose del arte
diabólico.
A pesar de que en Barcelona curó a muchos considerados
locos por medio del exorcismo, las autoridades eclesiásticas le exigieron dejar
esa tarea, lo cual acató, pero nunca entendió.
Algunos años después de su muerte se desató una epidemia
de posesiones demoníacas por toda España con el epicentro en la población
aragonesa de Jaca, a causa de la proliferación de cenáculos espiritistas.