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30/03/2026
No existe en
todo el Antiguo Testamento, principio más íntimamente ligado a nuestras
concepciones sobre la civilización en general, y particularmente sobre la Civilización Cristiana, que el del salmista: “Si el Señor no construye la casa,
en vano trabajan los que la edifican”.
Escribió Pío XI
que la única civilización verdadera, digna de este nombre, es la Civilización Cristiana. Para los que nacimos en la gloria y santidad de los últimos fulgores
de esa civilización, esa verdad es fundamental. A medida que la tragedia de
este inmenso crepúsculo espiritual se va desarrollando ante nuestros ojos
desolados, lentamente se va desmoronando la civilización. No para dar lugar a
otro orden de cosas, menos bueno quizá, pero orden, al fin y al cabo. La
sociedad de acero y cemento que se va construyendo por todas partes es la
sistematización del sumo desorden.
El orden es la
disposición de las cosas según su naturaleza y su fin. Todas las cosas se van
disponiendo gradualmente contra su naturaleza y su fin. Existirá quizá en este
metálico infierno una organización rígida y feroz, como rígida y feroz es la
férrea jerarquía que existe entre los ángeles de la perdición. Durará esta era
de acero hasta que las fuerzas de disgregación se vuelvan tan vehementes, que
ni siquiera toleren ya la organización del mal. Será entonces la explosión
final. No tendremos otro desenlace si continuamos por este camino. Porque para
nosotros bautizados, los medios términos no son posibles. Entre la plenitud
solar de la Civilización Cristiana y el vacío absoluto de la destrucción total,
hay etapas pasajeras, no existen, sin embargo, terrenos donde se pueda
construir nada duradero. O volvemos a la Civilización Cristiana, o acabaremos
por no tener ninguna civilización.
Claro que no
somos fatalistas. Si para el suicida, desde el puente hasta el suelo, existe
todavía la posibilidad de una contrición, ciertamente también existe
posibilidad de arrepentimiento, de enmienda y de resurrección para la
humanidad, en el resto de camino que va desde su estado actual hasta su
aniquilamiento. La Providencia nos acecha en todas las curvas de esta última y
más profunda espiral. Se trata de escuchar con diligencia su voz salvadora.
Esta voz se hace oír, para nosotros, en la múltiple y terrible lección de los
hechos. Todo hoy en día nos habla de disgregación. El castigo divino está
humeando a nuestro alrededor. Estamos en el instante providencial en que,
aprovechando este poco aliento que la paz aún nos da, podemos instruirnos con
el pasado, y considerar la advertencia de este futuro al que nos aproximamos
con terror. “Si hoy oís su voz, no endurezcáis vuestro corazón”. Es este el
consejo de la Escritura. Abramos, pues, de par en par nuestros corazones a la
dura lección de los hechos. Es un deber examinar con frialdad, con realismo,
con objetividad inexorable el mundo actual, sondear una a una sus llagas,
volcar el espíritu en la contemplación de sus desastres y sus dolores. Porque
Dios nos habla por la voz de todas estas pruebas. Ser totalmente optimista
delante de ellas, es cerrar los oídos a la voz de Dios.