
RODRIGUEZ – 31/10/2026
La vida de San Alfonso Rodríguez, fallecido
en 1617, es verdaderamente magnífica. Consiguió hacer un bien inmenso a toda
España desde un puesto humildísimo.
Era el portero de un convento en una
isla que en aquella época tenía difícil comunicación con la península y pasó
allí nada menos que 45 años.
Pues bien, a pesar de estar en aquel
rincón, el buen olor de Jesucristo que en él se respiraba se extendió a toda la
isla de Palma de Mallorca, luego se extendió a Europa y al mundo, con la
venerable figura de este portero viejo, acogedor, afable, siempre al alcance de
la mano de todos en la puerta, consultable por todo el que quisiera, que
convirtió su silla de portero en un trono de sabiduría. Todos iban a oírle,
todos iban a verle.
Es lo magnífico, incluso de una vida
humilde, cuando está toda integrada y empleada al servicio de Dios Nuestro
Señor. ¿Por qué? Porque la santidad, es decir, la sabiduría, tiene un
resplandor propio que no tiene parangón con ninguna otra cosa.
No es tan importante para un santo
estar en un lugar donde todos puedan verlo. Basta con que sea un santo
verdadero y auténtico, con una santidad verdadera y no aparente.
Estaba llamado a contemplar la grandeza
de Dios, infinitamente majestuoso, sabio, trascendente a todo, excelente,
magnífico, grandioso, sublime, radiante, absoluto en toda su esencia,
misterioso, insondable. Cuando uno analiza todo lo que ve acaba descubriendo en
todo una tal insuficiencia, una tal debilidad que, o todo vale porque es
reflejo de Dios, o todo es absolutamente nada.
Si no se creyera en Dios se sentiría
una insipidez, una sensación de vacío.
Pero si se tiene en cuenta que todo es
un velo, nada más que un velo, que detrás está el Ser absoluto, perfecto,
eterno, omnisapiente, sublime, trascendente, entonces por fin se encuentra algo
que es enteramente superior a todos los hombres en lo que pueden posarse los
ojos exhaustos y asombrados. Algo enteramente digno de ser visto, enteramente
digno de ser amado, enteramente digno de una dedicación completa. Es el mismo
Creador perfectísimo. Entonces la vida toma sentido, la existencia es algo. La
grandeza de Dios da el deseo de las cosas infinitas.
Este hombre tenía una gracia especial
para la conversación. Así que la conversación puede ser una gracia y existe un
carisma para la conversación. Conversación bendecida, es exactamente la conversación
en las que interviene esto.
Y si hay un carisma para la
conversación, hay un carisma para la anti conversación, un carisma negativo, un
carisma de abajo, no un carisma de arriba. Por ejemplo, están en un círculo
teniendo una conversación muy buena, de repente llega alguien, se sienta y no
dice nada. La conversación se apaga.
¿A qué se debe? Es la acción de
presencia de una persona que solo piensa en sí misma. Cuando la persona se une
a un círculo con una conversación de altura y está pensando en sí misma, carga
con un resentimiento, con una preocupación, con una ambición, con una cosa
cualquiera, e intenta que la conversación siga la dirección de sus pensamientos
en lugar de seguir el soplo de la gracia. Y aunque diga una palabra cada diez
minutos la conversación se corta.
El carisma de la conversación es una
forma comunicativa de amor a Dios, de amor a la Virgen que desborda de la boca
del que habla.
La conversación puede ser una gracia, y
la conversación que es una gracia generalmente proviene de un carisma, de algo
que la Señora de todos los Pueblos concede para que la convivencia de las almas
sea un medio para su santificación.