JUANA – 01/06/2026
A comienzos del
siglo XV todavía no había reventado la revolución protestante y toda Europa era
católica. No obstante, en el siglo siguiente Inglaterra se volvería
protestante.
En aquel
tiempo, gran parte de Francia estaba ocupada por los ingleses. Por lo tanto, se
encontraba en juego un punto muy importante de la historia de la Iglesia: si
los franceses no consiguiesen expulsar a los ingleses de su territorio, en el
siglo siguiente Francia correría el riesgo de volverse protestante, la hija
primogénita de la Iglesia habría sucumbido a la apostasía protestante.
Previendo eso,
la Providencia suscitó en el poblado de Domrémy, ducado de Lorena, a una joven
pastora, muy piadosa, la cual era estimulada por voces celestiales a
presentarse al rey de Francia, a fin de reconquistar el territorio que los
ingleses habían invadido y restaurar los límites que históricamente le eran
propios.
Para verificar
la autenticidad de su misión providencial, en la sala donde fue recibida el rey
se disfrazó con ropas modestas en medio de un grupo de hidalgos más ricamente
vestidos para ver si le reconocía. Si ella realmente tuviese una misión divina,
sabría distinguirle. Ella entró en la sala e, iluminada por el Cielo, fue
directamente al hidalgo humildemente vestido, que era el propio rey. A partir
de ese momento se convenció y la nombró jefe de sus ejércitos. Una frágil
virgen usando armadura, precedió las tropas en los combates, y los franceses,
que hasta entonces retrocedían ante los ingleses, comenzaron a ganarles
terreno.
Francia estaba
tan venida a menos, que el rey no se había atrevido a ser coronado cuando la
mayor parte de su territorio estaba en manos enemigas. Pero fueron tales las
victorias de Juana que, ya antes de los ingleses ser completamente expulsados,
fue con el rey a Reims para asistir a la coronación en medio de una gloria
indecible.
Antes de
terminar la reconquista, la traición, inmunda como una serpiente, se enroscó en
la doncella. El rey tenía como aliado al duque de Borgoña, cuyo feudo era
riquísimo y ayudaba con mucho dinero en la guerra. Era un hombre sin principios
y en determinado momento de la guerra hizo que Juana de Arco quedase cercada
exclusivamente por sus mesnadas. Entonces dio orden de que le apresasen y la
entregaron a los ingleses. Estos le acusaron de tener un pacto con el demonio
para poder vencer en las batallas.
El 30 de mayo
de 1431 Juana de Arco fue conducida a la antigua plaza del mercado de Ruan y
atada a una estaca rodeada de un montón de leña. De su cuello colgaron un
cartel con las palabras: Hereje, apóstata e idólatra. Es indignante la
injusticia de ese cartel. Era una santa que había cumplido la misión que Dios
le dio de salvar al pueblo francés. Y ahora iba a ser quemada en la hoguera por
orden del arzobispo francés Cauchon, presidente del tribunal.
Justo antes de
morir, pidió una cruz, porque una afirmación hecha en presencia de la cruz es
mucho más grave. Cuando las llamas crecían rápidamente, ya que la madera estaba
empapada de aceite, y aún no habían llegado a las partes vitales de su cuerpo,
gritó con fuerza: “¡Las voces no mintieron! ¡Las voces no mintieron!”. Era la
mayor manifestación de la santidad de su causa. Luchadora hasta el fin, murió
batallando, no dejándose simplemente matar, sino dando un grito que constituía
una protesta, un desafío y una llamada a la resistencia. Los miembros del
tribunal asistieron a la escena, los 600 soldados ingleses haciendo guardia, la
multitud católica mirando. Este testimonio dado en la hora de su muerte es un
acto supremo de heroísmo, más digno que su entrada triunfal en Reims junto al
Rey que sería allí coronado.
Las llamas
consumieron el cuerpo, pero preservaron su corazón. Fue un milagro confirmando
lo que acababa de afirmar minutos antes. Tener corazón no es ser sentimental.
Tener corazón es tener fuerza de alma, gran valor, amor por las cosas elevadas,
amor por la misión sobrenatural que Dios nos dio.
Los ingleses
comprendieron el peligro de mantener ese corazón, así que lo arrojaron al río
Sena junto con sus cenizas. Es la dureza característica de los impíos, lo cual
no debe sorprendernos.
Santa Juana de
Arco quedó como el propio símbolo de la gloria de Francia, un símbolo magnífico
de la gloria de la Iglesia.