BENITO –
21/03/2026
San Benito, el
patriarca de los monjes de Occidente, desde niño correspondió a la gracia
divina, procurando en todos los actos de su vida perfeccionarse y servir
exclusivamente a Dios.
Hijo de padres ilustres,
estos procuraron darle una educación que le hiciese apto para conquistar las
glorias del mundo, y para eso le enviaron a Roma a estudiar en sus grandes
escuelas, pero él no se conformó con su situación, viéndose obligado a vivir en
un ambiente corrompido como era el de esa época en Roma, y resolvió romper
completamente con el mundo huyendo al desierto.
Hoy acostumbra
a suponerse que esos lugares desiertos donde los santos eremitas huían estaban
completamente exentos de tentaciones y por tanto constituía una cobardía su
huida al desierto. Además de la excepcional fuerza de voluntad necesaria a los
eremitas para mantenerse apartados durante largos años de todo contacto con el
mundo, San Benito, con su testimonio de las tentaciones que sufrió, se encarga
de desmentir cabalmente esa afirmación gratuita. Tan grande eran las
tentaciones que sufría en el monte Subíaco donde se retiró que a veces necesitó
echarse en las zarzas de espinas para vencerlas y con esos métodos
extraordinarios consiguió la completa victoria del espíritu sobre la carne.
Nuestro Señor
deseaba, no obstante, que la gloria de su hijo resplandeciese por el mundo, y
que gran número de almas fuesen por él ganadas para su causa. Así es que reveló
su existencia a un santo sacerdote de tal manera que en poco tiempo gran
cantidad de personas deseaban vivir bajo su dirección siendo necesario erigir
doce monasterios, dando inicio de esa manera a la famosa Orden Benedictina.
En el cuadro con dos de sus
discípulos, San Mauro y San Plácido.
Dotado de
espíritu profético y del poder de hacer milagros, hizo un apostolado
incalculable predicando más por el ejemplo de una vida austera e irreprensible.
Sus reliquias se conservan en gran parte en la Abadía de Montecasino.
Casi son
incomprensibles los pretextos inventados por el mundo para esconder sus pecados
y disminuir la gloria de los santos de la Iglesia. Si ésta presenta un santo
que vivió en el mundo, venciendo las tentaciones del mundo, porque tenía gracia
para eso o tenía esa vocación, enseguida el mundo le saca imperfecciones,
diciendo que no tenía coraje de enfrentar la vida retirada. Si la Iglesia
muestra un santo que pasó toda su vida en el desierto o en el retiro de un
convento, el mundo le acusa de incapaz de vivir en el siglo y, por tanto, de
ser débil. En ambos casos se es héroe, ya que uno y otro deben vencerse a sí
mismos y las dificultades que tienen que superar son igualmente enormes dentro
o fuera del mundo. Es el mundo el que se quiere justificar.
De ahí la
necesidad que tiene el católico de no hacer caso al mundo, porque este siempre
tiene objeciones y sólo dejará de criticarle cuando, pactando con sus errores,
deje de cumplir su deber.