LEPANTO

 

LEPANTO – 07/10/2026          Las fuentes católicas que relatan la batalla de Lepanto frecuentemente omiten mencionar un hecho muy importante, presente en algunas fuentes musulmanas. Estas últimas dicen que hubo un momento en que la situación de los católicos estaba muy amenazada. Se había producido un terrible enfrentamiento entre los dos ejércitos, los católicos comenzaban a batirse en retirada y la situación parecía perdida.

De repente, cuando menos se lo esperaban, los musulmanes comenzaron a retroceder, y algunos de ellos explicaron que una Señora apareció en el cielo vestida de Reina mirándolos tan terriblemente que se asustaron y huyeron.

Era la mayor batalla naval librada en la historia hasta ese momento, que creó un “suspense” en toda la Cristiandad porque en ella estaba en juego su futuro.

Europa estaba miserablemente dividida entre católicos y protestantes: los protestantes habían abierto una brecha en el seno de la Cristiandad, y los países católicos, ya debilitados por la lucha contra los protestantes, no habrían podido resistir si importantes fuerzas musulmanas hubieran desembarcado en el sur de Italia. Roma habría caído en manos de los islamistas y no se sabe quién habría podido detener su avance. Humanamente hablando, la causa de Dios estaba comprometida.

Luchaban cuatro potencias cristianas convocadas por el Papa San Pío V: España, la mayor potencia de la época, Venecia, que era una gran potencia naval, pero sobre todo tenía mucho dinero con el que contribuyó a esta cruzada, Génova ofreció al gran almirante Andrea Doria para dirigir los barcos en la batalla, y un pequeño contingente del Papa, que era todo lo que podía reunir para garantizar la presencia de todas las fuerzas católicas frente a un enemigo poderoso y brutal.

El resultado de la batalla era incierto. Las crónicas coinciden en que fue una tremenda carnicería. Ambas escuadras se abordaban mutuamente, barcos que se hundían, personas lanzadas por la borda con armaduras que se ahogaban tras algunos intentos de mantenerse a flote, cañones atronadores, ruidos tremendos, confusión. Y la escuadra cristiana iniciando la retirada…

En este momento de la lucha, el comandante Don Juan de Austria, tomando distancia psíquica de los acontecimientos, invoca la ayuda de Nuestra Señora.

Imagínese el espíritu de fe de los que luchan y no se rinden, de los que dan su vida por una causa que desde el punto de vista humano parece muy difícil. Fue por la confianza que tenían en la intervención de la Virgen, que Ella apareció en lo alto del cielo. Curiosamente, los enemigos la vieron y huyeron, pero los católicos no la vieron y tuvieron el mérito de la fe pura, de la fe oscura, no vieron el milagro, sólo sintieron los efectos. Fue necesario que el enemigo explicara por qué habían huido para darse cuenta de que, efectivamente, la oración había sido escuchada.

En ese día histórico podrían haber pensado: “Salvemos al menos el pellejo, rindámonos. Si lucho, estoy muerto, si me rindo me convertiré en esclavo de los musulmanes y después de unos meses alguien pagará el rescate por mí para volver a ser libre”. Pero no pensaron así, sino que viendo como los hombres estaban muriendo pensaron en que si ellos también morían irían al Cielo como mártires y confiaron en la posibilidad de la victoria. De hecho, esta confianza se vio recompensada ganando la batalla.

En el cuadro de Lazzaro Baldi, San Pío V teniendo la visión de la victoria desde Roma.