
INTOXICACIÓN – 03/11/2026
Para mucha
gente, todavía intoxicada por restos de romanticismo heredados del siglo XIX,
el odio no es sólo un pecado, sino el pecado por excelencia.
La definición
romántica del hombre malo es el que tiene odio en el corazón. En sentido
contrario, la virtud por excelencia es la bondad y por esto todos los pecados
tienen una atenuante si son cometidos por una persona de “buen corazón”.
Evidentemente, no se trata de un corazón propiamente dicho, sino de un estado
de espíritu. Tiene “buen corazón” quien experimenta en sí, muy vivamente, lo
que sufren los otros. Y que, por esto mismo, nunca hace sufrir a nadie.
Es por “buen
corazón” que una persona puede dejar sistemáticamente impunes las malas
acciones de sus hijos, permitir que la anarquía invada la sala de clases en las
que enseña, o entre los obreros que dirige. Una reprimenda haría sufrir, y a
esto no se decide la persona de “buen corazón”, que él mismo sufre demasiado
haciendo a los otros sufrir. La persona de “buen corazón” sacrifica todo a este
objetivo esencial, que es evitar el sufrimiento. Si ve a alguien que se queja
del rigor del Decálogo, piensa inmediatamente en reformas, ablandamientos,
interpretaciones acomodaticias, si ve a alguien tener envidia por no ser noble,
o millonario, piensa luego en democratización. Si es juez, su “bondad” le
llevará a hacer sofismas con la ley para dejar impunes ciertos crímenes. Si es
policía, a cerrar los ojos a hechos que su deber le impone que reprima. Si es
director de prisión, querrá tratar al sentenciado como una víctima inocente de
los defectos de la época o del ambiente y en consecuencia instaurará un régimen
penal que transformará el correccional en punto de encuentro de todos los
vicios en que la libre comunicación entre penados expondrá a cada uno al
contagio de todos los virus que aún no tiene. Si es profesor, aprobará de modo
soñoliento y bonachón a alumnos que merecerían como máximo un 3. Si es
legislador, será sistemáticamente propenso a todas las reducciones de horas de
trabajo, y a todos los aumentos de salarios. En política internacional, será a
favor de todas las capitulaciones imprevisoras, perezosas, inmediatistas, si
ellas conservan la paz algunos días más sin esfuerzo.
Subyacente a
todas estas actitudes está la idea de que en el mundo sólo hay un mal, que es
el dolor físico o moral. En consecuencia, bien es todo cuanto tiende a evitar o
a suprimir el sufrimiento y mal es lo que tiende a producirlo o a agravarlo. El
tipo de buen corazón tiene una forma especial de sensibilidad, por la cual se
emociona frente cualquier sufrimiento y defiende a cualquier individuo que
sufre, como si fuera víctima de una agresión injusta. Dentro de esa concepción,
“amar al prójimo” es querer que él no sufra. Hacer sufrir al prójimo es siempre
y necesariamente odiarlo.