FE – 05/09/2026
La fe, uno de
los rasgos esenciales del alma medieval, es también, bajo cierto aspecto, un
acto de humildad. El hombre acepta las verdades que Dios le revela no porque
las haya descubierto por la mera fortaleza de su razón o de sus sentidos, sino
simplemente porque Dios las ha revelado.
Es evidente que
el orgullo habría de rebelarse contra la Revelación. De ahí la negativa
protestante a creer en la Presencia Real que los sentidos no perciben. De ahí
también la negativa de admitir en la enseñanza del Papa una infalibilidad a la
que la razón tiene que doblegarse. Nos referimos a un verdadero Papa y no a un antipapa como Prevost. De ahí, también, la formación de una
exégesis bíblica cada vez más racionalista, que finalmente negó la Divinidad de
Nuestro Señor Jesucristo, y la existencia misma de un Dios personal. El
protestantismo degeneró en deísmo, el deísmo en panteísmo. ¿Y qué es el
panteísmo sino la declaración de que todo es Dios, es decir, el triunfo de la
igualdad en el cosmos? Porque si todo es divino por esencia, por naturaleza,
todo es esencialmente, naturalmente igual entre sí, esencial y naturalmente
igual a Dios.
Es para el
maremagno del panteísmo que igualmente desaguan todas las corrientes de la
filosofía moderna, originada directa o indirectamente del racionalismo y
escepticismo protestante, y que en este sentido fluyen en paralelo con el
pensamiento reformista del que nació el mundo moderno.
Para completar
este cuadro, falta apenas decir una palabra sobre la castidad. Según la
doctrina católica, las relaciones entre los sexos sólo son lícitas en el
matrimonio. Este a su vez es monogámico e indisoluble. El estado de castidad
perfecta se requiere de los clérigos y religiosos, y es altamente encomiable en
los laicos. Esta doctrina es el triunfo de la disciplina de los sentidos.
El
protestantismo, revolucionario por esencia y, por lo tanto, enemigo de todos
los frenos, comenzó por abolir el celibato sacerdotal y religioso, e instituir
el divorcio. Lutero incluso consintió la poligamia cuando se trataba de
príncipes. La Revolución Francesa comenzó el movimiento para introducir el
divorcio en la legislación civil de los países católicos. Todavía faltaba dar
un paso, del que Marx se incumbe decididamente: abolir el propio matrimonio. Es
el paroxismo de la revuelta de los sentidos contra toda autoridad, todo freno,
toda ley.
Panteísmo,
igualitarismo político, social y económico absoluto, amor libre: este es el
triple final al que nos conduce un viejo movimiento de más de cuatro siglos.