TRANSFIGURACIÓN
– 06/08/2026
La
Transfiguración de Jesucristo fue relatada por los evangelistas San Mateo, San
Marcos y San Lucas.
El primero
narra que un día Jesús con sus tres discípulos predilectos, Pedro, Santiago y
Juan, subió al monte Tabor y se transfiguró ante ellos. Infinitamente humilde en el sentido de
que la humildad es una virtud que tiene su fundamento en Dios, que Dios es la
verdad. En ese sentido de la palabra en que su naturaleza humana no era
infinita, pero era insondablemente humilde. Pero, por otra parte, era noble
como nunca ningún rey fue noble.
Podemos
imaginarle escalando el monte Tabor con los tres Apóstoles, para
transfigurarse. En lo alto del monte le esperaba la glorificación. A cada paso
que daba algo en Él iba misteriosamente glorificándose más, irradiándose más a
los atónitos Apóstoles, encantados, sin saber qué decir y subiendo tras Él. Su
rostro brilló como el sol, y sus vestiduras se volvieron blancas como la luz. Y
aparecieron Moisés y Elías hablando con Él. Entonces, Pedro emocionado dijo al
Redentor: “Señor, ¡qué bien estamos aquí! Si queréis, haré tres tiendas, una
para ti, una para Moisés y otra para Elías”. En ese momento una nube
resplandeciente los cubrió, y se oyó una voz que decía: “Este es mi Hijo muy
amado, en quien tengo mi complacencia. Escuchadle”. Los Apóstoles cayeron
rostro en tierra, tomados de gran temor. Nuestro Señor entonces, aproximándose
a ellos, dijo: “Levantaros. No temáis”. Y no vieron a nadie más que al Hijo de
Dios.
El 6 de agosto de
1456, fecha en que se celebraba en Oriente la fiesta de la Transfiguración,
llegó a Roma la noticia de la victoria sobre el sultán otomano que estaba
cercando Belgrado después de haberse apoderado de Constantinopla ese mismo año
y haber jurado levantar el estandarte musulmán en la propia Roma, amenazando
así a toda la cristiandad. Por lo cual el Papa Calixto III extendió la
celebración a toda la Iglesia universal.
Una verdad
oculta sobre el bombardeo atómico en Hiroshima y Nagasaki es que el presidente Truman,
miembro de la masonería, cuando Japón ya tenía la guerra perdida y buscaba una
rendición honrosa, ordenó los devastadores bombardeos. La elección de ambas
ciudades como objetivos no fue aleatoria, ya que, aunque no albergaban
objetivos estratégicos como fábricas de armas o una presencia militar
significativa, sin embargo, eran hogar de un gran
número de cristianos, debido a la labor de los misioneros portugueses. Ese fue
el verdadero motivo por el que la masonería, enemiga mortal del cristianismo, las
eligió y la fecha se hizo coincidir con la fiesta católica de la
Transfiguración de Jesús, pretendiendo ser una especie de transfiguración
demoníaca, el rostro “luminoso” de Lucifer.
Cuando la bomba
cayó lo primero que vio la gente fue una intensa bola de fuego. Precisamente en
la ciudad japonesa de Akita, el 13 de octubre de 1973, 56 aniversario del
milagro del sol en Fátima, la Señora de todos los Pueblos dio un mensaje para
el mundo a través de Sor Agnes en el que decía: “si los hombres no mejoran, el
Padre impondrá un terrible castigo a toda la humanidad. Será un castigo peor
que el Diluvio, como nunca se ha visto. Caerá fuego del cielo y aniquilará gran
parte de la humanidad, los supervivientes se encontrarán en tal desolación que
envidiarán a los muertos”.
En Hiroshima
cuatro sacerdotes jesuitas sobrevivieron a la catástrofe a pesar de encontrarse
muy cerca de epicentro. Ninguno tuvo secuelas y ellos atribuyeron su protección
al rezo diario del rosario.