PRUSIANOS – 09/07/2026
Como todos los pueblos de la Tierra, los prusianos presentan
defectos y cualidades. Son grandes los defectos como también las cualidades.
Habitualmente inteligentes, ellos priman, no obstante,
por el temple maravillosamente fuerte de su voluntad. Simples, claros, lógicos,
de una lógica fina, desenvuelven rectilíneamente sus principios con la fría e
implacable regularidad con que las formaciones germánicas marchaban en la guerra de 1914 en los campos de batalla de Francia.
El alma prusiana es capaz de llegar con facilidad a los
últimos extremos de la lógica y del heroísmo, profesando una doctrina hasta sus
últimas consecuencias y cumpliendo un deber hasta las más implacables
exigencias de la ley moral.
Por tanto, admirablemente aptos para la profesión de la
religión católica, que exige la adhesión total de la inteligencia a todas sus
doctrinas. Y a todas las deducciones que de esas doctrinas se puedan sacar,
incluso las más remotas e indirectas, que imponen a la voluntad la práctica
de la virtud, también cuando exigen del hombre las renuncias más trágicas, las
más terribles inmolaciones. El clima de la vida cristiana es el heroísmo. Y es
para el heroísmo que su alma tiene una admirable tendencia natural. Polarizan,
por tanto, de un modo notable, algunos de los más bellos predicados con que la
Providencia Divina galardonó a la nación germánica.
Las mejores tradiciones de que vivió Prusia proceden de
la época añorada y mil veces feliz en que la Iglesia católica plasmó el corazón
inocente y leonino de los pueblos germánicos, haciendo de los antiguos bárbaros
los grandes héroes de la Caballería y de las Cruzadas. Atletas de cuerpo
hercúleo y cutis claro, de alma fuerte y de fe virginalmente pura, a los cuales
la cristiandad debió en la Edad Media muchas de sus más gloriosas epopeyas.
Cuanto mayor es la altura, mayor es la caída, dice un
viejo adagio. Como consecuencia del pecado original, en las almas de porte
existen, junto a grandes cumbres, grandes abismos, las tendencias para el bien
coexisten siempre con no menores tendencias para el mal. El pueblo prusiano no
escapó de esa regla. A la sombra de sus grandes cualidades dormitaban sus
grandes defectos correlativos. Sobre todo, a consecuencia de que su valor
generó en él un complejo de autosuficiencia creando la presunción orgullosa de
hacer todo con sus propias fuerzas, despreciando la gracia de Dios. En otros
tiempos, ellos habrían intentado construir la Torre de Babel. La tendencia a un
logicismo vacío y no raramente simplista. Una ausencia total de sentimientos,
transformando la energía en crueldad salvaje y la disciplina en servidumbre
mecánica e inhumana.
Infelizmente, cuando la civilización cristiana producía
sus mejores frutos en Alemania, la pseudo reforma protestante vino sacar todos
estos defectos. A partir de esa época, despuntan las dos Alemanias. La
católica, impregnada de civilización cristiana y teniendo como polo la Austria
de los Habsburgo, y la de los Hohenzollern, férrea, rígida, militarista,
imperialista, conquistadora, terrible.