CEREMONIAL

 

CEREMONIAL – 17/07/2026

Hasta la Revolución Francesa el mundo no conoció la aberración que se llama gnosticismo de Estado. En los pueblos paganos, así como en los cristianos era convicción, sin controversia, el carácter religioso del que se deberían revestir todas las manifestaciones de la vida pública.

En las grandes monarquías, en las repúblicas aristocráticas o burguesas, todos los acontecimientos de relieve de la vida civil eran conmemorados de modo religioso: investiduras de jefes de Estado, celebración de héroes nacionales, glorificación de hechos de armas notables, expresión de los grandes lutos nacionales, todo se hacía en ceremonias de culto, como las consagraciones, las misas de acción de gracias o de Requiem, los Te Deum, etcétera. En el cuadro de Jules Lenepveu la Coronación de Carlos VII el 17 de julio de 1429 ante Santa Juana de Arco en la catedral de Reims.

Esos actos, como claramente se ve, no tenían carácter exclusivamente simbólico o alegórico. Si bien que sirviesen también para manifestar de modo oficial la alabanza, la alegría o la tristeza nacional, tenían también un contenido muy real, que era el acto religioso por el cual la colectividad nacional, como tal, refería al Creador sus alegrías y sus dolores, su gloria y su infortunio, adorando, agradeciendo, expiando o suplicando gracias, oficialmente reunida a los pies del Dios tres veces Santo.

En el altar mayor de la catedral de Notre Dame de París, durante la diabólica Revolución Francesa, en una “fiesta de la razón” se le dio culto a la “diosa razón”. Actos análogos se repitieron en otras catedrales o iglesias francesas.

Con esa revolución comenzaron los actos públicos de carácter meramente lego. Esos actos procuraban copiar las manifestaciones públicas de fondo religioso del Antiguo Régimen, sucedáneo que no raras veces fue simiesco, como la adoración de una actriz semidesnuda representando a la diosa razón. Despojadas forzosamente esas manifestaciones de su contenido real, que era religioso, quedaron reducidas a la condición de fórmulas huecas, sin ningún otro valor que el de una fría alegoría. Se “guillotinó” el carácter religioso de las ceremonias públicas.

Desde 1789 hasta ahora, la composición de alegorías cívicas evolucionó sin duda, y poco a poco se encontraron, en ese terreno, formulas tocantes, expresiones de gran hermosura literaria o escénica, perfectamente capaces de impresionar a una gran multitud. Pero, en el fondo de todas ellas, queda siempre la impresión de las alegorías que no son más que una figura fugitiva e impalpable de la realidad, de alegorías que se desvanecen inmediatamente después de la ceremonia, y que pasan como pasan todas las cosas de la Tierra.