URBANISMO


URBANISMO – 26/06/2026

Cuando en las miniaturas medievales consideramos una ciudad vista de lejos, se presenta de un modo totalmente diferente de la ciudad moderna.

La ciudad moderna tiene contornos imprecisos, irregulares, es como un tumor que se va extendiendo de aquí para allá y para más allá, de tal manera que en una cierta dirección ha crecido mucho, y en otra existen aún parques que van hasta el centro.

La ciudad medieval da la impresión de una moneda bien acuñada. Estaba repleta de casas, en un recinto delimitado por una muralla y realzado por torres. El límite es definido y claro, más allá del muro, campo, dentro del muro, la ciudad. El muro es la aureola de la ciudad, que tiene a su alrededor una corona hecha de murallas, asegurándole la posibilidad de defenderse por sí misma y de mantener su autonomía.

Vista así en su conjunto, la ciudad antigua da la impresión de un cofre de tesoros. Porque lo que emerge de dentro de ella son cosas preciosas: las torres de las iglesias, las cúspides de las catedrales con los rosetones y los vitrales, las torres de uno u otro palacio, etcétera. Se diría que entre sus torres había una especie de competencia para alcanzar el cielo.

Las calles no correspondían mucho a las ideas del caótico e inhumano urbanismo moderno. Eran sinuosas, caprichosas, inesperadas, con peculiaridades singulares. Las casas no tenían numeración. Nada de anuncios inmorales, o de algo que pudiese ir contra las buenas costumbres.

Esas callejuelas están para las manzanas de nuestros días, cuadradas y cortadas en ángulo recto, más o menos como la caligrafía está para la mecanografía: la letra mecanografiada es irreprensible, la letra manuscrita muchas veces es irregular, incluso fea, pero tiene la expresión de un alma. ¿Qué expresan esos cuadriláteros urbanos? Las almas de los hombres sin alma.

En el famoso cuadro de Canaletto vemos la Plaza de Santa María Formosa, en Venecia. A la derecha, un pequeño palacio, del cual sólo se puede ver una parte. En el centro, un pozo. Los personajes se dispersan lentamente por la plaza vacía. En ambos lados, edificios residenciales, unos más distinguidos y con cierto aire de nobleza, y otros más populares. Algunos tienen tiendas en la planta baja.

Se diría un pequeño mundo pacífico y armónico, hasta cierto punto cerrado en sí mismo, en el cual coexisten lado a lado las diferentes clases sociales, nobleza, comercio, trabajadores manuales, unidas en función de la iglesia al fondo, que, con su campanario, domina digna y maternalmente el cuadro, enriqueciendo el ambiente con su nota espiritual más alta.

Este microcosmos, ceremonioso, distinguido, no obstante, marcado por una nota de intimidad, reunido alrededor de una pequeña plaza, revela el espíritu de una sociedad en que los hombres, lejos de querer disolverse en multitudes anónimas, tendían a constituir núcleos orgánicos y diferenciados, que evitaban el aislamiento, el anonimato, el aniquilamiento del individuo frente a la masa.

¡Cómo esta plaza, tan pintoresca y humana, tan distinguida, pero en la cual conviven armónicamente las clases diversas, tan típicamente sacral por la irradiación que ejerce la presencia del templo, diverge de ciertas inmensas plazas modernas, en que, sobre un maremágnum de asfalto, perdido en una agitada masa que circula en todas las direcciones, el hombre sólo tiene ante los ojos rascacielos ciclópeos que lo aplastan!