BONIFACIO – 05/06/2026
Rohrbacher en
su libro sobre la vida de los santos cuenta que San Bonifacio nació en
Inglaterra durante la Alta Edad Media. De muy joven ingresó en el monasterio de
Nurslig, sintiendo claramente que su vocación era convertir a los pueblos
paganos. Se dedicó especialmente a evangelizar a los anglosajones de Germania,
tarea que le encomendó el Papa Gregorio II. Ayudó a Carlos Martel en la reforma
de la Iglesia en Francia y convocó concilios para reprimir la simonía. Fue
martirizado y su cuerpo descansa en Fulda, donde es objeto de veneración de
toda la Alemania católica, de la que es patrón.
Fue monje en
una época en la que lo más dinámico de la Iglesia era el monacato, es decir,
las instituciones de grandes conventos situados en las soledades donde atraían
de tal manera que las ciudades se formaban a su alrededor. Participó
activamente en la obra eclesiástica más importante de su tiempo que fue la evangelización de los pueblos bárbaros
de la que surgiría la Edad Media.
Introdujo la
civilización grecorromana en los matorrales salvajes de la Teutonia. En el
cuadro, después de haber cortado el roble que consideraban sagrado. El mismo
soplo de cristianismo que barrió de la agreste Germania los fantasmas
inconsistentes de su antigua mitología, desterró también el salvajismo y la
crueldad que caracterizaban a las implacables hordas de bárbaros que asolaban
constantemente las fronteras del Imperio Romano. Lo que San Bonifacio hizo en
Alemania, lo hicieron en todas las naciones occidentales innumerables
misioneros humildes que, como pregoneros de la verdad, recorrían en toda su
extensión la Europa bárbara y salvaje de los primeros siglos medievales.
El hombre
civilizado de nuestros días, orgulloso de la velocidad de sus ferrocarriles, en
vez de envanecerse con los inventos de su siglo debería recordar que no hay
línea férrea, no hay tramo de autopista, no hay aeropuerto y no hay ningún
puerto marítimo, en los límites del antiguo Imperio Romano, en que, muchos
siglos antes, no haya nuestra civilización penetrando por primera vez con el
cayado de un misionero anónimo y abnegado. Esta verdad no es sólo europea, se
desdobla por todo el mundo.
Al contrario de lo que pretenden tantos filósofos y sociólogos, el curso de la historia no es hecho exclusiva o preponderantemente por las imposiciones de la materia sobre el hombre. Estas influyen, sin duda, en el actuar humano. Pero la dirección de la historia pertenece al hombre, dotado de un alma racional y libre. En otras palabras, es él quien, actuando unas veces más profundamente y otras menos sobre las circunstancias en las que se encuentra y recibiendo también en medida variable las influencias de éstas, comunica su curso a los acontecimientos. Ahora bien, la acción del hombre se desarrolla, normalmente, en función de sus concepciones sobre el universo, sobre sí mismo y sobre la vida. Esto implica en decir que las doctrinas religiosas y filosóficas dominan la historia y que el núcleo más dinámico de los factores de los que resultan las grandes transformaciones históricas está en las sucesivas actitudes del espíritu humano frente a la religión y la filosofía. Es lo que puede mover la historia y ayudarnos a salir de la encrucijada en la que se encuentra nuestra sociedad.