BAUTISTA –
24/06/2026
San Juan
Bautista representaba la penitencia, representaba por tanto el ayuno, la
flagelación, la soledad en el desierto, representaba la mortificación. Y por
causa de eso su cuerpo tenía la piel bronceada por mil soles, aquel sol
caliente, ardiente de Oriente.
Por eso también
era muy delgado, sin ser esquelético, sin ser de una naturaleza enfermiza. Era
fuerte, sin embargo, muy delgado, de tal manera los ayunos le habían consumido.
Era la propia
representación de la severidad. Una severidad llena de bondad, pero era un
hombre lleno de severidad. Pasaba por todas partes diciendo “¡haced penitencia,
porque el Señor está próximo!”. Y sólo hablaba de su misión, que era mover las
almas a hacer penitencia.
Ahora, hacer
penitencia no es algo fácil. Uno sólo convence a los demás de hacer penitencia
cuando les convence de que pecaron. Y aquí está el fondo de la misión de él. Es
decir, con toda su austeridad él hizo mucho ayuno, mucha penitencia para pagar
los pecados del pueblo. De tal forma que por causa de eso Dios perdonase a los
que iba a predicar y así su palabra tuviese eficacia.
Se presenta
ante aquel pueblo ávido de ganancias, preocupado exclusivamente con las cosas
de la Tierra, adorador de la comodidad y de la vida agradable, en la medida en
que las condiciones de aquel tiempo lo podían permitir, un hombre que es un
choque contra todo eso. Y que, al contrario, es desprendido, es un rayo
ardiente de amor de Dios, sólo vive para la realización de su misión. Sólo
tiene a Dios delante de sus ojos. Ante aquel pueblo que esperaba un Mesías
temporal, un rey poderoso, él aparece hablando del Mesías, pero un Mesías no
anunciado por un guerrero, ni por un potentado sino por un hombre penitente.
Él produjo un
choque sobre las personas. El contraste del hombre impuro, del hombre
avaricioso, con aquel hombre recto, simple, elocuente y que continuamente
exclamaba “¡haced penitencia!” dejaba las conciencias profundamente sacudidas.
Provocaba una enorme vergüenza de sí mismos. Las personas comprendían, en
contacto con él, que no deberían ser de aquella manera y él completaba ese
efecto diciendo “preparad los caminos del Señor…ya llega el Mesías, el día de
Dios está próximo", etcétera. Por todas partes por donde pasaba eso era
acompañado por una nota de severidad.
La severidad es
la virtud por la cual se detesta efectivamente lo que debe ser detestado y en
toda la medida en que lo debe ser. Es, por tanto, la propia expresión de la
limpieza de conciencia, porque lo limpio detesta lo sucio, lo recto detesta lo
sinuoso, lo valiente detesta lo cobarde, y así sucesivamente. Él era la
severidad, es decir, que todo el mundo sentía sus propios defectos por él
señalados. Cuando pasaba todo el mundo le respetaba, todo el mundo le obedecía,
y así iba preparando los caminos de Dios.
Hasta que al
final le dijo a Herodes que no le era lícito cohabitar con la mujer de su
hermano. Un ejemplo de coraje de decir toda la verdad a la cara de quien sea.
Herodías se indignó con eso de tal manera que mandó a la hija pedirle su
cabeza. Cuando le trajeron a Herodes la cabeza para que la viese probablemente
nunca una mirada humana penetró tan a fondo como esos ojos cerrados y muertos
dentro de la mirada de Herodes, como se ve en el cuadro de Elisabetta Sirani.