DESATASCOS – 23/04/2026
Los atascados
en la vida espiritual son en el fondo, muchas veces, desesperanzados. Vieron
lucir un ideal, no se elevaron a su altura y perdieron las esperanzas. Lo
quieran o no, lo confiesen o no a sí mismos, ésa es la realidad. Durante toda
la vida arrastran aquella especie de tristeza de la estrella que vieron y ante
la cual no pudieron actuar como deberían.
La historia del
joven rico del Evangelio se divide en dos períodos: antes y después del
encuentro con Nuestro Señor. No hay vuelta de hoja. Aquel joven bueno se volvió
un desesperanzado y probablemente cargó aquella falta de esperanza, aquella
tristeza, durante toda su vida. En el subconsciente de los que adoptan ese modo
de ver las cosas hay un estado de espíritu, y ese estado de espíritu es el de
la desesperación.
San Alfonso de
Ligorio dice que la desesperación de sentirse atascado lleva a un gran número
de almas al infierno. ¿Por qué? Porque a esas almas no se les ha enseñado cuál
es el gran modo de desatascarse. El santo doctor pone en su libro sobre la
oración esa gran esperanza ante nosotros. Se trata de una esperanza enorme,
como la que tuvieron los pastores en la noche de Navidad.
En una
biografía de Santo Tomás había una definición diferenciando el caos del cosmos.
El caos es un conjunto desordenado de elementos heterogéneos, dispares entre
sí. El cosmos es un conjunto de elementos ordenados, donde todo engrana, se
encaja entre sí. Ahora bien, Dios no hizo de la creación un caos, sino un
cosmos, y una de sus leyes fundamentales es que todos los hombres en la
creación han de ayudarse los unos a los otros. No basta con que se conozcan,
han de estar todos ordenados hacia Dios, ayudándose mutuamente. Por más
increíble que parezca, esa ley va tan lejos que hasta el propio Dios quiere que
los hombres le ayuden. Hay una especie de sociedad entre nosotros y Dios en
todo lo que Él ha hecho de más augusto. Dios quiere ayudarnos y también acompañarnos.
En la creación, por ejemplo, para que las bellezas del universo puedan tomar su
aspecto definitivo, es necesario muchas veces que el hombre las complete con
obras suyas. Al instituir el matrimonio, Dios dio a los hombres la capacidad de
participar, de algún modo, en la obra de la creación, por medio de la
procreación.
Nuestro Señor
Jesucristo tuvo sufrimientos superabundantes en la Cruz para salvarnos, pero
quiso dar al hombre la posibilidad de asociarse a esos padecimientos
completando lo que era necesario por medio del sacrificio de cada uno. Este es
el papel de la expiación, tesoro de la Iglesia, que es el Cuerpo Místico de
Cristo. Pero, por otro lado, si bien Dios quiso que fuéramos sus cireneos,
también quiere ser nuestro divino cireneo. Él no es un extraño en nuestra vida,
quiere entrar en ella, en nuestra vida personal, interviniendo a petición
nuestra, ayudándonos tanto espiritual como materialmente.
Se trata de
pedir, de rezar con confianza, de pedir gracias más y más abundantes. La
Providencia acabará ayudándonos a comprender que, aunque haya tinieblas a
nuestro alrededor y parezcamos abandonados por Dios, Él es un cireneo que nunca
se aparta de nuestro lado. Si deja que la cruz pese en nuestros hombros, es
para nuestro bien, para que dé fruto nuestro sufrimiento.