VARIACIONES – 23/03/2026
Los estados de
espíritu de los pueblos como los de los individuos sufren variaciones.
Hay épocas en
las que la opinión pública de una nación sólo se entusiasma con las opiniones
extremadas, las afirmaciones o las negaciones estruendosas, las grandes
polémicas, los oradores de elocuencia altisonante, los hombres capaces de
grandes hechos como el conde de La Rochejaquelein, general del Ejército
Católico de la Vandée, héroe de la resistencia contra la Revolución francesa.
Dice el adagio
francés tout passe, tout casse, toute lasse et tout se remplace, todo
pasa, todo se quiebra, todo cansa y todo se reemplaza.
Este gusto de
lo grandioso tiende fácilmente a la exageración. Del heroísmo auténtico se pasa
al melodrama, y como nadie puede vivir por mucho tiempo en una atmósfera
saturada de rayos y truenos, poco a poco las energías se van gastando, y una
sorda nostalgia de la tranquila vida cotidiana, con su despreocupación, con su
amenidad, con los placeres vegetativos que proporciona, va minando los
corazones.
Los héroes y
los heroísmos van pasando de moda. Los espíritus, saturados y hartos de ideal,
van dislocando sus preferencias hacia otro polo, hacia las formas de virtud que
aseguran la tranquilidad de la vida.
Es la era de
los moderados, es decir, de los periodistas que pronostican la inminente
solución de todos los problemas, de los pensadores sonrientes que amortiguan
con destreza las polémicas encontrando “medios términos” hábiles entre las
opiniones extremas, de los artistas que presentan estilos y formas de belleza
adecuados a una vida mediana y risueña, etcétera.
Al cabo de
cierto tiempo, los ánimos están rehechos, las energías recuperadas. La vida
cotidiana comienza a hartar. El aire parece parado y denso en la modorra de la
rutina diaria. El apetito de lo grandioso resurge. Y el ciclo recomienza.
El tiempo que
duran estos ciclos es algo muy variable. A veces en la vida de una misma
generación estos ciclos se suceden rápidamente. Otras veces, su lentitud es tal
que se arrastra lentamente a través de generaciones.
De cualquier
forma, este fenómeno existe y marca a fondo toda la vida política, social,
cultural y económica. Si Bizancio cayó, fue en gran parte porque los ánimos se
encontraban en la fase “moderada” y vegetativa mientras que los acontecimientos
exigían heroísmo.
La caída de
Napoleón fue muy favorecida porque los franceses estaban cansados del clima de
grandeza un tanto melodramática del Imperio, desde el mariscal Ney hasta el
último de los pequeños burgueses. Si Alemania pudo invadir tan fácilmente a
Francia en 1940 fue en parte porque encontró delante de sí un pueblo
embriagado de espíritu pacifista y “moderado”, mientras que los nazis estaban
en el cenit de su fase “heroica”.
Las marcas de
estos diversos estados de espíritu son tan profundas en todos los campos, que
incluso invaden inesperadamente dominios como el de la moda y del humor. En los
períodos “heroicos” los tipos femeninos que logran más éxito son los
imponentes, grandiosos, fatales, cleopátricos.
En los períodos
“moderados” la admiración recae más fácilmente sobre lo gracioso, lo leve, lo
gentil. En los períodos “heroicos”, el humor tiene apetito de anécdotas o
diseños que provoquen grandes carcajadas. En los períodos “moderados” se desea
un humor discreto, sobrio, que simplemente haga sonreír. El estilo Biedermeier
del cuadro tuvo gran auge en el periodo posterior a las guerras de Napoleón.
Evidentemente,
un hombre sujeto a las grandes variaciones mentales de la opinión pública, que
acabamos de describir, sería un intemperante típico.
Efectivamente,
mutaciones de estas existen en el hombre virtuoso, pero de modo equilibrado.
Hay momentos en que el espíritu temperante está dispuesto a la acción, y otros
al reposo, momentos en que su alma aspira a las cúspides austeras y otros a los
valles risueños. Pero, porque es equilibrado, sabe que su vida fue hecha para
los horizontes sublimes y gravísimos que la fe le revela, de la alternativa
entre las glorias regias del Cielo y la tragedia eterna del infierno, poniendo
en juego a cada instante la Sangre de Cristo. Sabe que la vida tiene momentos
de placer y horas de lucha, momentos de reposo y momentos de trabajo, de dolor
y de alegría, de intimidad y de solemnidad.
La persona equilibrada no ignora que tener un alma saludable pide estas alternancias. Y
por esto no querrá pasar toda su vida sólo en uno de estos climas, en el
“heroico” o en el “moderado”. Aún más, sus estados de espíritu no quedarán a
merced de los vientos indecisos de su sensibilidad.
El hombre
ponderado sabe portarse a la altura de las circunstancias, no mostrando una
grandilocuencia ridícula en las ocasiones triviales, ni una trivialidad torpe
en las grandes situaciones.