CROMWELL – 19/02/2026
En el cuadro Oliver Cromwell, según la miniatura de Samuel
Cooper. En su tiempo la coraza ya estaba próxima al desuso, pero en los
retratos oficiales de los generales y jefes de Estado era de rigor a efectos
ornamentales. Infelizmente su uso perjudicó la naturalidad de no pocos cuadros,
pues incluso en un militar como Cromwell, impedía la transparencia de ciertos
elementos cargados de significado psicológico, como el porte espontáneo, el
traje, etcétera. Así, esa miniatura nos revela el alma del personaje principalmente
por la cara, enmarcada por una simple gola de lino y una copiosa cabellera.
El famoso cabo de guerra está en la plenitud de edad y de
talento. Su nariz prominente da la impresión de audacia. Sus labios rasgados y
crispados parecen manifestar resolución. La mandíbula posante deja ver una
obstinación habituada a ejercerse. La frente alta, el ceño fruncido, parecen
poblados de ideas, de preocupaciones y de proyectos. Los ojos son
particularmente dignos de nota. Hay en ellos la luz de quien tiene el alma
acostumbrada a las altas esferas del pensamiento, el calor de quien está
penetrado hasta las últimas fibras por el hábito y por el gusto de la polémica
y de la lucha, la fuerza de quien transformó en segunda naturaleza el ejercicio
del mando en todos sus aspectos, gobierno, administración, y hasta inspección
férrea de pequeños pormenores. La seriedad del personaje no es del todo
inauténtica. Pero tampoco es del todo auténtica. Hay, difusa en la fisonomía, una
chispa de maldad, en la carnadura una intensidad de vida vegetativa que
impresiona, tal vez no a primera vista, sino en un segundo análisis. Hay alguna
cosa de felón, de guasón escandaloso y pesado de taberna, en lo que llamaríamos
la segunda veta psicológica de esta cara en la que se refleja, bajo todos los
aspectos, una personalidad hercúlea. Un Hércules, ciertamente. Nunca, no
obstante, un Hércules de estilo renacentista, burilado, lavado, estilizado y
peinado. Hay en él un desaliño general que sólo no alcanzó a la coraza. Todo
parece puesto en desorden por un soplo que viene, cosa curiosa, de una
turbulencia y de una rusticidad interior fundamental. Cabellos, gola, carnes,
todo está arrugado y convulsionado. Todo lucraría siendo lavado: los cabellos
sebosos, el lino de la gola, el propio rostro. Un desorden que expresa un
movimiento impetuoso del alma. Un desorden que es el efecto natural de una
situación interna. Un desorden en el que el personaje se deleita y encuentra el
complemento de sí mismo. Un desorden rústico que él ama también por ser
rústico, en cuyo desaliño y rusticidad él ve, no un mal, sino un bien, y hasta
la nota que deberían tener todas las cosas, para que el universo fuese
simpático y habitable. Un universo tumultuoso, antiestético, convulsionado, más
parecido con el infierno que con el Cielo. Un universo revolucionario. Un héroe
triunfante, de una revolución en marcha, al servicio de la inversión del orden
y de la jerarquía de valores.