BASILIO


BASILIO – 30/01/2026

En su lucha contra la ciudad de Dios, el padre de la mentira no siempre es original, y acostumbra a incidir a veces en los mismos artificios y en los mismos procesos.

San Basilio el Grande, arzobispo de Cesárea y doctor de la Iglesia de Oriente, en el siglo IV asistió a los últimos estertores del paganismo, como hoy asistimos a su renacer.

El arrianismo había perturbado profundamente el mundo cristiano. Los obispos arrianos favorecían la persistencia del paganismo como hoy en día la secta prevostiana favorece la persistencia del comunismo en su lucha contra la civilización católica.

Entre los emperadores romanos y de Oriente que después de la conversión de Constantino intentaron restablecer el paganismo, Flavio Claudio, más conocido como Juliano el Apóstata, es el ejemplo más expresivo.

En su táctica vemos los mismos métodos usados hoy por los enemigos de la fe, sean liberales o totalitarios.

Efectivamente, Juliano, precursor del Estado lego moderno, comienza por dar libertad no solamente al catolicismo, que ya emergió de las catacumbas con la llegada de Constantino, sino a todas las sectas cristianas disidentes. Con ese gesto tenía la misma finalidad que nuestros enemigos de hoy: aumentar la confusión de los cristianos, para no temer la resistencia unánime de ellos en sus empresas ulteriores. La hipocresía de esa libertad de cultos no tardó en volverse en persecución contra San Atanasio y en protección a los herejes.

En Juliano el Apóstata vemos los mismos esfuerzos para la implantación del neopaganismo del que Hitler fue ejemplo el siglo pasado. Entre otras analogías, podríamos aplicar a uno y otro la táctica de la corrupción, mediante la negación de empleos públicos a los católicos.

También en el laicismo escolar Juliano fue un precursor de la persecución moderna a la Iglesia verdadera. La legislación escolar promueve el monopolio de la enseñanza por el Estado, que es el arma más terrible usada por liberales y totalitarios. Él decía: todos los que vayan a enseñar deben tener el alma imbuida únicamente de las doctrinas que son según el espíritu público. Ese “espíritu público” quiere decir hoy en día la “neutralidad” escolar.

Debemos ver en el gran obispo de Cesárea el campeón de la fe, el defensor de la ortodoxia, el hombre de la Iglesia. Esa pureza doctrinal, esa santa intransigencia en materia de fe y de costumbres son la clave de su obra en el sector social. Si el sumo bien que podemos aspirar para el prójimo es la realización de su misión sobre la Tierra para que consiga la bienaventuranza eterna, es evidente que sin esa llama de vida interior sería vana toda la obra de asistencia social desenvuelta por él.

San Basilio enfrentó el totalitarismo del Estado del mismo modo que los católicos del mundo de hoy tienen que hacer ante los nuevos emperadores neopaganos y no coronados, sin vacilaciones ni connivencias, sin cesiones al error, sin mutilaciones de la doctrina de la Iglesia bajo pretexto de proselitismo en el campo contrario.