MISTERIO


MISTERIO – 22/04/2024

Ayer fue la fiesta de San Anselmo de Canterbury, representado en el cuadro aceptando a regañadientes el báculo que le ofrece el rey.

Anselmo, hombre ya anciano con innumerables servicios prestados a la Iglesia, era deseado ardientemente por el rey y por los obispos para ser arzobispo de Canterbury.

Él recusa temiendo no estar a la altura del cargo, que probablemente requeriría establecer una lucha contra el poder temporal. Pero tal era la fuerza de su virtud, tal la confianza que todos tenía en el auxilio que la gracia le daría, que le forzaron a aceptar el arzobispado. Hecho chocante y magnífico al mismo tiempo, pero no del todo explicable. No habría sido coaccionado sino persuadido para aceptar la diócesis más antigua de Inglaterra.

A veces, la gracia divina utiliza medios sorprendentes y desconcertantes para lograr un fin, nunca medios inmorales o ilegítimos.

Quién sabe si la gracia quiso que la insistencia llegase a ese punto para mostrar su desapego y tener después más libertad para luchar contra el rey.

En cualquier caso, nos recuerda las palabras de Nuestro Señor de que es necesario hacer una santa violencia para entrar en el reino de los Cielos.

Es algo parecido a las vías superiores de Dios, insondables, no siempre enteramente explicables y que forman una de las bellezas de la historia de la Iglesia.

Si en la historia de la Iglesia todo fuese explicadito, clarito, limpito, ambiente lechería, la historia de la Iglesia no sería la historia de la Iglesia de Dios. Le faltaría una de las características de aquello que es verdaderamente divino, o sea, un santo misterio. Cuanto es más claro que algo es divino, tanto más conviene que en él haya misterios, porque su presencia es una señal de superioridad divina que impone respeto a los hombres.

Son los misterios de la vida de la Iglesia. Los hechos misteriosos por los cuales Dios muestra su divina grandeza. Después las cosas se explican.

Ciertamente para algunos contemporáneos de Nuestro Señor, la Pasión les debió parecer un misterio inexplicable y fue necesaria la Resurrección para que se comprendiese tal misterio.

Ahora estamos en presencia del eclipse de la Iglesia desde hace más de 60 años. Estamos en presencia del mayor misterio en los veinte siglos de vida de la Iglesia. ¡Creamos en la divinidad de la verdadera Iglesia católica, que nada tiene que ver con la antiglesia que actualmente ocupa ilícitamente el Vaticano, y amémosla más que nunca!

Sólo una Iglesia santa y divina puede tener tal fortaleza, una grandeza tal que en Ella quepa misterio tan profundo, misterio tan tenebroso, misterio tan lleno de tinieblas. Es necesario ser una Iglesia divina para no morir en ese misterio, para atravesar la era del misterio y salir del otro lado gloriosa y resplandeciente como si hubiese resucitado.

En este pequeño hecho misterioso de la vida del santo debemos volar para regiones mucho más altas de los grandes misterios de la Iglesia. Hagamos un acto de amor por el misterio enorme ante el que estamos, ante el que vivimos, seguros de que los grandes misterios tienen después sus grandes explicaciones.

Nunca un hombre se enfrentó con un misterio tan terrible como el de San José, pero después, ¡qué explicación, qué esclarecimiento! ¡Es la explicación de las explicaciones!