FERNANDO – 28/05/2026
San Fernando,
hijo del rey Alfonso de León y de Berenguela de Castilla, nació a finales del
siglo XII. Subió al trono a los 18 años, convirtiéndose en uno de los grandes
soberanos cristianos.
A los 27 años se alzó en armas contra los moros, que mantenían parte de España bajo su yugo, y
no las depuso hasta que murió. Fue un notable batallador. En el día de San
Pedro del año 1236 entró en Córdoba, que los infieles dominaban hacía cinco
siglos. Transformó la gran mezquita de la ciudad en catedral católica, la
consagró a la Santísima Virgen e hizo que los mahometanos transportasen de
vuelta sobre sus hombros las campanas que Almanzor se había llevado de Santiago
de Compostela. Lo cual es fantástico.
Marchó sobre
Sevilla y la conquistó con fuerzas tan menos numerosas que las enemigas, que el
rey moro que la entregó, como representa el cuadro de Gregorio Vásquez,
mirándola con lágrimas en los ojos comentó: Solamente un santo podría, con tan
pocas tropas, apoderarse de una plaza tan fuerte y populosa.
Su espada sólo
la usó al servicio de Cristo. “Señor, decía, vos que escudriñáis los corazones,
sabéis que busco vuestra gloria y no la mía. No me propongo conquistar reinos
perecibles, sino difundir el conocimiento de vuestro nombre”. ¡Qué bonita
oración contra el defecto de la pretensión! Poder decir que, en todas las
acciones de apostolado, se busca exclusivamente la gloria de Dios y no la
propia. No nos proponemos conquistar para nosotros un prestigio perecible, sino
que queremos difundir el conocimiento de la verdad de Nuestro Señor Jesucristo,
o sea, la doctrina de la santa Iglesia católica, apostólica, romana.
Su ejército era
un ejército cristiano. La Santísima Virgen era su patrona y su imagen era
transportada como símbolo de protección y victoria. El rey era ejemplar,
ayunaba, usaba un cilicio y pasaba en oración las noches que antecedían a las
batallas. Esas guerras continuas nunca lo indujeron a cargar con impuestos a su
pueblo. Confiaba en el auxilio de la Providencia y afirmaba temer más las
maldiciones de una pobre mujer que las de un ejército de moros. ¡Para que luego digan que en la Edad Media no había preocupación por los pobres, que no había
interés con el derecho de los pequeños! Aquí vemos un hombre que tiene más
miedo de pecar lanzando un impuesto injusto contra una pobre mujer que
enfrentar un ejército de moros.
Murió cuando se
preparaba para una expedición en África, contra los últimos enemigos de su
patria. Al llevarle el viático, se lanzó de rodillas rodeando su cuello con una
cuerda en señal de sujeción el Rey de reyes.
También amó y
protegió la cultura, habiendo fundado la célebre Universidad de Salamanca. Un
santo tan grande no podía amar la cultura en abstracto, la amaba como un
reflejo de la gloria de Dios y un instrumento para la difusión del Reino de
Dios.
Cuatro siglos
después su cuerpo estaba incorrupto, Clemente XI lo canonizó en 1671 y
actualmente se encuentra en la catedral de Sevilla.