PREVENTIVA

 

Un grupo de personas en medio de cuarto

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PREVENTIVA – 19/10/2026

A quien ve la historia con ojos de fe, y sabe discernir a lo largo de ella las intervenciones de la Providencia a favor de la Santa Iglesia, le resulta impresionante la coincidencia y armonía entre las misiones de dos grandes santos: San Luis María Grignion de Montfort y Santa Margarita María Alacoque.

Ambos vivieron en Francia, en un momento de capital importancia para la historia del mundo. En lo más profundo de la sociedad francesa, los gérmenes oriundos de los grandes movimientos ideológicos del siglo XVI continuaban desarrollándose vigorosamente. Discretas todavía, las tendencias hacia el racionalismo, el laicismo y el liberalismo se difundían como una corriente de agua impetuosa y subterránea, en los sectores claves de la sociedad. Y el lento pero inexorable ocaso de la aristocracia y de las corporaciones de artesanos y comerciantes, coincidiendo con el ascenso cada vez más marcado de la burguesía, preparaba a lo lejos la organización social que nacería en 1789.

En una palabra, con mucho tiempo de antelación, pero ya con mucha fuerza, con una fuerza que pronto se volvería humanamente casi irresistible, la Revolución se estaba formando como un cáncer en las entrañas de un organismo que todavía permanecía sano.

Procesos históricos como este deben ser contenidos preferiblemente en su origen. Pues, si se permite su desarrollo, se hacen cada vez más difíciles de yugular.

Así, es importante resaltar que, precisamente en el momento en que una acción preventiva parecía más oportuna y eficaz, la Providencia suscitó dos santos en Francia con una evidente y especial misión en ese sentido. Misión que, primordial y directamente, se dirigía a la nación primogénita de la Iglesia, pero indirectamente beneficiaría al mundo entero, pues, si por una parte la extinción in ovo de los gérmenes revolucionarios en Francia podría haber evitado en todo el orbe las calamidades de la Revolución, por otra parte, un triunfo insigne de la religión, ocurrido en el país líder de la Europa en el siglo XVIII, podría haber tenido en la historia religiosa y cultural de la humanidad repercusiones incalculables.

El reinado de Luis XIV duro de 1643 a 1715. En el cuadro el Salón de los Espejos del Palacio de Versalles en 1685. Santa Margarita María vivió de 1617 a 1690, y San Luis de Montfort nació en 1673 y murió en 1716. Como se ve, fueron contemporáneos del Rey Sol tanto la acción de la santa visitandina a la cual el Corazón de Jesús comunicó sus mensajes de amor, como la predicación del apóstol angélico que enseño la “Verdadera devoción a la Santísima Virgen”.

De estos hechos, lo que nos importa retener, es que a partir de Paray le Monial, en el centro geográfico de Francia, la Providencia quiso encender en el reino cristianísimo un brasero de piedad y un foco ardiente de regeneración moral, para evitar las calamidades que después sobrevinieron.

Al mismo tiempo, la Providencia suscitaba en el oeste de Francia otro movimiento en el mismo sentido. Los escritos del santo aluden a una crisis religiosa y moral de gran envergadura, de la cual, como de una caja de Pandora, saldrían toda especie de males.  Vislumbró para su patria y para toda la Iglesia grandes catástrofes, pero su mirada no se detuvo más que en las esferas más profundas donde tales catástrofes se venían preparando.  En todos sus libros la dialéctica es la misma. Demuestra con argumentos que un católico no puede pactar con el espíritu del siglo, y que toda posición de medio término, entre ese espíritu y la vida de piedad, no es sino una peligrosa ilusión de los sentidos o del demonio.

Pero esta devoción tiene falsificaciones. San Luis Grignion nos muestra cuáles son y nos previene contra los minimalistas, sobre todo contra los que se contentan con una devoción vana, hecha de meras fórmulas y actos de piedad externos. La devoción perfecta él enseña que consiste en ser esclavos de María, dándole todos nuestros bienes espirituales y temporales, haciendo todo por Ella, con Ella y en Ella.

El santo de Montfort fue un gran perseguido. Prelados, príncipes de la Iglesia y el propio Gobierno, lo combatieron. Solo el Papa y unos pocos obispos franceses le apoyaron. Donde su predicación se ejerció libremente perduró a través de generaciones conservándolas profundamente fieles. Cuando, durante la Revolución, la civilización cristiana necesitó héroes para defenderla en las tierras de Francia, estos surgieron más o menos por todo el reino cristianísimo, pero en esa región todo el pueblo tomó las armas, en una reacción masiva, compacta, impetuosa e indomable. Los chouans, cuya memoria ningún católico puede evocar sin la más profunda y religiosa emoción, eran los nietos de aquellos campesinos que San Luis María había formado en la devoción a María. Donde él predicó y fue escuchado, no hubo Revolución impía y sacrílega, al contrario, hubo Cruzada y Contrarrevolución.

La importancia de los movimientos de Paray le Monial y la Vandée en el siglo XVII no se limitó a esa época. Los hijos de la Iglesia, en este trágico siglo XXI, podemos y debemos ver ambos movimientos en una sola perspectiva, y así unidos, hacer de ellos nuestro tesoro espiritual. La devoción al Corazón de Jesús es la manifestación más rica, más extrema y más delicada del amor que nuestro Redentor nos tiene. El camino para llegar al Corazón de Jesús es la Medianera de todas las gracias. Y así se llega al Corazón de Jesús a través del Corazón de María. Esta última devoción, que San Antonio Claret puso tan de relieve, es el punto de unión entre ambos mensajes.

Si esos movimientos hubieran triunfado en los siglos XVII y XVIII en lugar de la Revolución, con sus execrables secuelas que nos arrastraron al torbellino actual, tendríamos el reino de justicia y paz. Sí, la paz de Cristo en el Reino de Cristo, del que nos distanciamos cada vez más.

 

 

 

MARGARITA

 

MARGARITA – 17/10/2026

La fiesta de santa Margarita María Alacoque trae a la memoria un hecho antiguo que no carece de interés en nuestros días.

Cuando vivía en Francia la humilde visitandina a la que el Sagrado Corazón de Jesús hacía tan dulces confidencias reinaba Luis XIV, cuya admiración universal consagraba con el título de Rey Sol.

En una revelación, el Divino Redentor le mandó decir al rey que se consagrara a sí mismo y al reino al Sagrado Corazón. La comunicación se hizo en tono imperativo, y dejaba ver claramente que el rechazo del monarca le acarrearía a él y a Francia los más severos sufrimientos.

Evidentemente, el Señor no quería de Luis XIV apenas una consagración proforma, sino una consagración real, que implicase la renuncia a todos los pecados y todos los errores del rey.

Por medio de una persona de la nobleza, con quien tenía relación, santa Margarita le hizo llegar el mensaje a Luis XIV, el cual, sin embargo, no le dio importancia, y la consagración no fue realizada.

Rechazada así esa providencial fuente de gracias, el reino fue decayendo cada vez más por los abismos de la impiedad y el libertinaje, hasta que el desbordamiento de estos males, es decir, la Revolución Francesa, vino a arrojar por tierra el trono de los Borbones cuando se cumplían 100 años del mandato del Corazón de Jesús y prendió por el mundo entero la antorcha diabólica e incendiaria del espíritu de rebeldía.

Sin embargo, no se sabe si el recuerdo del mensaje de santa Margarita perduró en la familia Borbón, o si el hecho que vamos a narrar se debió a un mero movimiento de piedad espontánea de Luis XVI. El caso es que, entre los papeles del rey, hallados en su miserable prisión del Temple, se encontró una nota en la que el desdichado soberano prometía a Dios que se consagraría a sí mismo, y a toda Francia, solemnemente, al Corazón de Jesús, lo cual él hizo en privado en la cárcel. Así esperaba que Nuestro Señor arrancara a Francia de los horrores de la Revolución. El piadoso y desafortunado monarca hizo, pues, en la cárcel, el acto de piedad que su poderoso predecesor se había negado a realizar en los esplendores de Versalles. Pero ya había pasado la hora de la misericordia y era demasiado tarde para detener el curso de la justicia divina.

No obstante, esa consagración de última hora da más luz al mensaje de la Señora de todos los Pueblos del 3 de enero de 1946 a la vidente Ida Peerdeman en el que ve alguien a caballo y con armadura. Cuando pregunta quién es, le responden: Juana de Arco. Detrás de ella ve surgir una gran catedral. Al preguntar qué iglesia es, oye dentro de sí: Esa es la catedral de Reims. Entonces aparece un cortejo que viene hacia la iglesia. Es un cortejo de tiempos antiguos, con alguien a caballo que lleva un escudo y una espada, a su alrededor hay muchos escuderos. Oye: Borbón. Siente entonces: Eso es para más adelante.

La catedral de Reims era, en el Antiguo Régimen, el lugar de la consagración de los monarcas de Francia. El último rey coronado fue Carlos X en 1825 y actualmente Luis Alfonso de Borbón es el heredero del trono.