CAMPESINA


CAMPESINA – 16/05/2022

Una joven campesina de Castilla considera, solícita y enternecida, el hijo que tiene en los brazos. Se nota en ella una cierta rusticidad, propia de los campesinos. Pero una rusticidad en la cual es como que imperceptible la tal o cual aspereza que el concepto de “rústico” contiene.

Al contrario, la vida del campo concentró en esa joven sus mejores efectos. Su semblante, su porte, expresan una vigorosa plenitud de salud de cuerpo y de alma. Pero una plenitud a la cual siglos enteros de tradición cristiana imprimieron su cuño propio.

En esa campesina, que no piso la universidad, hay una intensidad de vida de espíritu, una lógica, una templanza, una armoniosa sujeción de la materia al espíritu, y al mismo tiempo un frescor y una delicadeza que sólo pueden resultar de mucha fe y mucha pureza. Los trazos fisonómicos muy nítidos, son enérgicos. Las cejas fuertes, y de trazado muy definido, sirven de moldura a una mirada penetrante y precisa. Pero hay en el rostro una serenidad, una inocencia, que el tocado blanquísimo parece acentuar con una nota de lozanía especial.

Se trata de una simple hija del pueblo. Pero de un gran pueblo, profundamente católico. Hay en él tesoros de todo orden, étnicos, históricos, morales, sociales, religiosos, que hacen de esta humilde y altiva hija de Castilla un modelo digno de despertar el talento de un gran pintor. Todos estos tesoros están vueltos hacia la maternidad.

Es evidente el cariño delicadísimo con que contempla a su hijo, la conciencia que tiene de su función protectora, la dedicación con que está volcada en todas sus aptitudes, en toda su capacidad de afecto, afecto profundo, serio, sin molicie, dígase de paso, en pro del hijo que Dios le dio.

Feliz criatura en cuyo favor la Providencia dispuso maravillas de la naturaleza y de la gracia, en el desvelo de una madre pura y llena de fe.

Piedad, virtud, delicadeza temperante y fuerte, en suma, civilización católica donde la sociedad es concebida como familia de familias.