APOSTASÍA


APOSTASÍA – 17/05/2022

El Sagrado Corazón sangra con la apostasía general en la Iglesia profetizada en Fátima y por nuestra indiferencia. Indiferencia doblemente censurable, porque es indiferencia para con nuestro prójimo y sobre todo indiferencia para con Dios. Unos conspiran, otros duermen…

¿Cuántas almas en el mundo entero van perdiendo la fe? Pensemos en el incalculable número de periódicos impíos, emisoras de radio impías, canales de televisión impíos, que diariamente llenan el orbe. Pensemos en los innumerables obreros de Satanás que, en las cátedras, en el seno de la familia, en los lugares de reunión o de diversión, propagan ideas impías. Los efectos de todo esto están delante de nosotros. Diariamente las instituciones, las costumbres, el arte, se van descristianizando, indicio incontestable de que el propio mundo se va perdiendo para Dios.

¿No habrá en todo esto una gran conspiración? Tantos esfuerzos, armónicos entre sí, uniformes en sus métodos, en sus objetivos, en su desarrollo, ¿serán mera obra de coincidencias? ¿Dónde y cuándo, intenciones desarticuladas produjeron articuladamente la más formidable ofensiva ideológica que la Historia conoce, la más completa, la más ordenada, la más extensa, la más ingeniosa, la más uniforme en su esencia, en sus fines y en su evolución?

No pensamos en esto. No percibimos esto. Dormimos en la modorra de nuestra vida de todos los días. ¿Por qué no somos más vigilantes? La Iglesia eclipsada por la anti iglesia instalada en Roma sufre todos los tormentos, pero está sola. Lejos, bien lejos de Ella, susurramos. Es la escena del Huerto de los Olivos que se repite.

Los revolucionarios dicen que no promueven ninguna guerra contra la religión, y menos aún contra el catolicismo. Sin embargo, la vida de todos ellos, centristas, comunistas, tribalistas, ¿no es desde la mañana hasta la noche una conspiración contra los católicos verdaderos? Ellos también tienen los labios dispuestos para el ósculo, aunque en su mente hayan decidido hace mucho tiempo exterminar a los fieles.

¿Y entre nosotros? Gracias a Dios, esta fe que tantos combaten, persiguen, traicionan, nosotros la poseemos. ¿Qué uso hacemos de ella, la amamos? ¿Comprendemos que nuestra mayor ventura en la vida consiste en ser miembros de la única Iglesia verdadera, que nuestra mayor gloria es el título de cristiano? En caso afirmativo, y cuán pocos son los que podrían en sana conciencia responder afirmativamente, ¿estamos dispuestos a todos los sacrificios para conservar la fe? No digamos, en un arrebato de romanticismo, que sí. Seamos positivos. Veamos fríamente los hechos. No está junto a nosotros el verdugo que nos va a colocar en la alternativa de la cruz o la apostasía, pero todos los días, la conservación de la fe exige de nosotros sacrificios. ¿Los hacemos?