domingo, 23 de enero de 2022

NATURALISMO


NATURALISMO – 24/01/2022

Cuando se entra en la Galería de los Espejos, en Versalles, la primera impresión que se tiene es de amplitud. Inmenso es el suelo, en cuya superficie pulida la luz que entra de varias partes parece encontrar campo abierto y libre para sus juegos multiformes. La longitud y altura de las paredes son acentuadas por los arcos altos y estrechos que de un lado dejan ver las vastitudes del parque, y del otro están guarnecidos de espejos cuyos reflejos amplían aún más las perspectivas. El techo abaulado, en la riqueza exuberante de su policromía ostenta tal número de figuras alegóricas que hace resaltar más la amplitud del conjunto. Pero a esta primera impresión se sobrepone la de proporción admirablemente armoniosa entre la altura, largura y anchura, así como entre los varios elementos decorativos de la pared del fondo, el arco está en una relación perfecta con el abaulado del techo. Los paneles de un y otro lado del arco están exactamente proporcionados entre si y con las respectivas paredes. La lámpara de la sala contigua, que se entrevé al fondo, tiene exactamente el tamaño necesario para ser vista a través del arco. Una misma armonía fuerte, casi se diría inflexible, penetra, ordena, triunfa en todo, sujetando todas las formas, todas las líneas, todos los colores, al dominio de un gran pensamiento central, que reina y refulge hasta en los más insignificantes pormenores. Es un pensamiento lleno de grandeza, coherencia, fuerza, gracia y amenidad, imagen fiel de la idea que el absolutismo tenía del orden temporal: una relación armónica de todas las cosas, constituida y mantenida por el imperio de la voluntad fuerte, esclarecida, paternal, y siempre invencible del Rey. Esta armonía tiene algo de triunfante y festivo. La sala está hecha para la gloria y el placer. Tiene la fisonomía de una sociedad que juzgaba haber adquirido la estabilidad, abundancia y bienestar perfecto de la vida terrenal. Bienestar, gloria y placer terrenos, orden natural. Todo eso se expresa allí con admirable nitidez e inteligencia.

La naturaleza es creada por Dios, y es buena y bella en sí misma. Esta bondad y belleza de la vida terrena puramente natural puede y debe ser reconocida por el artista católico. ¿Pero basta esto? ¿Dónde está la idea del pecado original, de la lucha entre el bien y el mal, de la necesidad de mortificación, de la muerte, y, más allá de la muerte, del infierno y del Cielo? ¿Dónde está la idea de un Redentor que padeció y murió por nosotros en un océano de dolores inimaginables? ¿Dónde están todos los valores de la Revelación y Redención, tan presentes y tan vivos en el arte medieval? ¿Dónde está, en una palabra, la Cruz de Nuestro Señor Jesucristo? Por más que en este ambiente se reconozcan cualidades de alma admirables, las mismas cualidades contra las cuales la Revolución de 1789 se levantó, si lo comparamos al gótico debemos reconocer que en él se nota mucho más el soplo del pensamiento pagano que la marca del santo Bautismo.

Los hombres que bailaban en la Galería de los Espejos rezaban en la Capilla del Palacio de Versalles que parece un prolongamiento, un complemento de aquella. El tema de las pinturas es religioso pero las actitudes, los gestos, la expresión de los Santos son más o menos las de los dioses mitológicos de la sala de los espejos.  Los arcos, la columnata tiene un algo de aparatoso y festivo. Todo respira corrección natural, orden, compostura, nada expresa misticismo y fervor sobrenatural. Parece una capilla de hombres felices y autosuficientes, que no desean más que una vida terrena próspera y que allí van a visitar a Dios por mero deber de amable cortesía. Nada parece preparado para ambientar la oración de hombres sufridores, en lucha contra el mundo, el demonio y la carne, y deseosos del Cielo. El naturalismo de la época marcó su influencia no sólo en la vida temporal sino también en la espiritual.