sábado, 4 de diciembre de 2021

ARQUETIPO

ARQUETIPO - 04/12/2021

Pedro II de Brasil, apodado El Magnánimo, fue el segundo y último emperador de Brasil en ostentar el título de jefe de Estado. Perteneciente a la rama brasileña de la dinastía de Braganza su reinado duró 58 años. Heredó un imperio al borde de la desintegración y lo transformó en una potencia emergente a nivel mundial. Salió victorioso de tres conflictos internacionales, impuso con firmeza la abolición de la esclavitud a pesar de la oposición de intereses económicos y se ganó la reputación de ser un gran patrocinador de la cultura.

En su época Brasil era un pueblo en el que la organización de la familia todavía estaba viva y poderosa, en consonancia con el temperamento afectivo brasileño. El viejo emperador, respetable, venerable, amable, con el pelo y la barba blanca, fue durante décadas, por decirlo de alguna manera, el abuelo de Brasil y Brasil se deleitó en ser el nieto de Don Pedro II.

La forma en que gobernó y dirigió la política fue inteligente y llena de sinuosidades, como les gusta a los brasileños. Cualquier cosa impuesta por la fuerza, al estilo de Federico II de Prusia, no era apreciada y podría agriar las relaciones de manera muy desagradable, o incluso fatal.

En aquellos días, la Constitución era liberal y redujo en gran medida los poderes del monarca. Pero fue muy astuto y usó el prestigio de Emperador para negociar entre bastidores el curso de la política, de modo que se convirtió en el principal político del país. Acomodó los problemas y sofocó las revueltas, haciendo reinar la paz con gran prosperidad. Así, Brasil se convirtió en una gran nación y una potencia comercial.

Aunque cumplió fielmente la Constitución, los políticos liberales se quejaron mucho diciendo que ejercía un poder personal extra constitucional porque acumulaba ambos poderes. Su respuesta fue que nada en la Constitución le impedía ejercer influencia política. Los liberales despotricaron, pero no pudieron hacer nada contra la fuerza moral del Emperador. De esa manera dirigió la política hasta el final de su vida, cuando fue destronado. A pesar de que no existía el deseo de un cambio en la forma de gobierno en la mayoría del pueblo, fue apartado del poder por un súbito golpe de Estado que solo contaba con el apoyo de un pequeño grupo de conspiradores militares que querían una república gobernada por un dictador. Por tanto, el final de su reinado fue poco común ya que cuando fue depuesto era muy querido por el pueblo y estaba en la cima de su popularidad.

Pasó los dos últimos años de vida en Europa con escasos recursos y añorando a los brasileños porque los representaba arquetípicamente. Algunas décadas después de su muerte, su reputación fue restaurada y sus restos mortales llevados a Brasil, donde es considerado un héroe y símbolo de identidad nacional.