viernes, 26 de noviembre de 2021

MEDALLA

MEDALLA – 27/11/2021

La Medalla Milagrosa, que sustituye hoy día al escapulario del Carmen, es un objeto palpable que simboliza de manera muy sensible nuestra vinculación con la Señora. Pero precisamente porque ese símbolo tiene esas cualidades, ciertos espíritus pueden fácilmente caer en la idea de que su simple posesión, y su mero uso, son suficientes para mantenernos vinculados a Ella.

Es tal la condición del hombre en esta Tierra, que incluso las mejores cosas, y las más loables, son susceptibles de abuso. No porque haya en ellas cualquier cosa de malo, sino porque el mal está en el hombre, cuya naturaleza decayó con el pecado original. Así se puede decir que esas exterioridades tan útiles, tan oportunas, tan sabias, tan necesarias a la naturaleza del hombre, pueden no obstante ser usadas de modo equivocado, haciendo con que todo aquello que el símbolo significa sea olvidado, y apenas la realidad material del símbolo quede, como elemento evidentemente insuficiente para los fines que la institución del símbolo tuvo en vista.

Realmente, es necesario compenetrarse bien de que el uso de la Medalla no constituye toda la esencia de nuestra vinculación con la Señora de todos los Pueblos, y no sería nada si no fuese acompañada de una consagración especial e interior a Ella.

El devoto de María debe pues comprender que es en ese acto interior, el cual se desenvuelve, en último análisis, en el terreno misterioso de la relación de las almas con Dios, indescifrable para cualquier ojo humano y puesto directamente bajo los ojos del propio Dios, que consiste el lazo de unión con Ella y que nos hace, en el sentido pleno de la palabra, verdaderos devotos marianos.

Para hacer esa consagración efectiva tiene que caracterizarse por un apostolado consistente en actuar en la sociedad para promover la salvación de las almas impregnando del espíritu católico todos los valores en la esfera temporal.

Se trata de ordenar conforme a Dios los valores del mundo, que los creó para Él y de los cuales se debe exigir le den gloria. Hay que impregnar el mundo del verdadero carácter cristiano.

Se debe tomar en consideración las peculiaridades de la época en que vivimos. ¿Quién es el príncipe de este mundo? ¿Cuál es el enemigo al que no debemos servir? ¿Quién es ese otro "señor", que también nos pide consagrarnos a él, y que es incompatible con la excelsa Señora a quien decimos servir? Sin que recusemos a ese "señor" cualquier servicio y vasallaje, sin que lo combatamos siempre y por todas partes, nuestra devoción a Ella no será completa.

Así pues, podemos afirmar que nuestra devoción a la Madre de Dios, expresada por el acto de usar su Medalla, se realiza con la reconducción de las almas y de todos los valores de la sociedad para dar gloria a Dios, teniendo en Dios su causa ejemplar, dentro de un rumbo de verdadero progreso, y es por eso mismo el rumbo indicado por los principios magníficos de la tradición cristiana.