domingo, 7 de abril de 2019


MENINAS – 08/04/2019

Las Meninas, el famoso cuadro de Velázquez, es a justo título uno de los puntos altos del arte.

La gracia infantil y cándida de la Infanta, el cariño lleno de dignidad y respeto de las jóvenes hidalgas que la sirven, la altanería del caballero de Santiago que se ve a la izquierda y que es el propio Velázquez, todo exhala un ambiente recogido, elevado, profundamente civilizado. El estudio atento de esa obra prima, además de enaltecer el sentido artístico, es altamente formativa para el alma humana.

Es un cuadro fruto del orden, del talento, de la cultura, de la civilización y presenta en sus imponderables una marca profundamente cristiana.

Sin embargo, si lo comparamos con la copia hecha por Picasso de la inmortal obra veremos que es como si el observador tuviese una súbita perturbación en la vista, en los nervios o en la mente y las armonías del cuadro fuesen deshaciéndose en él.

Lo contrario jamás podría ocurrir. Si alguien examinase la copia del comunista Picasso y comenzase a sufrir de la vista, de los nervios o de la mente, jamás llegaría a ver a Las Meninas de Velázquez.

Es que su cuadro es producto del desorden, de la extravagancia, del desequilibrio, de la intemperancia. Sólo puede proceder de las pasiones desordenas o de una enfermedad.

Nuestro arte no puede ser el del comunismo, ni el del neopaganismo occidental, por el simple hecho de que somos católicos.

Los comunistas comprenden que un vasto sistema de ideas filosóficas, sociales y económicas tiene que generar necesariamente un arte con un cuño propio, que será bueno o malo según sea verdadero o falso el sistema. Y, sin embargo, esta teoría encuentra, a la par de muchos aplausos, muchas resistencias opuestas en espíritus deformados por el liberalismo. Sirva por lo menos de lección la coherencia de los adversarios.